Metafísica entre otras cosas

Pero, ¿qué somos? De verdad, en serio, ¿de qué estamos hechos? ¿Qué es el mundo en el que vivimos en realidad? Es imposible que no os hayáis hecho este estilo de preguntas nunca en la vida. Se trata de algo inherente a nosotros: cuestionarlo todo, el funcionamiento de nuestras vidas, la razón de nuestra creación, el porqué de nuestra existencia.

Y es que podemos ser tantas cosas… Y a la vez tan pocas. Quizá somos diminutos, una nadería, un punto insignificante en el universo. Parece que empiece a irme por derroteros filosóficos pero, ¿y si nuestro Sistema Solar fuese el juguete de un niño? No sé, es una posibilidad. Nos creemos tan importantes que pensamos que sin nosotros no habría mundo, pero quizá somos una mota de polvo de un universo mucho mayor que el nuestro.

Volviendo a lo del juguete. Planteáoslo. Sé que suena descabellado, pero no podemos decir con certeza que eso sea mentira. Ese niño, que posee algo tan valioso para nosotros (y quizá no tanto para él), puede hacer con nosotros lo que quiera, juega con nosotros y guía nuestros destinos, provoca terremotos y huracanes, mueve el Sol y la Luna. Se trata solo de una hipótesis, al fin y al cabo, no me hagáis caso.

Estuve hace no tanto hablando sobre estos temas con una amiga, en el tren de primera hora de la mañana, con los ojos aún medio cerrados pero la mente más despejada que nunca. Y el resto de pasajeros se quedaban mirándonos extrañados, con curiosidad, preguntándose qué les habría dado a aquellas chicas universitarias para hablar de metafísica a esas horas. Mi amiga se rio de mí cuando le comenté mi conjetura, y un chico se nos acercó y dijo que creía en esa teoría. Todo es posible, supongo.Imagen

Pluma y papel

Y escribir es lo único que nos salvará de la muerte. Ni el amor, ni la salud, ni el dinero. Nada de esto nos salvará si no disponemos de un don que se nos proporcionó a la mayoría de nosotros de pequeños: la escritura. Y no solamente la escritura, sino también el arte, esa capacidad de apreciar la belleza, de valorar un bonito trabajo estético y de pensar y replantearse el mundo de otra manera.

Escribir. ¿Existe algo mejor? Una de las pocas vías de escape que nos quedan. Poder expresar cuándo, dónde y cómo quieras lo que sientes y lo que piensas. Dejar que tu pluma se deslice por el papel suavemente, sin esfuerzo, expresando de una manera más ordenada todo aquello que habita en tu interior. Escribiendo es como uno llega a conocerse realmente. Escribiendo es como uno llega a conocer realmente a los demás. Descubres tus propios sentimientos ocultos, que no brotan de tu boca por miedo, vergüenza o timidez, pero que sí se plasman en la hoja que tienes frente a ti. No hay mejor desahogo que escribir, y no solo en los momentos de alegría, en los que crees que ese recuerdo o ese momento debe quedar gravado para la posteridad, sino también (y especialmente) en los momentos de abatimiento, cuando crees que nada puede ir peor, cuando ves que el mundo se te viene encima y que no habrá forma de salir de la sepultura que tú mismo te has cavado.

Escribo a todas horas y todo tipo de cosas: relatos (no muchos porque no tengo tanta imaginación), frases que me parecen bonitas, reflexiones… Incluso escribo un diario cuando me pasan cosas importantes (ya sea para bien o para mal) o cuando tengo ganas de expresarme, pero he tomado una decisión: no quiero que nadie lo lea, así que, cuando muera, uno de mis deseos será que se queme y que solo queden sus cenizas. Una parte de mí que fue importante en su momento, pero que no creo que tenga transcendencia para otras personas.

Finalmente, cuando escribes, juegas con una gran ventaja. Tú decides quién lee y quién no tus escritos, pero te recomiendo una cosa: de vez en cuando, abre tu corazón y permite que alguien cercano pueda conocer un poquito más de ti.

Epístola tardía

Y, sin embargo, los recuerdos del principio son tan borrosos, parecen tan lejanos que no sé si forman parte de nuestra historia. Ahora no me puedo vestir con mi sudadera favorita, la verde con la que te conocí. Me sentiría mal y sucia, como si estuviese mancillando un recuerdo que era solo nuestro. Aquel día simplemente hablamos de todo, de Dios, de música (sonó Bohemian Rapsody de Queen y la bautizaste como nuestra canción), de alcohol. También te dije que estaba falta de cariño, me sentía vulnerable y, aunque creyese que era feliz, sabía que me faltaba algo, alguien como tú. Alguien cariñoso, buena persona, simpático, divertido, que me cuidase y me protegiese y me defendiese de todo lo malo del mundo. Cualidades tuyas que me gustaban, pero que no llegué a apreciar del todo porque fui tonta. Se me pasó la noche volando contigo y me hicieron gracia tus vanos intentos por besarme.

Tampoco me puedo poner los pendientes plateados, también mis favoritos.epístola Son los que me puse en nuestra primera cita, cuando me diste el primer beso. Me viniste a buscar a la puerta de la facultad y me tuve que ir pronto, con el bus de las 7.15 (cosa que se acabaría convirtiendo en una costumbre). Me despediste en la parada misma solo porque yo te lo pedí con ojitos de cordero degollado y me dejaste sin palabras cuando me dijiste: Me preguntaba si besas tan bien como miras.

Pero lo más importante de estos pendientes es que perdí uno de ellos en el bosquecillo cercano a tu casa, allí donde me tocaste por primera vez y donde yo también te toqué con mano temblorosa. Lo vi en casa y enseguida te escribí pidiéndote que lo encontrases porque tenía un gran valor sentimental para mí. Tú lo buscaste como un desesperado, según me contaste, y terminaste por encontrarlo. Gracias, de veras, muchas gracias. Aquel era nuestro sitio, en una colina de verde césped…

El olor de la mandarina me hace llorar. Inevitablemente, me recuerda a ti. A principio de curso, cuando eras tú el que me venía a ver y no yo, siempre traías un par de mandarinas y me ofrecías un gajo. Yo nunca aceptaba porque tampoco es mi fruta favorita. En cambio, a ti te encantaba y luego siempre te lavabas las manos pero cuando me tocabas, me llegaba ese aroma, esa mezcla de ácido y dulce.

Y el barro de mis bambas… Tuve que limpiarlas en el balcón de mi casa y lloré amargamente mientras lo hacía, cantando una canción que te hice escuchar, Counting Stars, de One Republic. Mis zapatillas cogieron todo ese barro el último día que nos vimos. Después de la colina, me llevaste por la montaña, que estaba embarrada porque el día anterior había llovido con intensidad.  Caminamos mucho y tras el largo silencio de la colina, volvimos a hablar. Al principio con sentencias escuetas y yo con un hilillo de voz, pero luego volví a sonreír como siempre y hablamos de todo. Tú me dabas la mano para pasar por los sitios complicados, cosa que me encantó porque significaba que en ningún momento me negarías ayuda ni consuelo, ni tampoco un mero contacto. Lo mejor de ese día (o quizás deba decir, lo único bueno) fue que nos sinceramos el uno con el otro. Mostramos nuestros sentimientos y creo que te abriste mucho a mí y me dijiste todo lo que había en tu corazón y en tu mente. Recuerdo que te di las gracias, tú me preguntaste por qué y yo te contesté que por pasar la tarde conmigo, ya que quizá no era lo que más te apetecía. Te dejé mi bufanda porque hacía más frío que nunca y tú ibas menos abrigado que nunca. A mí, aunque iba abrigada, el frío se me caló hasta los huesos y no conseguí sacármelo del cuerpo hasta el día siguiente. Lo peor fue la espera en la estación. No me quería despedir de ti porque sabía que sería el último día que nos viésemos como novios, pero llegó el momento. Tú me abrazaste y me dijiste que no te arrepentías de nada. Yo, con un nudo en la garganta, te dije que te ofrecía mi amistad y en el tren de vuelta, lloré a más no poder.

Vivimos muchas cosas juntos. Recuerdo la fiesta de la Mercè, lo que costó que nos encontrásemos y la ilusión que me hizo verte. Yo llevaba los pantalones blancos que se convirtieron en tus favoritos y que luego intentaba ponerme cuando te iba a ver. También recuerdo que te dije que no conocía Barcelona y te pedí que me hicieses de guía turístico. Me encantó que me llevases a Montjuïc y la vista del puerto desde allí arriba. Recuerdo también cuando entramos en mi facultad porque te la quería enseñar, pero al final saltamos una valla y nos quedamos en el césped. Recuerdo todas las cosas bonitas que me decías, pero tú lo decías de manera diferente, sincera. No lo hacías por cumplir, simplemente, decías lo que sentías y me hacías sentir realmente bien y especial. Me mirabas con unos ojos con los que nadie nunca me había mirado. Me veías preciosa. Me decías que te gustaban mis manos, me decías que tenía una figura realmente bonita y me acariciabas el vientre y la cintura. Pero creo que lo que más te gustaba era mi culo. Me sentía poderosa, amada y deseada. Me encantaba cuando me decías lo mucho que te ponía. ¡Cómo voy a olvidar la primera vez que fui a tu casa! Llovía y no podíamos ir a otro sitio, y he de confesar que tuve un poco de miedo. Pensaba que no habría nadie en tu casa y, sin embargo, me encontré con tu madre, una persona maravillosa, que se aprendió mi nombre enseguida y cuya amabilidad me encantó desde el primer día. Sois muy buenas personas, y ese es un valor muy importante. Me arropaste con la manta y pusiste música de la que te gusta. Es imposible que me olvide de lo generoso que has sido conmigo. No tenías mucho dinero y tampoco me regalabas grandes cosas, pero siempre compartías conmigo todo lo que tenías.

Recuerdo nuestras conversaciones y nuestras risas, el día que me invitaste a ese bufet libre y cuando me llevaste a la playa de la Barceloneta. Nos descalzamos y nos tumbamos sobre tu cazadora. También recuerdo todos los problemas que tuve con trenes, buses y demás transporte porque vivíamos lejos. Recuerdo con especial ternura el día que me llevaste al restaurante japonés, la ilusión que me llevé al comer por primera vez ramen.

El día que te dejé me llevaste a la colina, al bosquecillo de detrás de tu casa y por dentro me preguntaba por qué lo hacías. Yo me puse a llorar y tú tuviste que abrazarme y consolarme, lo que dice mucho de tu persona. Ni siquiera te enfadaste conmigo por mi decisión. La aceptaste y te comportaste como una persona adulta, a diferencia de mí. Allí, en lo alto de la montaña, yo llorando en silencio después de deshacernos del largo abrazo y tú ahora de pie, ahora sentado. Parecía una perfecta escena de película. Lloré por la situación, pero también por el lugar. Me acordé de los pendientes, de tus caricias y de aquellas conversaciones que teníamos.

Eres una persona magnífica y por eso creo que he hecho lo correcto, y que, si tú quieres, podremos llegar a ser buenos amigos. Te recuerdo con mucho cariño y afecto y estos días he pensado mucho en ti, te he echado de menos, a ti y a tu manera de actuar conmigo, de darme apoyo y hacerme sentir especial. No quiero perderte.