Una cerveza, por favor

No podía ser de otra manera: segundo día de vacaciones y ya me he enamorado. Parece tan ridículo y estúpido, tan infantil, de una etapa adolescente que pensaba tener ya superada. Es tan sencillo quedarse prendada de una mirada, una sonrisa, un movimiento de cabeza, esos gestos que siempre llevan algo implícito.

Aquel día el sol brillaba radiante y en mi ciudad se organizaba una especie de “evento”. No sé exactamente cómo llamarlo, ya que grandes marcas colocaban sus tiendas en el interior de antiguos edificios industriales, simplemente para fomentar el pasado textil de la ciudad. Pero no se trataba solamente de eso: vino gente de todos lugares, el ambiente era espectacular, la música estaba presente en cada rincón y el calor, la humedad y el verano se sentían más que nunca. Mi amiga y yo estábamos eufóricas.

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Entonces me enamoré de él, del chico de la cerveza, el que se encargaba de servirlas, para ser exactos. Era tan… no sé. Esa mirada tan agradable, pero a la vez misteriosa que me empezó a observar desde el momento que me puse en la cola, sus manos bronceadas al servirme el vaso de cerveza, la sonrisa que me dirigió cuando le pagué.

-Aquí tienes. Son…

Antes de que acabase de decirme el precio de la bebida, yo ya había dejado la moneda de un euro en el tablero que hacía de barra con un golpe sordo.

-Vaya, qué decidida, ¿no? –bromeó el chico.

No se me ocurrió nada inteligente que contestar, así que me limité a sonreír.

Como me sentí tan estúpida por no haberle preguntado ni siquiera el nombre, al día siguiente volví, esta vez con la amiga del primer día y con otra a la que le hablé de mi amor platónico entre suspiros. En la barra había dos chicos sirviendo, así que podía tener mala suerte y que no me tocase el chico que quería, y eso me habría pasado si no fuese porque en el último momento se me colaron dos chicas (¡Gracias!), así que me volvió a servir el mismo chico. Esta vez hablamos un poquito más, ya que se disculpó porque se estaba acabando la cerveza y yo, espontánea, solté:

-Ah, pero que no tenga espuma, por favor, que no me gusta la espuma de la cerveza.

Se rio de mí e inclinó el vaso exageradamente para que no quedase ni un atisbo de espuma en mi vaso. Y me despedí.

Soy tonta.

Semanas después, paseando con las dos ya mencionadas amigas…

-¡Eh, tú!

Ninguna nos giramos al oír el grito, tampoco sabíamos si iba dirigido a nosotras, pero quien lo dijo lo repitió más alto. Al no recibir contestación gritó:

-¡Sí, túuuuu! La chica que odia la espuma en la cerveza.

Me paré en seco y me giré lentamente porque solo podía ser una persona.

-Así que te acuerdas de mí, ¿eh? –le dije burlona al chico de la cerveza mientras me acercaba a él.

-¡Cómo no me iba a acordar de esa mirada!

Puse los ojos en blanco porque la frase estaba muy vista, pero me reí porque me hizo gracia.

-Entonces, ¿has dicho que me invitas a una cerveza sin espuma?Imagen

Buenas sensaciones

Pasa rápido el tiempo… ¿Quién me iba a decir a mí que ya tendría la mitad de la carrera en el bolsillo? Sé que quizá a nadie le interesará leer esto, pero necesitaba explicar, escribir cómo me siento. Huele a verano, a libertad y al fin de las responsabilidades.

Este jueves, tras cuatro horas de examen seguidas en las que pensé más veces en el sol y en el buen día que hacía que en la hoja que tenía frente a mí, con un texto prácticamente imposible de entender, por fin se acabó todo. Me repetía a mí misma: Claudia, el examen, el examen. Pero era imposible centrarse en otra cosa que no fuese contabilizar los minutos que me quedaban para estar oficialmente de vacaciones.

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¡Qué felicidad! Ya tenía ganas de dormir hasta la hora de comer, de trasnochar de lunes a domingo, de disfrutar de cada segundo del día, de no tener que pensar en trabajos, exámenes y demás, de ir a la piscina, a la playa, de sentir el sol, la arena y la sal en mi piel, de competir por ver quién está más moreno, de conocer a gente en el lugar menos pensado, de bailar, de reír mucho, de organizar barbacoas, fiestas y viajes todo al último momento, de leer toda la lista de libros que se han ido acumulando en mi mente, de comer helados y granizados. Tenía ya ganas de las sobremesas familiares que se alargan hasta la cena, de beber hasta emborracharme, de la verbena de San Juan (donde todo el mundo parece encontrar el amor en una noche tan mágica), de mirar la Luna y las estrellas, de estar con los amigos a todas horas, de los piscolabis, las cañas antes de comer, el café de la tarde, de las charlas con los amigos que nunca cortas aunque tenías un compromiso a esa hora, de las tardes a la sombra, de los paseos en bicicleta, de los descubrimientos de parajes nuevos en tu propio pueblo, de bañarme en el río, de ponerme vestidos playeros y de flores, de las rebajas también, de ver a esa amiga con la que hacía meses que llevabas planeando quedar, de hacer el vago y de hacerlo todo a la vez. Y por último, y lo más importante, necesitaba el verano para cumplir mis sueños.

Sí, necesitaba tiempo, y este verano lo voy a dedicar a hacer todo aquello que tenía planeado desde hace tiempo: voy a irme de au pair a Inglaterra (después de lo que me ha costado encontrar una familia maja), con el dinero que gane iré a Alemania a visitar a un amigo, me gustaría escribir una novela (o por lo menos intentarlo), aprenderé a cocinar pero bien, por fin haremos mis amigos y yo una barbacoa como Dios manda, me iré de camping con mis amigas. Ya está, por el momento.

Ese jueves mismo, después de los exámenes y del estrés, mis amigas y yo nos quedamos a comer en el césped de la universidad y os juro que parecía que nos encontrásemos en un anuncio de Estrella Damm. Una de ellas trajo un ukelele (Sí, un ukelele. Sé que es raro) y la imagen que se veía desde fuera era la de seis chicas felices, riendo, cantando y tocando música mientras se bebían unas cervezas y se explicaban de todo. Creo que el verano no podría haber empezado con mejor pie. Solo digo que mientras escribo esto, estoy tomando el sol y escuchando canciones en alemán, cantando a pleno pulmón.Imagen