Bonitas palabras

-Eres muy bonita.

Era la primera vez que me decían algo así. Tal vez me habían llamado mona, o guapa, incluso linda si la persona que me lo decía era sudamericana. Pero nunca bonita. Me impactó oír algo así, y más sabiendo de la boca de quien provenía aquel halago. Me emocioné, de verdad lo digo, y una sonrisa enorme (que me fue imposible ocultar) iluminó mi cara. Cuando algo me hace gracia es inevitable que se me note, ya sea en el brillo de los ojos, en la sonrisa de mi boca o en la expresión general de mi cara.

La primera vez que me lo dijo no acabé de entenderlo, así que le pregunté a la chica que estaba con él lo que me había dicho. Cuando la chica me confirmó mis sospechas, me eché a reír después de la sonrisa.

-Vosotros también sois muy bonitos. Me encantáis los dos.

Podría sorprenderos mi respuesta, pero fue de lo más normal, ya que la persona que me llamó bonita es un niño de tres años y quien me tradujo su piropo fue su hermana de nueve años.

niño

Sí, me llamó bonita aquel niño que ni siquiera había empezado a ir al colegio. Aquel niño inglés tan tímido que cada vez que me veía se cobijaba detrás de su madre o de su hermana mayor. Aquel niño que siempre se reía después de decirme un escueto “Hola” y se marchaba corriendo un instante después, aquel niño con el que aún no he intercambiado más de tres palabras, pero con el que sé que tengo varias cosas en común (entre ellas, Batman).

De momento solo he hablado por Skype con la familia inglesa que me acogerá este verano en su casa, pero gracias a pequeños detalles como este me doy cuenta de lo mucho que les quiero ya.

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La noche más corta del año

Y vuelve a aparecer en mi vida, y yo soy tonta y ya no sé qué hacer. Vuelve a despertar en mí aquellos mismos sentimientos que creía tener superados, pero que solamente estaban adormecidos, guardados en un pequeño rincón de mi ser, sin la llave echada siquiera. No lo soporto porque no sé cómo reaccionar ante esta situación y nunca me ha gustado no poder controlar las cosas. No quiero decir que todo deba salir como yo proponga, pero odio que haya según qué cosas o personas que se me escapan de las manos, me descolocan y no entran en mis planes.sanjuan

Quería verle, era algo que tenía clarísimo, pero no era un hecho seguro. Íbamos a celebrar la verbena de San Juan en la misma playa, pero no con el mismo grupo de amigos, de modo que las probabilidades de que coincidiéramos en ese enorme reducto abarrotado de personas eran nimias. Nimias… ¿No existía otra palabra para describirlo? Porque no eran nimias en absoluto, menos aún tras su llamada a las 3.45 de la madrugada, queriendo saber dónde me encontraba y diciendo que tenía ganas de verme. Un año hacía aquella noche que no nos veíamos, desde la primera y única vez que hablamos en persona, la última verbena en aquella misma playa…

Conseguimos encontrarnos y la historia se repitió. Todo fue absolutamente igual, él estaba igual, yo estaba igual (más madura, pensaba yo, y más guapa, según él). Las mismas bromas, los mismos chistes, los mismos temas de conversación, las mismas risas y miradas de complicidad. Todo me resultaba familiar, pero a la vez era diferente, y disfruté tanto del tiempo que pasamos juntos… Pero llegó la despedida, lo más difícil, y con ella la chispa de esperanza que no me dejaría dormir durante las siguientes noches…

-Hasta el año que viene, entonces –le dije con una mirada llena de tristeza.

-Puede que nos volvamos a ver antes de lo que crees –sentenció él.

Todo muy teatral, una historia de amor de esas que acabas contando a los hijos cuando crecen un poco, pero yo sé que me mintió, que nuestra corta historia de amor tendrá que esperar a la próxima noche del 23 de junio, junto a la hoguera en la misma playa de siempre.