Dicen que mañana lloverá, llévate paraguas

Dicen que mañana lloverá. Total, qué más da. Ya para acabar de arreglar el día que me espera. Dicen que mañana lloverá. La frase me recuerda a un momento de una canción: “And I hear it will be grey…”  Canción que, a su vez, me recuerda a alguien, alguien de quien ya he hablado en otras ocasiones y que ya no merece más atención.

Sí, mi cumpleaños se acerca y la crisis de los veinte ya está aquí. He empezado muy dramática, en realidad, ya que ni siquiera parece que vaya a cumplir veinte años. Pero quizá es ese el problema, que yo suelo vivir mis cumpleaños con ansias e ilusión, deseando semanas antes que llegue el gran día, mi día, pero a la vez el día de los que más quiero, de la gente que me rodea y que está siempre allí cuando la he necesitado. Esta vez es diferente, ese “gran día” se ha ido acercando silenciosamente, de puntillas para no hacer mucho ruido ni despertar a nadie que estuviera durmiendo. Durmiendo como yo.

Pero también supongo que se le da demasiada importancia a la edad, a un número que en realidad no indica nada de tu persona. Pero el estado emocional en que me encuentro no tiene nada que ver con los veinte, o eso creo. Todo ha sucedido esta semana más o menos. La pregunta iba dirigida a todos los alumnos de la clase. El profesor nos preguntaba uno a uno, individualmente, quería saber realmente lo que pensábamos. “¿Qué quiere ser usted: traductor o intérprete?”

¿Ya está?, pensé, ¿no tengo más opciones en esta vida? Estuve a punto de contestarle que ninguna de las dos, que yo me dedicaría a viajar por el mundo y ser feliz, pero supongo que mi respuesta no habría sido la más apropiada para una clase de universidad. Solamente sonreí y dije (con mi penosa pronunciación en alemán): Pues no lo sé, la verdad. Cuando le expliqué a mi hermana la escena como una anécdota me di cuenta de que algo me pasaba, de que no era la misma de siempre. Me había vuelto un poco más pasota, un poco más “me da igual lo que piensen los demás”. Tengo una crisis existencial, le dije.

-¡La crisis de los veinte! –exclamó ella. Ni me acordaba en esos momentos de que se acercaba la fecha de mi cumpleaños, pero creo que no me está preocupando mucho esta crisis, la estoy llevando con serenidad. Puede que esa serenidad también me la esté dando la lectura de Rayuela, de Julio Cortázar. Es una novela surrealista, sin más. Rara a más no poder, pero te provoca una capacidad de concentración y de reflexión impresionantes. Unas ganas de querer introducirte en tu propio subconsciente para saber qué hay en él. Ya iré explicando más cosas a medida que avance.

(Aparte) Sí, tenía que volver a mencionar al chico del que he dicho que no volvería a hablar. Él también tiene que ver con esta pequeña tristeza que me invade hoy. Le odio. Y mucho. Tampoco explicaré los motivos. Pero le odio. Y mucho.

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