Ella

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Y ya solo puede pensar en ella, y en nadie más. En la chica de los ojos color miel –por mucho que ella se empeñe en decir que son solamente marrones. En la chica de la sonrisa permanente y de la risa contagiosa. Lleva el misterio en su penetrante mirada y en sus andares que intentan imitar, sin conseguirlo, a los de una femme fatale. Las pecas que se dibujan sobre su nariz y parte de sus mejillas hablan por sí solas, así como las que recorren su cuello y su espina dorsal, hasta el final de su espalda. La extraña y exagerada forma de gesticular que tiene cuando se pone nerviosa es encantadora, y él siente que se derrite cuando ella le pide favores susurrados al oído, con su inocente voz de niña pequeña.

Ella es diferente, no es como cualquiera. Habla por los codos porque le teme al silencio, salvo en los viajes en coche, cuando solo se dedica a mirar al horizonte sin decir palabra, envuelta por sus pensamientos. Es espontánea y no te hará las preguntas típicas. Ella no se preocupará por tus estudios ni por tu trabajo; querrá saber si cantas en la ducha, si tienes una lista de cosas que hacer antes de morir y si eres de los que se come el borde de la pizza o no (y, ya de paso, si pronuncias «picsa» o «pitsa»), y te preguntará por la mayor locura que hayas hecho en tu vida y si estarías dispuesto a repetirla con ella. Te llevará a un mundo nuevo donde puedes inventar tus propias palabras y, aunque no se enfade con facilidad, sabrás enseguida lo que le molesta. Como las personas angustias, a las que aborrece. Los tabús no existen para ella, así que te dirá sin vergüenza que a ella le gusta hacer el amor, pero que también le encanta follar (¡y de qué manera!).

Él la llama la chica de las mariquitas desde que supo uno de sus secretos mejor guardados: que quería un camino de esos insectos recorriendo su costado e introduciéndose en lo más íntimo de su ser. Ella deseaba llevar las mariquitas tatuadas en su piel para siempre, que la tinta color sangre impregnase sus venas. Ingenuos los que la llamaron cursi por ello, pues no saben que las mariquitas controlan las plagas, tienen el poder. Ingenuos también aquellos que la llamaron fría, pues no saben que el hielo quema.

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Él también la llama la chica pajarillo desde que descubrió que sus amigas la llaman así, porque saben que ella no puede estar enjaulada, que necesita volar y ser feliz, como el pájaro de metal que siempre lleva colgado del cuello. O la chica de la noche porque ama todo lo que la oscuridad le proporciona: la Luna (o la no-Luna) y las estrellas; la calma y el silencio (o el ruido y el desfase); el movimiento de las mareas y el calor del agua y de las olas; los hombres lobo y las brujas; las hogueras de San Juan y las luciérnagas. Los amaneceres. A ella no le gustan las etiquetas, por eso él acaba por llamarla la chica, ella.

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