Hasta pronto (espero)

Hace poco leí que tenemos épocas de todo: épocas en que nos gusta escribir a todas horas y épocas en que preferimos leer. Creo que ahora ha llegado mi periodo de reflexión, ese en el que prefiero dedicarme a leer, libros de los buenos, como los llamo yo. Con esto no me refiero a la literatura clásica o a la que algunos consideran como “obligatoria”, no hablo de esos libros que tienes que leer antes de morir como El perfume, Fahrenheit 451 o El silencio de los corderos. No. Estas Navidades tendré una época de hibernación, en la que leeré, leeré y leeré, porque tengo unas ganas increíbles de sentir, de leer algo que me llegue hasta el alma y mueva literalmente mi mundo. Quiero volver a introducirme de tal manera en una historia que no pueda salir de ella ni siquiera después de acabarla. Quiero que se mezclen dos mundos, el real y el de ficción, no saber distinguir la frontera entre mi yo y el del protagonista. Necesito observar y aprender. Es bueno practicar la escritura para mejorarla, pero estoy convencida de que lo que me hace falta ahora es callar y escuchar. Aprender solamente observando, aprender a transmitir sentimientos, a describir paisajes que te lleven directamente a las montañas o a las nubes, o al espacio, a provocar que las páginas del libro huelan a vainilla, a césped recién cortado, a granos de café, a sudor, a sangre.

Hacía tiempo que necesitaba oír algo que retumbase en mi mundo y ya he encontrado esa canción, o ella me ha encontrado a mí. Ahora solo me falta encontrar el libro que provoque en mí la misma sensación, o que él me encuentre a mí.

Hasta pronto (espero).

La clave

Si pudieses tomarte una pastilla que te diese un poder específico, ¿cuál sería ese poder? Tras arrugar la nariz y fruncir un poco el ceño, contesté sin dudarlo: Leer la mente. Increíble. Uno de esos poderes que siempre he querido tener por muchas otras opciones que existan, como volverte invisible, volar, rayos láser, transformarte en lo que quieras, hablar con los animales, parar el tiempo, respirar bajo el agua…

Pero es que he soñado siempre con leer la mente, incluso recuerdo que cuando iba al instituto escribí un relato sobre una chica que podía leer la mente. Ella nunca le había querido leer la mente al chico que le gustaba porque sabía que entonces jugaría con ventaja; además, quería que la historia con él fuese mágica y espontánea. Pero, como era de esperar, le acaba leyendo la mente y se entera de que el chico siente lo mismo por ella. Como también era de esperar, la historia acaba de una manera dramática; es que lo que escribo nunca me acaba de convencer si el final es feliz.

Sin embargo, una amiga, la única persona a la que he confiado este pequeño rincón donde escribo, me abrió los ojos y, a pesar de lo cabezota que suelo ser, me convenció al momento con sus argumentos.

—Piensa que no siempre es bueno saber todo lo que la gente piensa de ti. Pasan muchas cosas por nuestra cabeza, y no todas son buenas. Piensa que podrías escuchar muchas cosas que no te gustasen.

Y tiene razón. Tu mente es tuya y solamente tuya, es tu zona privada donde puedes construir las historias que quieras, inventar cosas nuevas y soñar con un futuro o un pasado como a ti te gustaría que fuesen. Pero también pasan muchas otras ideas por tu cabeza, ideas que podrían herir los sentimientos de personas a las que quieres. Por lo tanto, descarté la idea de leer mentes. ¿Entonces qué? Si ya no me convence ese poder, ¿qué elegir?

La tele transportación. Esa es la clave. Con mis ansias de viajar, de ver mundo, de aprovechar al máximo los minutos, las horas, los días, con mi hambre de ver, probar, sentir, de verano, de felicidad, de alegría y de cambio. Que quiero ir a la universidad sin tener que madrugar, tele transportación. Que quiero ir a comer a Marruecos, tele transportación. Que necesito hacer papeleo en Barcelona, tele transportación. Que me apetece ir a un sitio cálido, donde ahora sea verano y no triste invierno, tele transportación. Que me apetece colarme en esa mansión que veo cada día desde el tren, que quiero estar en su casa ahora mismo, arropada en su sofá, que me apetece visitar a mi amiga de la República Checa, que deseo volver a estar en Inglaterra, que necesito perderme en Australia, tele transportación. La clave.needsummer

Además, soy una impuntual, de modo que esta facultad no me vendría nada mal, dejaría de ser a la que todo el mundo espera, la última en llegar, la tardona, la despistada, la que siempre tiene una excusa para llegar mínimo diez minutos tarde. Y, lo siento pero en algún sitio tenía que dejar constancia de esto: Suelo inventarme las excusas por las que llego tarde. En realidad no tengo excusa, simplemente me he despistado haciendo cualquier tontería y se me ha pasado la hora de salir de casa. Cuando dije que me había dejado las llaves y tuve que volver a por ellas, cuando dije que había perdido el billete de avión y tuve que volverlo a imprimir, cuando comenté que había tenido que escanear unos documentos para mi nuevo trabajo. Todo mentira, pero son mentiras piadosas, no me las tengáis en cuenta.

Y, ya de paso, aprovecho para dejar una canción del grupo que le recomendé a esta amiga, para ver si así la escucha 😉

Andén número 8, mientras espero el tren

Veo algo que me fascina, me asombra o provoca que mi cerebro haga un clic. Ahora mismo no recuerdo ese “algo”. Una pareja sonriente, unos chicos cruzando la vía, un pajarillo intentando salir del recinto o una oscura mancha que parece tinta en el suelo: todo es posible. Tal vez ese “algo” ni siquiera existe. Solo sé que ha hecho llegar la inspiración a mi interior y que debo escribir lo que me pasa por la cabeza ya, ahora mismo. Da igual dónde (en un sudoku, en mi antebrazo, en el banco o en el forro de la chaqueta); no puedo perder el tiempo dejando que esa idea se evapore en un segundo.

Lamentablemente, mi querido lápiz amarillo* no se encuentra en la mochila y solo puedo apuntar mentalmente algún detalle. Por este motivo, lo que estoy escribiendo no quedará igual que si lo hubiese escrito en aquel momento.

Me vinieron a la mente las primeras veces, en uno de esos momentos en los que te paras a pensar y reflexionas sobre lo que te ha llevado a estar donde estás. Y no hablo solamente del primer beso o de tu primera vez, de la primera vez que vas a la universidad o de la primera vez que das a luz. Me refiero a todas las primeras veces que se encuentran en nuestro día a día y a las que hacemos caso omiso porque nos parecen de menor importancia.

cuando

Había pensado hacer una especie de “crítica” –no os ofendáis- a los blogs que estos días hablan de lo mismo: del nuevo mes que entra y nos trae la Navidad, del invierno, del año que se va y el nuevo que viene. Y es que lo peor es que el año pasado escribían sobre la llegada del 2014 y ahora lo harán sobre la llegada del 2015. Sin embargo, ahora es cuando me he dado cuenta de que yo soy igual, una pesada que medio-cuenta su vida aquí, de modo que aquí va mi reflexión y el resumen de mi año.

Este 2014 ha significado mucho para mí visto con perspectiva. Ha sido mi primer amor real y mi primera vida en Inglaterra, la primera vez que he ido a la Agencia Tributaria (y que he hecho la declaración de la renta), la primera entrevista de trabajo (o dinámica de grupo, como les gusta llamarla ahora), la primera vez que he dormido en casa de un desconocido, la primera vez que me he bañado vestida –y desnuda- en la piscina (de día y de noche), la primera vez que me han tirado al mar mientras pataleaba como una niña pequeña, la primera vez que he cogido un taxi, la primera vez que lo he hecho en el bosque, la primera vez que me he atrevido a escribir mi propio blog, la primera vez que realmente le he partido el corazón a alguien, lamentablemente, no ha sido la primera vez que me lo han partido a mí (¿o sí?), la primera vez que he hablado por Skype, o que he traducido un texto del alemán, que le he tirado latas a un balcón, la primera vez que he llevado camisa, o que he jugado al billar, la primera vez que he entrado en un casino, mi primer agosto sin veranear en el pueblo…

Pero las primeras veces no se acaban aquí. No son solo eso. Las primeras veces son tu primera tortilla de patatas, la primera vez que te tiñes el pelo, la primera vez que pruebas fish & chips o la chirimoya, la primera vez que te pintas las uñas de naranja, la primera vez que te atreves a hablarle al chico de al lado y preguntarle qué está leyendo, la primera vez que viajas en avión, que duermes en el banco de un parque, que montas un espectáculo en el metro, que montas a caballo, que cantas en un karaoke, que aprendes un idioma, la primera vez que tocas la guitarra (o la gaita), que haces yoga, que te inventas una canción, que lloras en público, que llevas tacones, que te enamoras por Internet, que le gritas al cielo.

*Historia del lápiz amarillo contada sin sentimiento: Se me cayó a la vía y lo recuperé.

Con sentimiento: Desde hace no mucho tiempo, ese lápiz es uno de los objetos más preciados que tengo porque me lo regalaron mis amigas por mi cumpleaños. Me conocen bien: saben que me encanta escribir y que el amarillo corre por mis venas. Un día, mientras esperaba el tren para volver a casa, junto a una amiga de la uni, empecé a hacer un sudoku y, con lo torpe que soy, el lápiz amarillo se me resbaló de las manos. Mientras gritaba un exagerado ¡Nooo!, vi a cámara lenta cómo el lápiz rodaba despacio hasta caer a la vía, donde hacía dos minutos que nuestro tren ya debería estar. Pensé que sería una estupidez recuperarlo, así que ni lo intenté, pero una chica a la que debimos caer simpáticas, se asomó a la vía y me dijo que lo podía coger porque se había clavado verticalmente entre las piedras. Me lo tomé como una señal (divina o no) y lo pude recoger del suelo sin esfuerzo.

amarillo