Él

Continuación de Ella

el

Él es de los chicos que le gustan, pero a los que tanto teme, de los que te enamoras sin darte cuenta. De los que hacen que dejes de ser un pajarillo libre. Él es de los suyos, de los que responden sí a su pregunta favorita, de los que cantan bajo la ducha. De los que escuchan canciones de Crystal fighters en momentos felices y se desgarran la garganta con las letras de Love of Lesbian cuando viene la tristeza. De los que se presentan a su casa sin previo aviso y la llevan al mar, a un concierto o a Madrid. De los que escriben. Él es uno de esos poetas ocultos, que no enseñará (casi) nunca lo que escribe porque le sale directamente del alma. Él es de los que la describe en sus poemas, a ella y solo a ella.

A él le gusta contemplar la ciudad dormida, desde lo alto de la colina, ese lugar secreto que solo le ha enseñado a ella. Ese recóndito remanso de paz desde donde las noches de Luna nueva se oye la inexorable melodía del universo.

Todo él es misterio, empezando por la curiosa cicatriz en forma de relámpago que recorre su antebrazo (ella se ríe comparándola con la de Harry Potter), pasando por el tatuaje de un lobo sin el que su hombro estaría incompleto, hasta esa mella en el diente que le hace tan atractivo y le recuerda al cantante de una antigua banda de rock española. Pero la mirada de ella se vuelve a fijar en el lobo, ese lobo cuyos colmillos están salpicados de sangre, una sangre de un rojo casi tan intenso e hipnotizante como el de sus mariquitas, las del costado.

Ella suele llamarlo el chico del billar, desde aquella noche en la que, en un intento por gustarle, le enseñó a jugar con su taco autodenominándose “el rey del billar”. Mala elección la de ese nombre porque solo provocó que ella soltase una carcajada en su cara. Por esa mala elección, él tuvo que lidiar al principio con la helada frialdad de ella. Pero también lo llama el chico de cartón, desde que descubrió que ambos compartían algo muy importante: un mismo libro favorito.

Sus manos, ásperas y llenas de callos, provocan en ella una ternura inaudita, unas ganas incontrolables de darle amor. Esas manos de cuya aspereza desconoce el origen. Esas manos que sostuvo cariñosamente en ese primer encuentro, esa primera vez en la que él se atrevió a hablar con una desconocida sobre la muerte de su padre cuando él aún era un chaval rebelde. Un chico fuerte, no de músculos, sino de cabeza, fuerte ante las adversidades y en pie a pesar de las injusticias del mundo. Nunca le ha visto soltar una lágrima, pero sabe que las guarda muy adentro y las arrincona de manera sistemática. A veces también le llama el chico triste, pero a la chica de las mariquitas nunca le han gustado las etiquetas, de modo que mientras se desliza en su cama, solo le llama el chico, él.

wolf

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