Y se enamoraron…

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Y se enamoraron, por supuesto que lo hicieron, y fueron todo locura y pasión y lloros y risas y aventura. Y nadie los entendía, porque, según ellos, todos les envidiaban. Nosotros somos luz y ellos están ciegos, cantaban mientras se comían la boca, mientras se consumían el uno al otro, mientras se devoraban con ansia. La música les acompañó a todos lados y esas canciones fueron la banda sonora de su vida, de su juventud y de su vitalidad, de esas noches y esos días, de esos segundos ya inalcanzables, esos segundos que habrían atesorado hasta después de su muerte. La chica de las mariquitas y el chico de cartón. Follaron hasta que se quedaron secos, y aún les habrían faltado milenios para cansarse, para agotar esa sed tan virulenta. Se mordían, se comían con los ojos y con las manos, lenguas que reseguían de memoria cuerpos suaves e inquietantes, cuerpos que temblaban y gemían de placer, empapados en sudor y en lágrimas.

Unos incomprendidos, unos bohemios, con una filosofía de vida diferente, una filosofía que no les duraría para siempre. Todos les ignoraron cuando se metieron mano en aquel concierto o cuando se pasaron todo un fin de semana sin salir de la cama, ni siquiera para comer, o cuando se desnudaron en mitad del mar. También cuando hicieron autostop desde Barcelona hasta Bilbao, cuando pasaron una noche entera durmiendo en un banco y cuando amanecieron con las manos entrelazadas y temblando de miedo, de frío, de absurda soledad.

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Os podría mentir, podría explicaros lo felices que fueron toda la vida, que el amor lo salva todo, que no hace falta nada más para vivir, pero os mentiría. Sería genial que la historia acabase como todos queremos, pero la realidad no es así.

Iban a vivir en un perenne verano, pero septiembre llegó y con él el nuevo curso. Ella se marchó de Erasmus, él se quedó aquí. Se juraron amor eterno, pero eso no bastó. Ella conoció a un alemán que le trastocó el mundo y la encontró vulnerable y sola en un país que no conocía. Él pasó muchas noches con la cara oculta entre los cabellos de otras, intentando sustituir la ausencia de ella con otros olores, cuerpos ajenos, y jadeos y gemidos que le quebraban el alma.

Ella volvió. Habían pasado ocho meses y fingieron que nada había pasado hasta que todo salió a la luz. Se discutieron, gritaron, lloraron, y se besaron y follaron hasta el amanecer. Todos sus pecados fueron perdonados en aquella noche de purificación y penitencia, en aquel piadoso colchón. Una gran noche de redención.

Tú y yo queremos más y ellos quieren menos.

Y en este punto podría volver a mentir y afirmar que todo les fue bien, que todo volvió a ser como antes, que alquilaron un piso y allí vivieron felices y comieron perdices, que no se casaron porque no creían en el matrimonio y que nunca tuvieron hijos porque viajaron por todo el mundo. Pero la cosa no fue así.

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La relación cambió y cada día discutían más y con más intensidad hasta que un día todo se acabó. Él conoció a una chica enseguida y por miedo a la soledad, se quedó con ella, dejó que le curase las heridas y le hiciese compañía en las frías noches de diciembre. Ella volvió a Alemania, conoció a un ingeniero y se casó con él, un hombre que la quería, uno que la cuidaría siempre, con el que tuvo dos preciosos hijos rubios con ojos azules. En esa burbuja de fingida felicidad ella se pasó medio matrimonio con infidelidades y mentiras.

La chica de las mariquitas y el chico de cartón. Habrían hecho cualquier cosa por conservar esa intensidad, por evitar que la llama se apagase, habrían muerto con tal de salvarse y de dejar un recuerdo intacto, impoluto. Pero en el último momento no lo hicieron, el miedo se lo impidió y prefirieron acabar de consumir esa vida. Al fin y al cabo, el ser humano busca estabilidad, aburrida estabilidad.

Aquí estamos, mi amor, y ellos ya están muertos.

 

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12 comentarios en “Y se enamoraron…

  1. Me ha gustado mucho! Sobretodo la ultima parte en que dices que el ser humano busca estabilidad! Aburrida! El problema es que la gente no sabe que es realmente la estabilidad t que esta en nuestra cabeza. Te invito a que pases por mi blog, seguro que nos ayudamos mutuamente!

    • Muchas gracias por tu comentario! No es que no me guste la estabilidad, solo quiero plasmar que los protagonistas de la historia no arriesgaron, no apostaron por una relación que valía la pena y no la cuidaron; prefirieron estar con alguien a quien no querían pero que les dio estabilidad y a partir de ahí hicieron lo que la sociedad esperaba de ellos y de todo el mundo: casarse, formar una familia, tener hijos… Gracias por rebloguear mi post, me hace mucha ilusión y ahora mismo me paso a leer tu blog! 🙂

  2. Buenas.

    Bendita visión de juventud. Siempre me ha llamado la atención esa visión pasional e intensa, inalienable, desmemoriada y, hasta cierto punto, egoísta, que comparten, con grandes diferencias, todos los que no llegaron a los treinta. También la búsqueda inconsciente e incontinente de la eterna infelicidad. El maravilloso y romántico encanto del desencanto.

    Me hubiera gustado ver exactamente este texto tuyo escrito por Bukowski; hombre ajado por las arrugas y zaherido por las putas y las no putas, los salarios, decenas de años de alcohol en sangre, ese súcubo llamado monotonía -aunque no lo parezca-, y una importante sobredosis de días vividos.

    Cada día, al despertarnos, nuestro hipotálamo libera a través de la hipófisis un cantidad suficiente de neurotransmisores -llamados serotonina- que hacen que podamos vivir quince o dieciséis horas con la alegría y el optimismo suficiente para que no nos queramos suicidar. En el transcurso de este, diferentes cargas de serotonina son, adicionalmente, liberadas por diferentes causas: tener un orgasmo, por ejemplo. Pienso que la vida es algo parecido. Los adolescentes, con su neocórtex recién formado al completo, viven en un orgasmo constante gracias a que están inmersos en una tormenta de hormonas. A los veinte todavía se conserva ese impulso. En la senectud, sin embargo, ya se han consumido todos los orgasmos posibles que suponen las reservas de frenesí y pasión para afrontar esta manía nuestra tan sobrevalorada de vivir, vivir en mayúsculas. No es posible conservar la intensidad con el paso del tiempo. Nunca, nunca, nadie a lo largo de la historia lo ha conseguido. Sobre esto los químicos tienen más que decirnos que los escritores de novelas románticas.

    Nunca sabremos si la decisión que no tomaron hubiera sido mejor que la que tomaron. De hecho, ¿por qué se supone mejor una relación basada principalmente en la pasión -algo tan inestable y con fecha de caducidad- y en puntuales hechos extraordinarios que son claro fruto exclusivo de la juventud?

    Y para recomendar que nunca hay que jurar amor eterno -yo sí lo hago- me apetece citar a Pedro Reyes: «La gente es buena sí, es buena, pero tiene un defecto, que es muy mala, muy mala».

    Muy curioso todo.

    Un placer.

    • Hacía tiempo que no recibía uno de estos comentarios tuyos que tanto me inspiran… Pero que nadie haya logrado nunca mantener la pasión no significa que alguien en un futuro no pueda conseguirlo jajaja 😉 Me quedo con la cita final que has dejado y que creo que me rondará en la mente un tiempo y con esta frase que has dicho: “El maravilloso y romántico encanto del desencanto”. La entiendo y a la vez no sé por qué la entiendo, es raro! Con lo que no me quedo es con la edad límite que has puesto, los treinta; no creo que solo sientan una inconsciente y egoísta pasión aquellos que no han llegado a la trentena. Aunque supongo que no tengo mucha idea de lo que es la vida! Un saludo! 🙂

      • ¡Claudia! Yo no he dicho que solo sientan una inconsciente y egoísta pasión aquellos que no han llegado a la treintena. He dicho que todos los menores de treinta la tienen. De entre los mayores de treinta, algunos la tienen y otros no. De hecho, yo me considero poseedor de esa pasión y tengo más de treinta -aunque, por supuestísimo, no lo parece. ¡Faltaría más!-. Una cosa es lo que yo diga y otra lo que yo haga.

        Y es que en el fondo tienes toda la razón. ¿No caminan, acaso, los cristianos hacia Dios sabiendo que nunca podrán alcanzarlo en vida? ¿Por qué no vamos a caminar nosotros en busca de esa perenne intensidad?

        Una de las cosas que tenemos casi todos los mayores de treinta es que creemos saberlo todo, así que tampoco nos hagas mucho caso. 😉

      • Creo que eso último pega también con los que tenemos veinte años jajaja Nos creemos los reyes del mundo y poseedores de la verdad absoluta cuando en realidad no sabemos nada. me alegra saber que eres de esas personas que aún buscan la intensidad 🙂

  3. Una historia dolorosamente real y frecuente, demasiado frecuente creo yo. Quizás no se pueda conservar la pasión eternamente (yo no lo sé), pero después de la pasión quedan otras cosas que pueden mantener unidas a dos personas 🙂 Gracias por compartir esta entrada, es muy buena. Saludos!

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