Echa de menos

Será un tópico, pero es lo único que te pido. Ten recuerdos, sin aferrarte a ellos, pero tenlos. Ten personas, lugares e incluso objetos a los que echar de menos. Eso significará que los quisiste desmesuradamente, con pasión y que, durase mucho o poco, aprovechaste el momento y lo disfrutaste al máximo. Echa de menos ese segundo en el que, tras dos cervezas bien frías, ya estabas brindando junto a tu mejor amiga con la tercera en la mano, con una inevitable sonrisa en la boca y pensando: Esto es la felicidad. Echaré de menos esto.

Quédate con eso, con cada vez que por tu mente cruzó ese pensamiento, esa palabra tan apreciada y buscada. Quédate con cada vez que pensaste: Si ahora mismo muriese, lo haría feliz. O cuando te dijiste Ojalá el tiempo se detuviese en este mismo instante. O Ojalá esto pudiese ser eterno. O Amo la vida (frase que para los no tan optimistas sería más como: Después de todo, la vida no es tan dura, no está tan mal).

agua

Echa en falta esos momentos concretos porque no se repetirán. No te asustes, con esto no quiero decir que nunca más volverás a ser feliz o a tener esa sensación (porque al fin y al cabo, la felicidad no es más que eso, una sensación, una percepción muy muy muy subjetiva). Tampoco quiero decir que no volverás a ver a esa persona, que no volverás a reírte con tus hermanos o a salir de fiesta con tus amigos. No, con esto quiero decir que ese momento nunca será exactamente igual, quizá lo esperarás, pero sabes que eso siempre te llevará a una gran decepción. Por eso, echa de menos y no te arrepientas de ello ni te sientas triste por esa razón, al revés, alégrate, de tener tantos recuerdos que poder revivir con una sonrisa en la boca.

Echa de menos bares, mares, plazas, colores, sabores, olores, comidas, sonrisas, abrazos, manos, lenguas, miradas, dientes y labios, espejos, cielos, nubes y estrellas, astros, vecinos, amigos, padres, abuelos, camas, suspiros, gemidos, vestidos, collares, anillos, sueños, risas, coches, viajes, ciudades, pueblos, montañas, abetos y pinos, fiestas, celebraciones, etapas, mochilas, libros, películas, lápices y papeles en blanco, diarios, borracheras, fotografías, pendientes, sudaderas y bambas, aromas, perfumes, canciones, desesperaciones, exámenes, trabajos, momentos.

Echarás de menos tu primer trabajo en el que tanto te apreciaban o aquel chico que te llevaba al orgasmo con solo mirarte, echarás de menos tu moto, aquella con la que cada mañana ibas al instituto, echarás de menos las tardes al sol sin hacer nada, las noches locas con tus amigos en las que se creaban anécdotas vergonzosas que serían recordadas durante semanas. Echarás de menos aquel viaje a Cancún y aquella madrugada de confidencias con tu hermana, las largas charlas con tu abuela y las albóndigas de tu madre, aquella copa de vino o aquel baile bajo las estrellas. Echarás de menos la madrugada en que le explicaste lo que nunca te atreviste a contar a nadie más. También aquellas peleas con tu mejor amigo, el más cabezota del mundo. Echarás de menos las despedidas.

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Llegará un momento en que incluso echarás de menos las mentiras, aquellas que te convertían en una feliz ignorante.

El ser humano echa de menos porque no está preparado para 1. La pérdida y 2. El olvido.

No estamos preparados para el olvido porque nos encanta vivir en el pasado, no podemos dejarlo ir, y eso no me parece mal. Lo que me parece mal es que recurras a él como un salvavidas, remitiéndote a las conocidas coplas de Jorge Manrique, en las que Cualquier tiempo pasado fue mejor. Del mundo del pasado, como del de la locura, hay que saber salir, por mucho que cueste. El pasado no debe ser un salvavidas ni un colchón, tan solo una almohada más cómoda que la que solemos usar, necesaria y acogedora a veces, pero no imprescindible.

Sin embargo, lo primero es inevitable. La pérdida. Sucederá, más tarde o más temprano. Hay que aprender que las personas entran y salen de nuestras vidas; algunas vienen para quedarse por siempre jamás y otras solo te utilizan como estación de paso, para hacer ese transbordo que solo supone un pequeño peldaño más en su largo recorrido. Pero quédate con las que dejen huella, con las que te hagan tocar el cielo por una milésima de segundo. Pero cada día.

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Entre miedos

Normalmente, cuando me gusta lo que escribo, no consigo ponerle un título que me convenza del todo. Se me da fatal esto de pensar título. Supongo que ya lo habréis comprobado con algunas entradas como !, No sé., Ponle tú título a este revoltijo de sentimientos, o los que empiezan por las primeras palabras del texto en sí (Y un sueño…, Y se enamoraron…), Ella, Él (¡qué original soy a veces, en serio que cada día me sorprendo más!).

Esta es la excepción que confirma la regla: me gusta el título; por lo tanto, imagino que no me gustará lo que es propiamente el texto.

Vivimos rodeados de miedos. Todo el mundo. Nadie se salva. Miedo a que no nos acepten, a fallarle a esa persona, a no ser suficiente, a perder, a equivocarnos, a cometer errores irreversibles (¿acaso existen?), a las arañas y a la oscuridad, a la muerte, a los payasos y los fantasmas (en ambos sentidos), a que nos hagan daño, a lo que piensen de nosotros, a no dar una buena impresión, a no vivir, a quedarnos estancados, a no poder volver a enamorarnos, o al revés, a darlo todo demasiado pronto, a morir, a ser felices y también a no llegar a serlo nunca.

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Nos da miedo empezar algo nuevo, o que algo termine, nos dan miedo los cambios, nos producen pavor, nos dan miedo los encuentros imprevistos y no deseados. Tememos que nos juzguen, que nos clasifiquen, que nos etiqueten, que un día nos durmamos y no volvamos a despertar nunca más. Existe el miedo al dolor, y a la soledad, a la muerte, al fracaso y al éxito desbordante, a las noches sin luna y a las personas que siempre parecen amables. Nos da miedo lo que nosotros mismos hemos creado, las mentiras, los aviones, el capitalismo, el fuego, las armas. Nos da miedo el poder y la falta de él. Miedo a las alturas, al futuro, a los ratones, a las líneas rectas, al frío. Nos da miedo acostarnos con ese chico por si no nos vuelve a llamar, nos da miedo hacer esa llamada importante, enviar ese email que decidirá nuestra existencia, comprar esos billetes de avión… Miedo a la distancia, al olvido, a pasar por este mundo sin pena ni gloria, sin despertar nada en nadie, al paso del tiempo, a envejecer, a las arrugas, a sentirnos enjaulados, a contraer una enfermedad. Nos tenemos miedo a nosotros mismos. Nos da miedo el miedo.

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Pero los ocultamos, tratamos de no mostrar estos miedos, de enterrarlos muy en el fondo, tan en el fondo que hasta nosotros mismos nos creemos que no existen. Pero ahí están, en la penumbra, esperando el mejor momento para resurgir de sus cenizas, como un ave fénix. Y resurgen de la manera menos esperada, la más inverosímil, en forma de sueño, un sueño largo y pesado que no te ha dejado descansar en toda la noche.

Para mí fue el sueño más largo de mi vida y, tras reconstruirlo y desmenuzarlo poco a poco me he dado cuenta de que desvela mis miedos más profundos: miedo a mí misma e inseguridad frente a lo que pensará él, miedo al compromiso y a que me hagan daño, miedo a la muerte cuando casi me atropella un coche, miedo a la pérdida cuando se rompe mi collar favorito, miedo a la opinión de mis padres, miedo a sentirme desplazada y miedo a ser controlada, a ser el juguete de alguien que se divierta moviendo los hilos de mi existencia a su antojo. Me habría gustado explicar aquí mi sueño, pero no he podido, el miedo me lo ha impedido. Me habría sentido desnuda y me da miedo que me juzguen cuando estoy desprotegida.

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Te fuihte*

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A las dos serán las tres. Nunca me había hecho tanta ilusión oír esas palabras en el telediario. Nunca, de verdad. Necesitaba luz ya, luz que se abriese paso entre las tinieblas de mi vida, para aportarme ese calor que tanta falta me hace. Con una hora más de sol al día me sobrará incluso tiempo para hacer todo lo que quiero. Esa hora más es algo simbólico, igual que la fecha, ese momento concreto de la noche en que los relojes se adelantan (¿o se atrasan? Es algo que nunca me ha quedado claro del todo). De todos modos, a mi reloj de muñeca no ha hecho falta moverle las agujas, ya que en el último cambio de hora me negué a seguir lo impuesto, me negué a asumir que el verano y el buen tiempo llegaban a su fin, que vendría el duro invierno, el frío, la noche, esa noche que en verano adoro, pero que durante los meses de frío me provoca tanta soledad…

Habrá gente que me considerará rara y que celebrará esa noche en la que se nos concede un deseo, en la que –sin aparentemente pedir nada a cambio- se nos regala una hora más de vida, una hora que todos creen tener que aprovechar al máximo. ¡Pobres ilusos! Todo tiene un precio. Lo que la vida te da en un momento dado, te lo arrebata cuando menos lo esperas.

Por eso yo celebro esa noche mágica en la que nos quitan algo que creíamos nuestro, esa noche en la que la vida te quiere decir algo, que no aflojes, que no has llegado al precipicio, que no mueres el día en el que pierdes algo. Al revés, te dice que debes seguir esa carrera contrarreloj; debes tomártelo como un aviso, una advertencia, el toque de atención que te dice lo que ya sabes, que vivas. Que esa hora de menos algún día te será devuelta, o no, y en ambos casos debes continuar y disfrutar al máximo. Y las noches de cambio de hora hay que salir de fiesta; mis amigos y yo tenemos ese ritual obligatorio, ya que esas noches cosas extrañas e impredecibles suceden…


Y me fui. Como todos hemos hecho en algún momento, decidí huir. En realidad, no sé si es esta la palabra adecuada porque me da la sensación de que implica ser cobarde, implica temerle a algo, encontrarte ante un problema y a la más mínima salir corriendo, no enfrentarte a los pormenores que surgen a lo largo del camino.

No, las personas como yo no huimos. Además, tampoco podríamos por mucho que lo intentásemos. Porque se puede huir de esa persona a la que tanto quisiste, de un trabajo extenuante, de una ciudad que no te deja respirar, de una familia que no te entiende, de unos amigos pesados, de las aburridas clases en la universidad, de las conversaciones banales y de las personas tóxicas. Pero no podemos huir de nosotros mismos, de nuestros propios pensamientos, de esa caprichosa imaginación que nos juega malas pasadas. Así que no, yo no hui, simplemente me salté una de esas aburridas clases de universidad de los viernes y me fui con unos amigos y un coche a la aventura.

Necesitaba ir acompañada, temía quedarme a solas con mis pensamientos, pero en el fondo estaba convencida de que lo había superado, había pasado tiempo más que suficiente para haberlo superado, pero me equivocaba. ¿Quién decide cuándo ha pasado suficiente tiempo? ¿De nuevo la sociedad?

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Apareciste en mis pensamientos en esos largos trayectos en coche en los que yo no me podía quedar dormida porque iba de copiloto. Es curioso que cualquier cosa me recordase a ti. Esa canción de reggaetón de la que tanto nos reíamos tú y yo y que mis amigos habían metido en el USB (junto a otros de los “grandes”, por llamarlos de alguna manera, como Daddy Yankee o Dany Romero. Menudo espectáculo dábamos). Cuando sonó, después de mi adorado Leiva, tu ya reverbalizada canción mientras me duchaba en el hostal y la canté a pleno pulmón. El momento en que mis amigos y yo, después de tanta iglesia, catedral y convento, empezamos a recitar los 7 pecados capitales. Nos faltó uno: la soberbia, el mismo que tú y yo nos dejamos por decir y que buscamos juntos borrachos tras dos botellas de vino. Había olvidado esa palabra: soberbia, que te faltó por enumerar pero que siempre te sobró conmigo. O cuando vi la bandera republicana, o cuando casi pierdo los pendientes. O el olor a vainilla negra de mi pañuelo, esa colonia que solo usé para ti, una pequeña muestra gratuita de una revista, fugaz, igual que nuestra relación, con fecha de caducidad.

De vuelta en la ciudad (qué casualidad que mi amiga y tú seáis de pueblos vecinos), te vi caminar por la acera, silbando despreocupado, con tu estúpido chándal de los domingos, ese que te ponías cuando el sábado habías salido de fiesta. Y te habría pitado, habría parado el coche en mitad de la carretera y me habría enfrentado a ti, a tu mirada, pero tampoco habría sabido qué decirte y lo más probable es que tú ya no te acuerdes de los rasgos que forman mi rostro ni de la complejidad de mi alma herida.

¿Cuántas veces habré acabado llorando en un tren? He perdido la cuenta; se acabarán quedando con mi cara. Conclusión: ¿De qué me sirve salir de esta inmensa ciudad si de quien pretendo huir seguirá dentro de mí?

*NO me juzguéis. Nunca me ha gustado el reggaetón, pero debo admitir que es una música que acompaña para los viajes y si debéis culpar a alguien esos son mis amigos 😉

Paraísos artificiales

Me he vuelto una cínica, una incomprendida, uso el sarcasmo en todo momento, mi caparazón se ha regenerado en un instante, y vuelvo a ser impenetrable, los golpes no me dolerán porque no llegaré a recibirlos. Es triste, pero es la realidad.

Y me da asco todo. Todo: este mundo, la sociedad en la que vivimos, las personas, los prejuicios y estereotipos, el derrotero que estamos tomando, las pautas que nos obligan a seguir, la estructura política, el postureo, el aparentar. Todo da asco, en serio: las mentiras, la televisión, las falsas esperanzas, la tontería que llevamos encima, las jerarquías. Una sociedad maquillada, suavizada, como las verduras trituradas en un puré para los bebés, nos ofrecen algo ya masticado, para que podamos tragárnoslo. Pero, ¿qué le está pasando al mundo?

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Pero no solo eso. Odio este mundo ficticio en el que vivimos, este mundo de papel (como lo llamaría John Green en esa novela que no me gustó) donde un físico lo es todo, donde no puedo lucir mis piernas para mí misma sin que me dirijan miradas de deseo, miradas que dan asco, que me hacen sentir sucia, miradas y comentarios groseros de personas aburridas e infelices que no tienen nada mejor que hacer y que por la edad que tienen podrían ser mi padre. No poder vestirme como me dé la gana es algo que me molesta. Un físico, unas piernas, un culo, unas tetas, una cara bonita. En eso se basa todo. ¿Se habrá acercado a hablarte en la discoteca, o en el tren o en clase porque le has parecido inteligente y divertida? Hostia puta, pues claro que no. Solo se basará en lo poco que ha visto de ti, en tu aspecto, en tu físico. Hace una semana que me creé un perfil de Couchsurfing para viajar con poco presupuesto y ya me han hablado más de 8 tíos que son de Barcelona para ir a tomar algo. ¿Por qué? Por la foto, por el físico. La gente se cree que esto es Tinder o Badoo.

Me dan asco las conversaciones insulsas, triviales, todo es tan superficial… Nadie se preocupa por los sentimientos de nadie. Somos egoístas por naturaleza. ¿Cuántas veces habré oído decir eso?

Preferimos preguntar cómo te va el trabajo o cómo se encuentra tu madre antes que hablar de lo que sentiste cuando llegaste a casa y esta se encontraba vacía, esperando que nuestro interlocutor sea escueto y no se adentre en nada muy profundo, esperando que su respuesta acabe pronto y podamos explicarle la resaca que tuvimos el día anterior y lo bien que nos lo pasamos aquella noche con aquellos turistas italianos que nos invitaron a chupitos de Jägermeister. Que no, que me da rabia, que hablamos de tonterías, de lo que echarán por la noche en la tele, del último vídeo viral de Internet, de gatos, de los deberes que nos han mandado, del eclipse solar, del precio del gasoil, criticamos al profesor, al padre, al vecino y al amigo.

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Y me da asco seguir pensando en él y no poderme ilusionar por nadie, me da asco haberme quedado sin lágrimas, haber agotado todas mis fuerzas, que la primavera haya empezado con este mal tiempo. Me da asco ver el horario de trenes que usaba para ir a verle, sentir que aún se me dilatan las pupilas y me humedezco cuando pienso en su mirada y en sus manos; encontrarme en el escritorio la nota que me escribió; sentir que ese anillo ya no me pertenece, que solo me recuerda a él. Odio a todo aquel que pronuncia sus palabras; no puedo evitar sobresaltarme al oír “el opio del pueblo” o “te amo con fuersa”. Me da asco que cualquier otro me bese en la frente, porque no, porque allí es donde él posaba sus labios. Y me seguía dando asco su canción, hasta que de tanto escucharla me la aprendí de memoria y aprendí a cantarla sin sentimiento, como una autómata, como si de la lección de geografía se tratase. Quise realizar el proceso contrario a la desverbalización de la teoría de Seleskovitch, una “reverbalización” de la canción, de cada frase, cada sintagma y cada palabra, letra a letra, hasta que todo perdiese el sentido, hasta que nada tuviese significado y no hubiese alma en la canción, solo adjetivos, verbos y preposiciones deformadas, grotescas, abstractas, sin una imagen en mi mente ni en la de nadie. Como cuando repites una palabra muchas veces y deja de parecerte que la estés pronunciando bien o que apenas signifique nada. De pequeña me pasaba con “cuchara”; ahora me pasa con “tequiero”.

Se nota que hoy me he leído el periódico de principio a fin; será mejor que no lo vuelva a hacer.

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