En círculos, como siempre

Buenos días, pues como últimamente siento un poco que odio a todo el mundo, que casi nadie me cae bien y que me dan ganas de matar a mucha gente (no matar, pero soltar alguna hostia buena sí), escribiré una entrada con el mismo estilo que un blog que he descubierto hace poco y que me ha llamado bastante la atención, Yo follé contigo. En este blog se utilizan bastantes tacos, el sexo es uno de los temas más recurrentes y se usa la ironía y un tono ácido en todo momento, pero de una manera incluso simpática, sin llegar a parecer que lo ha escrito una amargada. Además, parece que el alcohol (concretamente la cerveza) es la solución a todos nuestros problemas y por ello me siento bastante identificada.

Así que explicaré algo que me ha hecho llorar mucho, pero haciendo ver que me la suda bastante porque la verdad es que sufrir y hacerse la víctima un rato no está mal, pero ya cansa un poco. En realidad solo lo he intentado porque al final el texto ha adquirido un tono más dramático, como suelo ser yo.

Además, he adoptado un nuevo adjetivo: “mierder”. Me sirve a la perfección para describir todo lo que me rodea últimamente, que es bastante mierder. Y a partir de aquí, he creado una lista de cosas que hacer durante la próxima semana y la he colgado en mi habitación:

1-Empezar el trabajo de Terminología.

2-Pedir apuntes a Aïda/Iris/José Luis (se nota que presto atención en clase).

3-Dejar de pensar en personas mierders.

guerra

Y te voy a decir lo que pasará. Te emborracharás y cometerás un error, un pequeño desliz que te quitará la dignidad de nuevo, que terminará con tu plan de seguir fuerte y hierática, fría y firme. Le enviarás una puta nota de voz, de esas que sueles enviar cuando estás cabreada, insultándole y despreciándole, y al día siguiente él te escribirá y te dirá que tenéis que quedar para hablar. No sé si es una buena idea, dirás como una gilipollas, sabiendo de sobras que desde que te abrió la respuesta será un sí (un sí, fóllame y haz lo que quieras conmigo). Él insistirá y le dirás que vale. Y, ¿dónde te propone él quedar? En su puta casa. Y tú que no, que si es en su casa no hace falta que quedéis (creyéndote que la decisión aún no está tomada, que algo puede cambiar, que al final quizá no caes en sus redes). Pues toma, en su casa no, pero en su puto pueblo, cómo no, ese puto pueblo gris y apestoso. En el bar donde te sablearon, 5 euros por una puta cerveza, ¿de qué está hecha, coño? Y acabaréis en su casa y follaréis y él te comerá el coño como solo él sabe hacer. Y cuando acabéis tendrás ganas de llorar y te vestirás deprisa y le dirás que necesitas salir a fumar. Pero él te habrá visto. Y no creas que no recordará que no fumas, que es un vicio que odias y que tampoco te podrías permitir. Y lo has arruinado todo, idiota, ¡2 meses de intento de olvido e ignorancia, 2 meses de acabar con algo que ni había empezado! 2 meses controlándote para no contestar a esa llamada y mira cómo la lías, si es que no se puede salir (como dice mi madre). Y es que lo bueno es que no tengo internet, que funciono con wifi y la nota de voz se envió a la mañana siguiente, cuando me desperté y encendí el móvil.

Vuelta a empezar, a ver hasta cuándo puedes aguantar otra vez.

Y ya te ves a ti, imbécil, pobre de ti, escribiendo esto en una nota en el móvil porque te ha venido la inspiración, pero lo que pasa en realidad es que vuelves a estar borracha y las letras no se entienden, pero al menos dormirás tranquila, pensando que tu inspiración se ha podido conservar y que al día siguiente lo comprenderás todo.

Un solo capricho te permitió y fue escuchar tu música, entre indie y alegre, y no la suya revolucionaria, como la última noche que os visteis. Esta noche incluso te dejó que la pusieseis mientras follabais, esa canción de The Black Keys cuyos acordes sonaban una y otra vez, en modo repetición. Uno de tus sueños siempre había sido hacer el amor con esa canción de fondo, ahora rápido, ahora lento, hasta agotar a esos cuerpos. Se lo habías dicho tan solo una vez, que te encantaría follar al compás de esa melodía y, sin embargo, se acordó y fue él quien lo propuso. Pobre gilipollas, has vuelto a caer. Él sabe exactamente qué te tiene que dar para que nunca te acabes de ir del todo.

Pues quizás

Y esa extraña sensación no te era desconocida del todo. Era como una reminiscencia de déjà vu, pero sabías que en el fondo no tenía nada que ver con eso. No era algo que hubieses vivido antes, sino más bien… leído. No habías vivido la situación, pero sí la sensación, esa intuición que te decía que bajaras del bus. Era como si te encontrases en el interior de una novela, como si fueses la protagonista de 1Q84 de Murakami. Al subir los escalones del autobús, habías entrado en otro mundo, aparentemente igual al que ya estabas acostumbrada, con los mismos asientos, el mismo suelo y el mismo paisaje desde la ventanilla, el mismo cartel que indicaba que el cinturón de seguridad era obligatorio. Pero tú no te habías parado a pensar en todo eso hasta que no viste el reloj digital con números rojos, ese reloj que marcaba las 23,17 cuando solamente eran las 8 de la noche.

Las caras te eran desconocidas, sí que es cierto, y ya habías sospechado antes de que algo no iba bien, pero el reloj te dio esa certeza que buscabas. Ese reloj te provocó una irreversible sensación de desasosiego, de malestar, de desconcierto, de ansiedad. Necesitabas volver a la parada, bajo la marquesina, querías que el tiempo retrocediese hasta el momento antes de subir a ese autobús, antes de saludar al conductor de la sonrisa  demasiado amable. Querías levantarte y gritar, desahogarte, que todo el mundo se diese cuenta de que ese reloj no estaba bien, de que no eran las 11 sino las 8, de que el conductor también estaba mal, de que todo estaba absolutamente mal, de que había algo que no encajaba, pero te diste cuenta de que los pasajeros de ese autobús tenían la mirada vacía y sin vida, como si fuesen muñecos, o peor aún, marionetas. Tus ojos se toparon con los de un chico que no habías visto en tu vida, y él te observaba con los mismos ojos que tú a él, como quien se sorprende de no reconocer una cara. Él te escrutaba con la mirada, como preguntándose qué hacías allí, te miraba como si fueses una loca salida del manicomio que se había colado dentro de aquel ordenado lugar. Luego caíste en la cuenta: todos los pasajeros del vehículo tenían una cara difusa, poco clara, cuyos rasgos no estaban del todo definidos.

El trayecto fue una tortura, algo impensable, pero solo durante los primeros minutos porque luego, no recuerdas cómo, te quedaste profundamente dormida. Y llegaste a casa, sana y salva. Nada había cambiado, tu ciudad era la misma, las farolas y las casas también, los desconocidos se esfumaron a toda prisa porque hacía frío y querían llegar a casa cuanto antes, las caras difusas fueron sustituidas por rostros familiares y la vía del tren que debías cruzar no había desaparecido. Tu intuición había fallado por una vez en la vida y te reíste de tus ideas y cavilaciones de niña pequeña, como si la ficción se pudiese introducir en la realidad de tal manera. Como si en un segundo hubieses podido entrar en un mundo nuevo, qué ilusa. Tus padres y tus hermanos estaban como siempre, sus voces eran las mismas y el programa de la tele era el que tocaba los miércoles por la noche, la pasta de dientes tenía el mismo sabor que siempre y tu pijama era igual de suave.

Solamente si hubieses levantado un poco la cabeza habrías visto que tras una enorme nube grisácea se ocultaba una segunda luna, más pequeña y del color de las algas. Si te hubieses fijado un poco más, habrías visto que el edredón de tu hermano ahora era liso y no a cuadros, que la puerta del garaje de los vecinos estaba un poco abollada. Pero sobre todo, si hubieses tenido un poco más de vista, al ir a la cocina, habrías visto en la portada del periódico la fotografía de alguien a quien conocías muy bien, alguien que había fallecido en la madrugada del día anterior. Al subir a aquel autobús con un amabilísimo conductor habías entrado en otro mundo, muy parecido al tuyo, pero completamente diferente. Un mundo en el que él ya no existiría y en el que las estrellas ya no te podrían proteger de esa segunda luna que Murakami describió tan bien.

murakami

Joder.

megustas

La miraba con tristeza e impotencia mientras la sujetaba por las caderas y la aprisionaba contra la encimera de la cocina, produciéndole un placentero dolor.

-¿Por qué? –le imploraba él, casi comportándose como lo haría un niño pequeño cuando no consigue lo que desea-. Si ahora podríamos estar follando como animales, pero tú no quieres -Suspiró-. Bueno, sí quieres, pero no te dejas llevar. Seguro que nos lo pasaríamos genial.

A ella la situación le parecía incluso cómica, pero esa súplica que veía en sus ojos la hacía sentir mal en el fondo; no soportaba que le rogasen. Al principio no quiso contestar, pero luego le enfadó la insistencia de él.

-Pues sí –explotó ella finalmente-, follaríamos hasta que no pudiésemos más, como animales, por toda la casa -contestó con descaro, sin cortarse un pelo-. Hasta que me desmayase y me hicieses llorar de placer, como tú siempre dices…

-Joder, ¿por qué me haces esto? –le volvió a preguntar él por vigesimoquinta vez, con voz implorante. Y empezó a besarla por el cuello, pero ella le apartó un poco.

-No me interrumpas –dijo, mirándole desafiante-. Y despertaríamos a todos los vecinos con nuestros gemidos y suspiros, me follarías contra la pared y aquí mismo, en esta encimera, y dejaría que te corrieras en mi culo, que sé que te mueres de ganas. Pero hoy no.

-Pero no me digas eso, que me pongo peor. Dime que sería muy aburrido follar contigo.

Y, dándole la razón como a los tontos, corroboró eso último:

-Sí, es verdad. No nos lo habríamos pasado nada bien, en serio –dijo, finalizando su arrebato de pasión.

-¿Sabes? Estoy convencido de que moriré y entonces no te importará acostarte con un tío la primera noche.

-El día que te mueras lloraré mucho y luego me iré a la cama con el primero que pase, y tú lo verás desde el cielo y también llorarás.

-Estoy convencido de que es eso lo que pasará –dijo, mientras la besaba en la frente y se retiraba, disminuyendo la presión contra su pelvis.kiss

Años después, ella se enteró por casualidad de su muerte, pues habían perdido todo contacto. Se presentó al funeral y le dio el pésame a la familia, que no la reconoció. Contra todo pronóstico, no derramó una sola lágrima. Le sonrió a un joven vestido de gris que parecía abatido. Un pariente de él, alguno de sus primos, supuso, y fueron al bar de un hotel, donde pidieron el vino rosado más barato que tuvieran, el que le habría gustado a Sergio. Tenían la misma nariz y unos dientes parecidos y durante toda la tarde solo hablaron de él, de las noches en que todos los primos se quedaban a dormir en casa de los abuelos y de los fines de semana en el camping. Cuando se quedaron en silencio, ella encendió un cigarrillo. Nunca había soportado el tabaco y menos que él fumase, pero mira, las personas cambian. En silencio también y sin ninguna señal, ambos se dirigieron a la habitación del hotel y follaron como animales mientras ella gemía y lloraba como una desconsolada, gritando el nombre de esa persona que ya nunca volvería. Gritando su nombre mil veces hasta quedar exhausta. Esperó una señal, esperó una tormenta, algo que le indicase que Sergio les estaba viendo desde el cielo y que se arrepentía de todo el dolor que le había causado, pero la tormenta no se produjo. Sergio no lloró entre las nubes. Él siempre había preferido el calor del infierno.