Pues quizás

Y esa extraña sensación no te era desconocida del todo. Era como una reminiscencia de déjà vu, pero sabías que en el fondo no tenía nada que ver con eso. No era algo que hubieses vivido antes, sino más bien… leído. No habías vivido la situación, pero sí la sensación, esa intuición que te decía que bajaras del bus. Era como si te encontrases en el interior de una novela, como si fueses la protagonista de 1Q84 de Murakami. Al subir los escalones del autobús, habías entrado en otro mundo, aparentemente igual al que ya estabas acostumbrada, con los mismos asientos, el mismo suelo y el mismo paisaje desde la ventanilla, el mismo cartel que indicaba que el cinturón de seguridad era obligatorio. Pero tú no te habías parado a pensar en todo eso hasta que no viste el reloj digital con números rojos, ese reloj que marcaba las 23,17 cuando solamente eran las 8 de la noche.

Las caras te eran desconocidas, sí que es cierto, y ya habías sospechado antes de que algo no iba bien, pero el reloj te dio esa certeza que buscabas. Ese reloj te provocó una irreversible sensación de desasosiego, de malestar, de desconcierto, de ansiedad. Necesitabas volver a la parada, bajo la marquesina, querías que el tiempo retrocediese hasta el momento antes de subir a ese autobús, antes de saludar al conductor de la sonrisa  demasiado amable. Querías levantarte y gritar, desahogarte, que todo el mundo se diese cuenta de que ese reloj no estaba bien, de que no eran las 11 sino las 8, de que el conductor también estaba mal, de que todo estaba absolutamente mal, de que había algo que no encajaba, pero te diste cuenta de que los pasajeros de ese autobús tenían la mirada vacía y sin vida, como si fuesen muñecos, o peor aún, marionetas. Tus ojos se toparon con los de un chico que no habías visto en tu vida, y él te observaba con los mismos ojos que tú a él, como quien se sorprende de no reconocer una cara. Él te escrutaba con la mirada, como preguntándose qué hacías allí, te miraba como si fueses una loca salida del manicomio que se había colado dentro de aquel ordenado lugar. Luego caíste en la cuenta: todos los pasajeros del vehículo tenían una cara difusa, poco clara, cuyos rasgos no estaban del todo definidos.

El trayecto fue una tortura, algo impensable, pero solo durante los primeros minutos porque luego, no recuerdas cómo, te quedaste profundamente dormida. Y llegaste a casa, sana y salva. Nada había cambiado, tu ciudad era la misma, las farolas y las casas también, los desconocidos se esfumaron a toda prisa porque hacía frío y querían llegar a casa cuanto antes, las caras difusas fueron sustituidas por rostros familiares y la vía del tren que debías cruzar no había desaparecido. Tu intuición había fallado por una vez en la vida y te reíste de tus ideas y cavilaciones de niña pequeña, como si la ficción se pudiese introducir en la realidad de tal manera. Como si en un segundo hubieses podido entrar en un mundo nuevo, qué ilusa. Tus padres y tus hermanos estaban como siempre, sus voces eran las mismas y el programa de la tele era el que tocaba los miércoles por la noche, la pasta de dientes tenía el mismo sabor que siempre y tu pijama era igual de suave.

Solamente si hubieses levantado un poco la cabeza habrías visto que tras una enorme nube grisácea se ocultaba una segunda luna, más pequeña y del color de las algas. Si te hubieses fijado un poco más, habrías visto que el edredón de tu hermano ahora era liso y no a cuadros, que la puerta del garaje de los vecinos estaba un poco abollada. Pero sobre todo, si hubieses tenido un poco más de vista, al ir a la cocina, habrías visto en la portada del periódico la fotografía de alguien a quien conocías muy bien, alguien que había fallecido en la madrugada del día anterior. Al subir a aquel autobús con un amabilísimo conductor habías entrado en otro mundo, muy parecido al tuyo, pero completamente diferente. Un mundo en el que él ya no existiría y en el que las estrellas ya no te podrían proteger de esa segunda luna que Murakami describió tan bien.

murakami

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