Como el velcro

sergio

¿Sabes? Muy de vez en cuando aún pienso en ti y me acuerdo de lo que solías decirme. Mi mente se va por derroteros que no debería y me encuentro a mí misma frente a ti, en ese reencuentro que siempre se acaba produciendo algún día. Puede que pasen unos días, unos meses o incluso años, pero siempre llega el momento de enfrentarse a la realidad. Siempre llega el reencuentro.

Me lo he imaginado tantas veces y de maneras tan diferentes… Me he preguntado tantas cosas a mí misma sin saber cómo responderme. Me pregunto si aún te brillan los ojos cuando hablas de política y de cambiar el mundo, si sigues adorando el vino rosado y si sigues inventándote palabras. ¿Sigues fingiendo que la quieres?

Me pregunto si aún te masturbas pensando en mí, porque yo ya no lo hago pensando en ti. Me acuerdo mucho de ti, pero ya no puedo tocarme con tu recuerdo ni aunque lo intente. Me imagino la escena, tú sobre mí, recorriendo tu lengua por todo mi cuerpo, desde el cuello hasta el empeine de los pies. O yo sobre ti mordiendo tus labios y haciéndolos sangrar, con el sabor del hierro en mi boca, con la saliva rosada no solo por el vino. Y no puedo, tu cara se difumina, tus rasgos desaparecen, y dejamos de estar en tu sofá o en tu cama o en tu mesa, o en el lavabo de un bar. La escena cambia por completo, en cualquier lugar donde no hayamos estado juntos, donde no hayamos compartido nada. Y tú tampoco estás ya. Desapareces de esa nueva escena, aparece cualquier otro, al principio parecido a ti, con tus mismos ojos o una boca similar a la tuya, pero al final todo se deforma y de verdad que no eres tú, ya no estás, te has ido. En realidad te fuiste hace mucho tiempo ya. Es por eso que no puedo darme placer pensando en ti, mi mente no me lo permite.

maspasion

Pero sí me permite imaginar todo tipo de situaciones ficticias en las que tú y yo, siempre casualmente, nos reencontramos y coincidimos por primera vez en tanto tiempo en algún lugar, la mayoría de veces en algún lugar considerado como nuestro. En la estación de tren, sí, ahí. O en aquella parada de metro de Barcelona, donde parecía imposible que nos encontráramos. A veces eras tú el que me saludaba; otras era yo. Mi mente variaba mi tono de voz y la expresión de mi cara. A veces me comportaba con indiferencia, otras con alegría y emoción por verte, como si nada hubiese pasado, otras con odio y rencor, otras con reproches y seriedad. Tú te comportabas casi siempre igual, con esa sonrisa ladeada, las manos en los bolsillos y desnudándome con la mirada, como siempre hacías, sabiéndote en una posición más aventajada, conociendo a la perfección mis puntos débiles. Me tomabas por loca, como siempre, y por una dramática y una exagerada. Decías que no había pasado nada, que lo que a mí se me había antojado como meses de ni siquiera dirigirnos la palabra, en realidad solo habían sido unas horas. Porque tú poseías y posees la verdad absoluta.

¿Sabes? Tú y yo siempre fuimos como el velcro de los paraguas, no te rías, es la verdad. Piensa en los paraguas, y en esa horrible cinta que los rodea y que, por mucho que tires de ella, nunca consigue juntar los dos extremos del velcro. Pues así éramos nosotros, rozándonos y deseando unirnos, pero sin llegar a conseguirlo nunca.

paraguas

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5 comentarios en “Como el velcro

  1. También están esos otros paraguas, esos que tienen el velcro tan débil que se despega constantemente. Esos son mucho peores.

    Muy buen final, Claudia.

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