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Soñando siempre con autobuses que no llegan a la hora, metros que se paran y trenes que ya se han ido o que nunca llegan a pasar. Espero que no en el sentido metafórico. Soñando pero más despierta que nunca, como si a mis sueños también se les hubiese escapado la ilusión, como se escapa el tiempo en un reloj de arena, filtrándose poco a poco, grano a grano. Siempre me he preguntado –ingenua de mí- de dónde procederá esa arena, de qué playa, de qué cala, de qué bahía. Soñando despierta y despierta soñando. Con islas paradisíacas, con arenas blancas y aguas cristalinas, con arrecifes de corales y escarpados acantilados contra los que durante la noche las olas chocan con violencia, salpicando una espuma blanca y feroz, como si saliese de la boca de un perro rabioso y no de las entrañas de la Tierra. El resto del día el mar estaría en paz. Las olas chocarían solo durante la noche o los días de tormenta, esos días en los que ya existe una lucha en mi interior, días de tormenta interna. Pero ese lugar no existe, ni existirá, porque la arena se ha acabado, el tiempo se ha acabado, y con ellos, mi ilusión.

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También me pregunto muchas veces a mí misma cuándo he cambiado. En realidad sé perfectamente cuándo, pero no por qué. ¿Por qué ahora tengo que esforzarme por ser optimista? ¿Por qué no puedo volver a ser como antes? Me da rabia que nos dejemos cambiar por las personas, personas que no darían nada por ti, lo mínimo. Personas que ni se acuerdan de tu nombre, que nunca han derramado una lágrima por ti y, sin embargo, sí te han hecho llorar a ti. ¿Cómo puede una sola persona hacernos perder la ilusión, perder la alegría y la motivación? La respuesta es clara: Nadie te ha hecho perder la ilusión. En todo caso, tú misma has provocado que se pierda, pero ni siquiera tú eres la respuesta (egoístas de nosotros, creyendo que el mundo gira a nuestro alrededor).

No son las personas, son las situaciones, los acontecimientos, una combinación del momento, el lugar y la persona, de tu estado de ánimo y de tu carácter. La vida aprieta, pero no ahoga. Nadie te hizo perder la ilusión, sino un hecho aislado que no volverá a suceder (o sí, qué más da). No seas idiota y dale la vuelta a ese estúpido reloj de arena. ¿Qué pasa, no puedes? ¿Está pegado al suelo, dices? ¿No tienes fuerza? Ya lo hago yo, anda, si no pesa nada, y así seguimos jugando al Pictionary o a las palabras prohibidas. Venga, no. A la mímica. A ti siempre se te había dado bien el teatro.

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