Flashes

Estoy escribiendo mal la fecha en todos lados estos días, me avanzo, no quiero que el tiempo pase, pero a la vez no dejo de mirar hacia el futuro. Ahora estoy pensando en lo que haré mañana cuando me levante. Hasta mi subconsciente me confirma lo innegable haciéndome escribir un seis en vez de un cinco, un 2016 que se acerca vertiginosamente y con ímpetu en vez de un 2015 que me deja un regusto raro pero delicioso, como si hubiese sido el mejor año de mi vida, cosa que digo cada año.

Resumen del año, ¿no? Parece que toca, creo. No sé por dónde empezar, el trabajo nuevo, la primera vez que me puse traje para atender a clientes, volver a dejarlo con la misma persona y volver a sentirme mal, pero al menos terminar cerrando ciclos, un amor muy fuerte y muy duro también, aprender que no todos los chicos que parece que te quieren en realidad te quieren, aprender que es mejor no abrir tu mente tan deprisa, por mucho que llegues a admirar al chico. Llorar, curar, reír, sonreír (En ese orden: primero reír y luego sonreír porque creo que es más fácil volver a reír con ganas que sonreír con ganas, el proceso va así)

love4

Ampliando el currículum, trabajando de algo relacionado con lo que estudio, cotizar, hacer papeleo sola, tener contratos. Y Toulouse, y Narbonne y Carcassone y Albi y mis peligrosos amigos juntos en un coche, salir de fiesta cada día y madrugar para visitar las ciudades, y aprender a olvidar, a no pensar en los recuerdos, el chico moreno, las canciones inventadas de mi amigo, los vídeos llenos de risas y discusiones.

El mejor verano de mi vida con playa, fiesta, planes por todos lados. Con noches loquísimas, el primer chico con el que me acosté y al que no quería, noches en las que acabamos bañándonos en ropa interior en el mar con unos desconocidos y comiendo un bocata de tortilla con ellos a las 10 de la mañana, noches en las que dormía dos horas para ir a dar clase al día siguiente, noches en las que mi amigo acababa en el maletero de un coche, noches en las que acabábamos en el apartamento de unos franceses, noches en las que un modelo venía a la piscina del apartamento de una amiga, amistades inquebrantables, confianza que llega a límites insospechados, un chico que llegó a hacer de todo por mí  y luego se olvidó de mí cuando me tuve que ir, y nunca quiso decirme su nombre, un poco de tristeza en Inglaterra, recuerdos, pena, monotonía, y luego más pena al despedirme para (quizá) siempre de mis niños.

friends

El increíble intento de interrail de finales de agosto, primero Viena, luego descubrir una ciudad tan maravillosa como Budapest, conocer a gente increíble, fortalecer una amistad que sé que será duradera, aquel ruin bar, el brasileño, los inolvidables madrileños, caminar hasta no poder más, el calor y la piel morena, los interminables viajes en autobús, Croacia por fin y la playa de tonalidades azules y verdosas, españoles por el mundo, los alemanes con el corazón australiano, y Viena otra vez, con nuestro hotel, con el Prater, empezando a mejorar mi alemán, con aquellos franceses divertidos que quisieron que nuestra última noche fuera genial a orillas del Danubio.

budapest

Volver, ganas de irse de nuevo, comienzo de una nueva etapa, Erasmus, y no parar, perder la llave, pagar mucho dinero, y ver que estás en el lugar correcto, con gente que te quiere. Una amiga vino a visitarme y me dijo: ¿sabes qué? Al menos me voy tranquila sabiendo que tienes a tu alrededor a unos amigos increíbles que lo darían todo por ti. Antes Copenhague, y el hostal, durmiendo con treinta personas más, los canadienses, el chileno que nos odiaba porque no le dejábamos dormir, el brasileño que me dio a probar caviar, las casas de colores, los barcos, los churros con chocolate, el australiano que me escribió su número en el mapa, la desconocida Christiania para mí, una ciudad a parte donde está prohibido correr. Pocas clases durante el Erasmus, mucha fiesta, el alemán que parecía un modelo y que me presentó a sus padres y me dejó conducir su coche por esas carreteras sin límite de velocidad, esos sentimientos por el ruso con acento malagueño que me cuida tanto, el tatuaje que lleva el mexicano y que es igual a mis pendientes, mi boca en su cuello la última noche, una propuesta de trío, los colombianos que me han hecho amar su país y que me traían vino de la Rioja para cenar, aprender a cocinar y a hacer de (casi) todo, mi tortilla la más aclamada, hablar un alemán fluido y sentirme orgullosa de la evolución, los andaluces, que ahora son amigos de las catalanas, Berlín, tan llena de historia, y Hamburgo y Bremen y los mercados de Navidad.

La vuelta a casa por Navidad y chocar un poco con la realidad, hacer trabajo de fin de grado, este curso acabo, me gradúo, ya tengo el vestido, largo y plateado, y me queda genial, se adapta a mi figura a la perfección. Volver a las playas de Barcelona, salir y beber a la orilla del mar, el reencuentro con mis amigos. El choque era necesario, esta etapa no será eterna, pero no será la mejor de mi vida, al revés, servirá como empujón, como comienzo de algo mayor, de muchas otras experiencias que irán viniendo.

sospecha

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