Mi voz sobre lo demás

Me quedé como en trance, aquella escena en el metro había despertado algo en mí, algo que bombeaba energía por todo mi cuerpo, y no se trataba del corazón. Yo estaba ahí, tú también, y la chica de al lado, y la pareja de enfrente y todo me pareció parte de una obra de teatro o del primer capítulo de una novela. Quizá tú no lo viste así, pero yo me quería sentir como una espectadora, habría dado lo que fuera porque alguien me dijera cómo era sentirse desde el exterior, pero eso no podía ser, nosotros éramos los protagonistas. Se produjo una lucha, una batalla, ¿no te diste cuenta? Yo lo vi así, parecerá una tontería, pero era la lucha del amor sobre el odio y ganamos nosotros. La chica rubia de enfrente gritando, alzando la voz, su novio despreciándola, ella pegándole, ambos chillándose con todas sus fuerzas a pesar de estar en público, con reproches, con miradas de asco y de odio. ¡Que no me hables de mi pasado!, gritó ella en un momento al borde del llanto.

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Maud Chalard

Para acallar esas voces empecé a leerte, primero en voz muy baja, que aumentaba de volumen gradualmente, pero siempre con un tono suave y dulce, como se les lee a los niños, a los niños que han llegado en un cesto untados en pez a la orilla del río. Y me pareció una escena tan surrealista, tan íntima y a la vez llena de sensualidad porque no podía evitar pensar en la primera vez que te leí, los dos desnudos en tu cama, después de haber hecho el amor. Y mi voz se anteponía a los gritos, los lloros, ese odio, ese rencor, esa naturaleza humana. Mi voz era más fuerte, más potente, tanto que yo ya no oía su discusión, solo me oía a mí misma, en esa burbuja imaginaria solo cabíamos tú y yo. No me importó en ningún momento que todo el vagón se fijase en nosotros.

Y en la novela se hablaba de la mujer como un niño, y yo era el niño, pero tú también eras el niño. Tú lo habías sido hacía unos instantes, con tu cabeza en mi regazo, cuando te puse agua en la cara y en la nuca. Y yo lo había sido con el chocolate, cuando me limpiaste la comisura de los labios y me puse roja. ¡Y dices que no me haces la vida más fácil! ¿No los ves a ellos? Compáralos con nosotros, tú me haces feliz.

Y recuerdo cuando me cogiste de la cara y me empezaste a explicar lo que sientes al estar dentro de mí o cuando yo me corro, cuando me explicaste cómo funciona mi cuerpo, cómo se contrae mi vientre o cómo sientes el calor de mi coño, o lo estrecho que se vuelve después, lo húmeda que me pongo poco a poco a medida que me acaricias y me tocas, y me quedé quieta, inmóvil, sin palabras. Me dejaste sin aliento y sin respuesta posible, mirándote fijamente con unos ojos enormes, abiertos por completo, admirados y a la vez algo asustados. En ese momento, te lo digo yo, podrías haberme pedido lo que quisieras, que yo lo habría hecho.

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Tamara Lichtenstein

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