Cosas necesarias

Ya no sé si escribir sobre aquella luna poderosa que empujaba a esos seres negros lejos de sí o sobre el día en que tu semen era miel, o tal vez el día en el que aparecía aquella mujer rubia, imponente, elegante, pidiéndome perdón por haber sido desconsiderada conmigo, que tuvo un mal día porque su novio la había dejado. O de hablar del día que me enfadé contigo porque hiciste que la casa se inundara y despertaste a mis compañeros de piso, que en ese momento dormían y por quien yo intentaba velar. Y ya no me entiendo ni a mí misma, he creado confusión de nuevo y en parte me alegro de ello. Porque tampoco sé si esto lo recuerdo o lo sueño, si lo vivo o lo imagino o tal vez lo leo y lo copio aquí mismo, no palabra por palabra, pero sí idea por idea, como la idea de aquel hombre que para mí se hacía tan insoportable pero que no lo era tanto para su esposa, pues esta no veía sus manías como defectos ni como algún problema que hay que eliminar de raíz, sino como algo que había que dejar pasar, en el caso de que no fuera posible complacerle. Nada con colorantes ni aditivos, nada con vísceras, ni sangre, es decir, no se podía meter en la casa ni chorizo ni fuet ni jamón serrano, porque eso para él estaba crudo. Se le quitaban los tendones a todo, y cualquier posible trozo de grasa, como en aquel programa donde había un judío quitándole al chivo todo lo que no le gustaba, lavándolo después y luego volviéndolo a lavar.

maud chalard 6

Pero también podría hablar de cuando las imágenes me transmitían más, de cuando todo me podía producir un escalofrío si me lo proponía y de cuando tenía tiempo –en ocasiones demasiado- para mí, para pensar, reflexionar, mirar el techo un momento y ver dibujos maravillosos o estrambóticos o ambas cosas a la vez y ahora me fijo y hoy es el día en el que no sé colocar los acentos, o su marca gráfica, mejor dicho, donde les toca. Lo pongo en la vocal que no es. Y leo lo que ella escribe y no me parece tan bonito ni tan verdadero ni tan elocuente ni, por lo tanto, tan admirable. No me resulta creíble que haya quien la siga, pero luego pienso en su situación y me recuerda un poquito a mí el verano pasado y fue allí cuando conseguí escribir algún que otro texto que aún tengo en la mente y que al releer tiempo después me hace pensar si soy la misma. Y está claro que no, la respuesta siempre va a ser no, porque no somos la persona que fuimos ayer ni la que seremos mañana, aunque no debería recurrir a un aforismo que sentencia, como bien me dijeron un día.

Lo que me hace pensar que también podría hablar de la frase que leí desde el autobús pintada en letras rojas en un muro gris y viejo, enmohecido ya. “No es bueno adaptarse a una sociedad enferma”. Y me hizo pensar mucho y creo que se la he dicho a poca gente. Y también esto me hace pensar que estoy escribiendo todo seguido sobre lo que me he ido guardando durante un mes entero, o quizá dos, y ahora lo estoy sacando todo de dentro como fuego, o como basura quizá que debo expulsar de mi cuerpo. Volviendo a ella, supongo que en el fondo me gusta ver que, aunque ya no seamos amigas, saca algo bueno de su situación, y saca tema de cualquier cosa, escribe de lo que sea, aunque no le pase nada, de un niño, de un pájaro, de una ardilla, de recuerdos (porque sé que es lo único que queda cuando estás así), de lo que siente… y lo adorna. Lo decora y lo pinta con una brocha, de color gris si quiere hacerlo más emotivo de lo que es y más triste y más nostálgico, o de color rojo (yo habría elegido siempre el amarillo) si lo quiere hacer más especial y más bonito de lo que fue.

El caso es que también podría hablarte de aquellos hombres borrachos que hablaban en el bus sobre quién fue primero, si Jesucristo o Allah, o sobre la sensación que se produce en mis dedos cuando estos teclean rápido palabras inconexas, o sobre lo viva que me siento cuando te quiero explicar de todo y contar de todo y cuando tengo mil planes por delante, pero siempre hay una nube que los tapa un poco…

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