Drink for me

Hacía tanto tiempo que no oía esta canción… y me ha recordado lo mucho que te debo. Bueno, en realidad lo mucho que me debo, que nos debo. Cuando hablo de mí, ya hablo de ti también, te incluyo en ese ser que somos nosotros, como si compusiésemos una simbiosis, esos dos seres vivos que componen uno solo y que solo viven si el otro vive. Lo di en clase de naturales (así se llamaba entonces, a lo mejor ahora es Conocimiento del medio o algo así) con José Antonio y aún me veo en la última fila, al lado de aquel niño que se portaba tan mal y con el que yo me llevaba bien, creyéndome la defensora de los desamparados, convencida de que podría cambiarle y convertirle en uno de los niños más listos de clase y que todos me admirarían y él le daría siempre las gracias a su maestra Claudia.

Y ahora que de una sola canción he sacado todo esto, veo que tenía razón aquel hombre que me dijo que al final lo que queda es la infancia, la adolescencia y parte de la juventud, que, aunque yo creyera recordar poca cosa de mi niñez, las memorias vendrían paulatinamente. Y ahora lo veo como una etapa muy importante de mi vida, en la que formé mi carácter y en la que cada día ocurría algo interesante y digno de contar a tus padres y tus hermanos.

El caso es que si nos comparo a ti y a mí con esos seres que estudiaba en la escuela habrá gente que me llamará loca o que incluso me criticará y lo verá mal, ya que soy una mujer por mí misma, existo y soy independiente, tengo una vida aparte de ti. Y eso también es cierto, pero Believe me, I could live without you, but I really don’t want to. Porque sé que podría, me costaría, pero lo lograría, aun así, no quiero. Sin embargo, me da igual lo que opine la gente porque ahora esta canción me lleva a tu sofá, cuando llevabas dos días en tu nuevo piso y no trabajabas y yo te iba a ver cada vez que podía, o cada que podía, como tú dirías.

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Y me veo en bragas en ese sofá, despeinada, después de haber hecho el amor allí mismo, frente a esos inmensos ventanales que dan al patio de vecinos y por los que entra toda la luminosidad del mundo. Me veo ya con el portátil en el regazo, haciendo tu currículum y decorándolo un poco y poniendo en bucle esa canción que me recuerda tanto a esos días, a nosotros, a la libertad. Iba a decir a la paz, pero de esto hubo poco porque no paramos quietos al principio. Bueno, ahora tampoco. Y quiero ese tiempo ahora, cada granito del reloj de arena para nosotros, para mí, para volver a los inicios –tal vez es este el texto que se debería haber titulado Inicios y no el anterior.

Drink from me, drink from me, when I was so thirsty! Y yo siempre cambiaba ese from por for y ese cambio de preposición me daba la libertad de creer que la canción estaba dedicada a nosotros y a esas salidas, al alcohol que ingirieron nuestras venas esos primeros meses y que, tal vez, fue un tanto excesivo. La canción, en concreto ese for, me lleva a esa noche en la que nos bebimos una botella de aguardiente entre tú y yo (aguardiente del de Colombia), allí sentados en las dunas de la playa, sin conseguir entrar a ninguna discoteca porque perdimos la noción del tiempo, escribiendo borrachos nuestra lista de cosas que hacer antes de morir, nuestros sueños y deseos, y también otro papel con la descripción de la noche. Me lleva a esa noche de chaquetas abrochadas hasta el cuello, pero de manos y besos cálidos, de risas y de locuras, los dos descalzos, metidos en el agua a esas horas de la noche y con ese frío, tú cogiéndome a caballito y yo bailando con los pies sobre los tuyos, como hacen los padres con sus hijas en las películas americanas. Y luego el paseo y las risas y tus videos metiéndote conmigo, el párking que hicimos nuestro y el juguete que tanto me sacaba de quicio y que perdí (sin querer, creo).

La canción me lleva a aquel día en que salí de la uni y fuimos al ayuntamiento a empadronarte y luego, pasando frente a la puerta de un colegio, fingimos ser unos padres que esperaban a su hijo Sebas y nos reíamos haciendo ver que lo abandonábamos y unos abuelos nos miraron con una sonrisa en la boca y vi en sus ojos la felicidad y ternura que nosotros reflejábamos. Y luego los churros con chocolate, que estaban muy malos, y el día que llovió y nosotros nos fuimos a los bunkers después de comprarnos pan, queso y lomo en el Carrefour y hacernos una improvisada comida en lo alto de la ciudad. La canción me lleva a ti y a tu boca, tus palabras, tu sonrisa y tu felicidad, que es inagotable.

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Creando imperios

Tengo miedo de este mundo en el que a veces no me gusta vivir, en el que veo a mi padre triste, mi madre estresada, mi novio explotado, gente sin casa, amigos sin trabajo, familiares sin sueños… Me da miedo este mundo y espero no ser la única. Me da miedo porque no nos damos cuenta de dónde nos hemos metido, del bucle que hemos creado. Tal vez lo vemos, ese bucle, ese círculo, pero no hacemos nada por acabar con él. Esperamos a que llegue el fin de semana, salimos el sábado por la noche con los amigos de toda la vida y nos quejamos de lo perra que es la vida con una cerveza barata en la mano. Aprovechamos esa noche para desahogarnos e insultar al jefe, a los compañeros, a los clientes, quejarnos de las llamadas, del poco tiempo libre que nos dan, de todo lo que haces y nunca es suficiente para esa empresa, todo es mejorable, como suelen decirte, o reñirte.

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Veo ese pesimismo en mí estos días y pienso que no merezco esto, contemplar ni oír estas cosas. Pienso que no debería levantarme un sábado a las 10 de la mañana y oír a mi padre hablando por teléfono con su hermano, lamentándose de su mala suerte, de que trabaja más de 9 horas al día y cobra una miseria, de que no le pagan las noches que tiene que quedarse por ahí, ni los sábados que le toca madrugar, ni las horas extras. Y me veo reflejada en esa triste mirada gris y me convenzo que yo no seré así dentro de unos años, que yo no estaré en esta situación. Pero yo misma lo he dicho, ahora me tengo que convencer de que mi vida no será así, cuando hace apenas unos meses sonreía con mi título en la mano y sabía que no me dejaría pisotear y que trabajaría de algo que me apasionase. Supongo que es el día, que también es gris, como sus ojos. Y supongo que este es solo un año de transición. Bueno, esto último no lo supongo, esto último lo sé. Y podría irme ya, ahora, dejarlo todo y no ir a trabajar el lunes, pero me sentiría derrotada, sentiría que no he podido aguantar con la presión o los gritos o el mal ambiente que se respira, sentiría que no he superado la prueba y yo sé que puedo hacerlo, puedo demostrarles a todos que valgo y que, cuando me vaya, porque lo haré (y ellos lo saben, lo ven en mis ojos guerreros e insumisos), les haré falta y les costará encontrar a alguien que me sustituya. No sería la primera vez que me pasara.

Ha desaparecido un poco el miedo ahora que lo he escrito todo, pero no quiero que desaparezca en este momento. Como siempre se ha dicho, el miedo nunca debe paralizarte, pero tampoco puede morir del todo, porque es el miedo lo que te hace luchar y protegerte, porque siempre hay cosas de las que te tienes que defender. Tengo miedo de la ignorancia, de la inactividad, de este mundo en el que no te dejan ser quien eres, en el que te imponen reglas, juegos estúpidos que solo ellos comprenden y en los que solo ellos pueden salir vencedores. Porque somos unos peones y quien piense que no, se equivoca. Porque somos marionetas, porque hacen con nosotros lo que quieren, pero de igual manera, algo nuevo está surgiendo y llegará el día en el que no puedan con nosotros, en el que no deberemos huir a otro país para encontrar una vida mejor. Que mejor muchas veces solo significa encontrar trabajo, no siempre en mejores condiciones. Porque ellos siempre serán unos tiranos. ¿Cómo si no han creado su pequeño imperio?

Y ahora ha salido el sol entre nubes deshilachadas.

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