La goma de pelo verde

Que me revele sus secretos, que cuando duermo raro me coge la mano que me queda libre, más cerca de él, y me la apriete fuerte, y que yo no me dé ni cuenta, pero que duerma así más tranquila. Cuando me pidió que me casase con él, en el salón de su casa, nosotros en la mesa, y nuestros amigos en el sofá, todos bebiendo, borrachos y felices, nosotros los que más. Ellos gritando y riendo, pero nosotros hablando con las cabezas muy juntas, la nariz casi pegada y los ojos a la misma altura, sintiendo el aliento del otro con cada palabra pronunciada, palabras cargadas de amor y de sentimientos, sin importarnos que el resto mirase o nos dirigiese comentarios burlones. Ahí me quiso dar un anillo e hicimos uno improvisado con mi goma de pelo verde. Él me quiso ajustar el anillo en el anular de la mano izquierda, que es donde se lleva por tradición, pero yo me negué y puse mi mano derecha en su lugar, y él accedió, porque sabe consentirme y permitirme esos caprichos tan tontos.

Yo guardo imágenes, flashes de él, momentos tan bonitos e intensos… Cuando nos metimos en el mar a las 10 de la noche, en ropa interior, y la gente nos miraba de una forma extraña pero divertida a la vez, sonriendo ante nuestra felicidad. Yo gritaba al entrar por lo fría que estaba el agua y él se lanzó de cabeza sin pensárselo mucho, pero yo al final hice lo mismo, y nos abrazamos y él me dio vueltas en el agua y al salir no se le ocurrió otra manera de hacerlo para llamar más la atención, me cogió en brazos y me sacó del agua como los socorristas sacan a la chica que se ahoga del agua, los dos empapados, chorreando, felices y semidesnudos. Tuvimos que cambiarnos como se hace con los niños pequeños, uno aguantando la toalla alrededor del otro y este intentando quitarse el bañador a duras penas, pendiente de que nadie les mirase. Y luego como no teníamos ropa seca, nos pusimos el pantalón y la camiseta directamente sobre la piel, una de las cosas que más me gustan en este mundo, sin aros que aprieten los pechos ni tirantes que dejen marca en los hombros o gomas elásticas que te corten la circulación en las ingles.

Volvimos a hacer lo mismo en Calella, pero a plena luz del día, esta vez mis bragas eran blancas y un poco más transparentes de lo que deberían, pero al revés, nadie nos miró tanto como la primera vez por la noche, nadie prestó atención a nuestras risas y nuestros cuerpos. Se fijaron más en nuestras mochilas y el cartel donde estaba escrito en letras negras FRANCIA.

alegria