El sombrero de las bellotas

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Me quedo con las cosas bonitas, porque él me ha visto llorar mil veces, y yo a él muy pocas. Me quedo con el dolor reconfortante en el bajo vientre, con el calor de la manta y con el olor a rosquillos recién hechos. Me quedo con su sonrisa y sus bromas para hacerme sentir siempre mejor. Pero también me quedo con lo mal que me han venido estos meses de inactividad. No las vacaciones, porque estas me han venido realmente bien, para respirar, para caminar pausadamente, contemplar la puesta del sol. Se puede encontrar algo bello en cualquier lugar, lo dije, puedes verlo mágico si a ti te apetece. Nos veo ahora a los dos en la encina grande, apoyados en el tronco de este inmenso árbol, yo llorando y él arropándome con sus brazos y tapándome el sol que me daba directamente en los ojos, pero yo no quería que él me quitase esa poca luz que me quedaba y así se lo dije. Que prefería cerrar los ojos y sentir el calor sobre los párpados. Y estuvo conmigo hasta que me calmé y nos adentramos en la parte más frondosa del bosque, donde nos besamos y nos descubrimos un poco más, como siempre, hasta que oímos unas voces que se acercaban y nos alejamos de ellas, corriendo y riendo, intentando silenciar nuestras respiraciones excitadas.

Vi belleza en ese momento y también vislumbré bondad y luego inocencia cuando buscábamos bellotas para mi abuela, ensanchando la sonrisa cada vez que creíamos encontrar una preciosa, marrón, reluciente, con ese sombrero que las hace tan reconocibles. Imagino que tendrá un nombre científico, ese gorro que llevan, pero a nosotros no nos hacía falta saberlo porque reíamos solo con ponerle uno nuevo a esos frutos secos que, tan despistados ellos, lo habían perdido. Creo que eso es bonito y también aquella imagen que se quedó grabada en mi retina gracias a él, los dos cogiendo moras en los sitios más peligrosos, clavándonos alguna que otra espina por ser tan tercos, aunque también se nos podría llamar tenaces o persistentes y esos adjetivos nos servirían para una entrevista de trabajo. Él ya sabe qué es lo mejor de aquellos atardeceres entre las zarzas junto a la vía del tren, porque es algo que hicimos juntos, ese dibujo que tiene dos manos que lo colorearon, dos manos que se creían artistas. Solo sé que guardo ese dibujo en mi cajita, junto al resto de cosas que me recuerdan a él, y que puedo ver a una niña con una camiseta naranja y a un niño que la sujeta para que no se caiga y la alza para que alcance los frutos más negros y más grandes, los más dulces. Los dos tienen las caras difuminadas; en realidad, todo el cuadro está un poco difuminado, con ese efecto borroso que sus artífices quisieron crear. Y son bonitos también esos sueños nuestros, y curiosos, y excitantes, sobre todo aquel en el que volvemos al principio, en el que pasamos aquella noche como si nos acabáramos de conocer.

Ahora me traslado a esas comidas con mi familia en las que hablamos de la infancia y de cuando a mi hermano le dolía la barriga porque tenía que hacer los exámenes de primaria. Y nos reímos pensando en todo lo que ha tenido que superar desde entonces y en lo tonto que nos resulta ahora que mi madre tuviese que prepararle manzanillas e infusiones para que pudiese dormir más tranquilo y no le pusieran nervioso esas pruebas en las que luego conseguía sacar buena nota la mayoría de veces. También me veo en el sofá de mi abuela, alguna que otra tarde, pero no soy pequeña ya, sino que me he convertido en una mujer, o eso dicen, y la voy a ver cuando salgo del trabajo, cuando saco un poco de tiempo del que realmente no dispongo. Y me da algo para merendar, cosa que no me sorprende. Al contrario, me extrañaría que no me ofreciese nada para comer porque esta mujer que ha tenido que ser muy fuerte vive para hacer felices a sus nietos. La veo sonreír cuando me explica que en verano nos llevaba a mí y a mis hermanos al río para bañarnos y construir nuestras cabañas. O cuando habla de mi hermano, y esa obsesión que tenía con subirse a las cosechadoras cuando solo tenía tres años.

Y luego nos veo otra vez a él y a mí, en esa habitación tan caliente, tan acogedora, toda de madera, con balcón, como él quería, como él vio en sus sueños, un balcón bohemio en el Barrio Gótico de Barcelona donde me follaría sin importar quién nos viese. La diferencia es que este dormitorio de madera está bastante lejos de la ciudad condal. Y cómo llegué a echar de menos su presencia en casa tras la vuelta de las vacaciones. No sé explicarlo, era reconfortante que estuviera ahí a mi lado, tal vez sin hablar ninguno de los dos, cada uno enfrascado en la lectura de una novela diferente, pero juntos, compartiendo una pequeña rutina, viéndonos cada día, despertándonos cada mañana en la misma cama. Me gusta cuando me da la mano por debajo de la manta y entonces yo le miro fijamente, con amor, con unas ganas irrefrenables de abrazarlo y besarlo, pero me contengo porque hay gente delante. Y él dice que adora esa mirada mía, porque revela todo lo que soy. Pegamos mucho…

O al menos eso dice su peluquero, que nos vio desde su negocio mientras caminábamos dados de la mano por el Paral·lel. Dijo que se nos veía muy bien y que yo parecía una chica muy agradable y, si lo dice su peluquero, será verdad. Igual que el peluquero de Sebastián decía que la peor carne de Europa era la de Alemania y si lo dice el peluquero de Sebastián, será verdad.

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El otro día me estaba preguntando a mí misma cuándo había perdido esa inocencia y esa mirada curiosa que me hacía encontrar belleza e inspiración en cualquier parte, y creo que nunca se ha perdido en mí, estaba solo escondida. Lo supe cuando contemplé la luna desde el autobús y se me escapó en voz alta: Es preciosa hasta tapada.

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