Luces de neón

Nunca me han gustado las luces de neón, me parecen horteras, de cuchitril, de bar feo de carretera, o motel, o burdel. Claramente burdel es la primera palabra que me viene a la mente, a prostíbulo barato, sucio, con alfombras raídas y manchas de grasa y de semen en la tapicería, con una barra donde un viejo camarero desdentado sirve whiskies aguados mientras te sonríe y le ves solo las encías y un par de dientes amarillos como el papel viejo, como un pergamino. Esas luces de neón, las de ese local donde se alquilan coches, que son ahora rojas y ahora verdes, me recuerdan al lugar donde no quiero acabar.

En esa casa de putas que solo existe en mi mente, pero que seguro que está en cada carretera de España. Ese burdel donde habría una Catalina, muy española ella, andaluza me atrevería a decir, gorda, muy gorda, no especialmente guapa y ya vieja también, o no tanto, pero ya ajada por el oficio, con muchas tetas, por supuesto, caídas pero bien grandes. Ella haría las mejores mamadas del hotel, compitiendo con una joven ecuatoriana madre de dos hijos.

Esto me recuerda a aquel ejercicio que mi profesor de lengua nos mandó, dándonos una foto de un café acogedor y una canción de sabina. A partir de aquí, teníamos que crear un relato o una descripción o lo que se nos ocurriera, y yo transformé ese apacible café en un bar de carretera donde había un astronauta retirado contándole su vida a una jovencita.

beauty

Yo sería una puta triste porque el día en que me di cuenta de que era atractiva para los hombres (y también para las mujeres) yo estaba triste, y seria, con cara como de enfadada, pero no era enfadada. Desde entonces sé poner cara de triste, entreabro un poco los labios y, no sé cómo lo consigo, pero los ojos se me empañan de tristeza solos, no de llorar, porque a nadie le fascina una niña llorando. A los hombres les gusta follarse a chicas tristes, a la gente le fascina ver una chica triste, pero fuerte, imperturbable, con odio hacia el mundo.

Siempre he pensado que si yo fuese puta lo haría muy bien. No me comportaría como las prostitutas de los escaparates de Ámsterdam. Las pobres lo hacen muy mal, se las ve ridículas haciendo ver que hablan por teléfono, sacando la lengua y lanzando miradas lascivas y a la vez grotescas a todos los hombres. Me pondría de pie junto a la carretera, en un arcén muy ancho, y sostendría un libro entre las manos y no fingiría leer como fingen hablar por teléfono las prostitutas de Ámsterdam (y de Hamburgo, supongo, aunque no me dejaron entrar porque la calle estaba prohibida para las mujeres), sino que leería con verdadero interés. Y sé que se pararían más coches. Descubrí esto cuando tenía casi veintidós años y mi cuerpo era muy bonito, mientras esperaba al bus. Yo solo vestía unos shorts y unos tirantes; también iba con bambas. No enseñaba nada, ni mucho escote, ni culo ni vientre, simplemente era guapa, joven y estaba morena. Y, lo más importante, leía. Leía y ponía esa cara de concentración que tanto le gustaba a mi novio, incluso con el ceño un poco fruncido. Si yo fuera puta, lo haría muy bien.