Noches como la de ayer

Cuando discutimos, envejecemos. Dejamos de ser nosotros mismos para convertirnos en esas parejas que nos resultan tan ajenas. Nos convertimos por unos minutos en un matrimonio cansado y aburrido, ajado por el paso de los años.

Pero en noches como la de ayer, se olvida todo, resucitamos y volvemos al inicio, a esa etapa tan fácil y tan difícil a la vez; fácil porque no hay nada tan sencillo como quererse y difícil (aunque solo un poco) porque siempre es complicado comenzar algo, hacer que una persona se descubra ante ti. También cuesta contenerse, ir paso a paso, con cuidado de no acabar malherida o de no demostrar demasiado, pero te ves al cabo de un par de días olvidando toda esa teoría, yendo al ritmo que te piden el cuerpo y el corazón y exponiéndote a lo que pueda venir. Y eso es lo bonito. También era bonito que fuese nuestro secreto. Dos semanas. Se acabó sabiendo, por supuesto, en las fiestas en que habíamos bebido un poco más de la cuenta y nuestras caderas se juntaban más de lo esperado bailando ritmos que yo desconocía o en esos momentos en que yo te acorralaba contra la pared o contra el sofá y nos mirábamos tan fijamente que asustaba y nuestras narices se rozaban y los labios casi se tocaban. Y no sabíamos que nos estaban observando de soslayo, todos, intrigados, curiosos.

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Por eso ayer me sentí así, como en Alemania. Dos semanas. La noche no prometía demasiado cuando entramos en el primer bar abarrotado, sin siquiera una mesa donde sentarse al principio, con una camarera antipática y unos precios desorbitados, aunque eran de esperar. No habíamos cenado y empezamos a beber, tú y yo sentados un poco lejos el uno del otro, en frente más o menos, charlando con gente diferente, conociendo a personas de otros lugares, ignorándonos un poco, como solíamos hacer en aquellas fiestas. De vez en cuando haciendo bromas que solo los dos comprendíamos. Salí del bar yo la primera, a tomar el aire, y tú no te diste cuenta de cómo me miraron, o tal vez sí, y quisiste pasarlo por alto porque no quieres que me ponga contenta de tus celos. Me comporto como una niña pequeña en ese sentido, ya lo sabes, y me hace gracia que me permites esas actitudes. Saliste después y nos besamos mucho y me cogiste en volandas, en esa acera tan estrecha, hasta que salió tu amigo y nos detuvimos, bromeando. La noche parecía que se acababa allí, con un par de copas y cócteles, porque solo se quedaban dos con ganas de ir a otro bar, así que nos unimos a esos desconocidos que no sabían que éramos pareja, tal vez sospechaban que éramos algo. Caminamos hasta aquel bar con más de doscientos chupitos diferentes con extravagantes nombres y formas de bebérselos. Reímos, nosotros los que mejor aguantábamos el ritmo. Una ronda tú, una yo, otra el venezolano, otra la andaluza, riéndonos del camarero antipático, que luego nos invitó. La muerte. El último chupito con ese nombre no me era necesario.

Salimos a tomar el aire y volvimos a entrar y volvimos a salir, ya con la intención de volver a casa. Nos quedamos un poco rezagados del grupo y nos besamos mucho. Se giraron y nos vieron y corrimos junto a ellos, como unos niños pequeños que se han separado de sus padres. de verdad que lo que me encantaba era que pensaran que nos habíamos conocido hacía poco, que éramos simplemente un rollo, que yo solo me quedo algún sábado a dormir en tu piso, echamos un par de polvos y a la mañana siguiente vuelvo a mi casa. Aún recuerdo la cara que puso el chico cuando le dijiste que éramos primos. Él se lo creyó; ella claramente no. Nos comenzó a hablar de la moral y no sé de cuantas cosas más. “Os puedo preguntar algo?”, dijo Marcel (nombre francés a pesar de ser venezolano). “No, no vamos a tener hijos”, le contesté riendo, avanzándome a su pregunta. Nos despedimos en el metro y no creo que nos volvamos a ver.

Y me encantó volver a casa, hambrientos, comiéndonos esos bocatas de mayonesa y jamón dulce. “¿Le puedes poner mantequilla?”, te pedí, con voz de niña pequeña. Nunca se me habría ocurrido añadirle mantequilla a un bocata, eso es por tu culpa. Me recordó a las pizzas de Alemania, al fuet a mordiscos, al helado de nueces a las 5 de la mañana. Me desvestí y me quedé solo en bragas, esas burdeos de encaje que me compré para ti, pero el sueño me pudo, hasta que nos despertamos a las 7 de la mañana y ya de paso despertamos a todos tus compañeros de piso.

Pero no fue solo esa noche, también fue ese sábado o ese domingo por la tarde, mientras me hacías el amor. Te pareces a esas mujeres que salen en las novelas bohemias con las que todos los hombres se quieren acostar, con ese cuerpo grácil, precioso, con esa piel tan brillante y ese cabello castaño, con un poco de vello en las axilas, con esa despreocupación, esa sonrisa. Me enamoraste todavía más mientras me hablabas así y me embestías lentamente.

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