El último lazo

 

Primero le echan. Nunca habían despedido a un compañero en ninguno de los trabajos donde he estado empleada. Bueno, ahora recuerdo que sí. Un chico muy tonto que se escondía detrás de una columna cada vez que venía el jefe. Pero con él es diferente, trabajaba bien y había muy buen ambiente, él lo creaba. Cuando se va, desaparece del planeta y yo también tengo ganas de irme de ese trabajo.

Hablo con su novia, pero ella tampoco sabe nada de él, así que se entera por mí de que ya no tiene trabajo. Seguimos conversando un poco, pero se la nota triste, claro. Sin embargo, hay algo más, yo lo sé. En mi cabeza se forman historias extrañas, ella le tiene miedo. No se atreve a llamarle demasiadas veces, no quiere hacerle enfadar, le teme, pero también teme perderlo, teme ahuyentarlo siendo muy insistente. Por eso tampoco va a su casa a buscarlo. Y él es un cobarde. Él me gustaba, pero ya no, no si trata a una mujer tan increíble como Holly de esa manera. No puedes hacerle eso a la persona que amas, no tienes derecho a desaparecer de su vida de un día para otro, sin dar explicación alguna. Él es un cobarde, permanece tranquilo porque sabe que ella le quiere tanto que nunca le dejará por muy mal que se porte o por mucho que la haga sufrir.

Aun así, quiero verle, al menos los primeros días. Yo también le escribo y me ignora. Holly dice algo que me hace pensar: “Tengo miedo de que se vaya sin decir nada”. Eso significa que no es la primera vez que hace algo así. Por lo que me ha dicho alguna vez, estuvo viviendo tres años en Shanghái. ¿Qué se le perdió ahí? Sé que no se lo ha inventado porque le he oído mantener conversaciones con la dueña del estanco, que es china. También con un cliente que un día entró en la cocina pensando que era el baño. Por un momento, algo se remueve dentro de mí y yo también siento miedo de que se haya vuelto a Sidney sin despedirse de mí, era mi hermano mayor, quien me pagaba las cervezas, pero también quien me cuidaba, se quedaba a dormir en mi sofá y quien me enseñó lo que es una verdadera noche australiana. Es que encima no ha podido volver a Sidney porque ya no tiene casa allí, su madre la vendió para irse a vivir a El Salvador. Estaría en una granja, en la frontera entre Victoria y Nueva Gales del Sur, con su hermano. Me lo imagino en el porche de su casa, en una hamaca o una mecedora, con una espiga en la boca, huyendo.

Al final le veo cobarde. Pero sé que mi imaginación ha ido demasiado lejos, pues lo más probable es que siga en Melbourne pero no quiera hablar con nadie.

sarah modak

Después, muere Avicii y el último vínculo que me quedaba con él también muere. Era el único músico que nos unía, exceptuando a los Black Keys. Nunca habíamos coincidido en cuanto a gusto musical, pero siempre que se iba el jefe o cuando cerrábamos el restaurante, poníamos Avicii porque sabíamos que así podríamos cantar sus canciones juntos. Por eso estoy triste cuando me entero de la noticia de la muerte del cantante. Porque se ha roto el lazo, ya no volveré a verle.

 

 

 

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2 comentarios en “El último lazo

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