Algo de Melbourne

—Tiene un espejo lateral gigante —Es lo primero que me dice al volver de su visita—. Podríamos vernos mientras follamos.

Luego me habla del piso de arriba, del amplio salón, del balcón con barbacoa, pero de lo primero que me ha hablado tras ver nuestro futuro piso, es del espejo.

Cuando nos mudamos a la habitación del espejo, lo primero que hacemos es bajar la persiana de la ventana que da al jardín, y hacerlo como animales. Es muy excitante ver cómo nuestros cuerpos se juntan. Pero es mucho más excitante verlo a él tan sexual, con tantas ganas de hacerme el amor en todas las posturas posibles.

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Claudio Capanna

 

Sin embargo, después de esa vez, no nos volvemos a ver casi en toda la semana. Algún día comemos juntos en la ciudad y por las noches, él llega a las 12 o incluso a la 1 del trabajo. Tan agotado que lo único que puede hacer es dormir.

Un día, volviendo juntos en el tram, me empieza a hablar al oído. El vagón va tan lleno que es imposible mover un brazo siquiera para agarrarte y no caerte. Me pone mucho, me habla del espejo y de la imagen que se le cruza por la mente cada vez que está fregando platos: mi culo reflejado en ese cristal. Debo admitir que esas imágenes también pasan por mi mente en los momentos menos pensados.

No sé por qué he empezado con esa historia, cuando en realidad la que quiero contar es la del viernes por la noche, mucho más inocente, pero más bonita también.

Hace semanas que no salimos juntos de fiesta, y este viernes no parece que vaya a ser una excepción porque estoy muy cansada después de haber trabajado más de ocho horas de pie. Vuelvo a casa y, aunque mis amigas están en la ciudad celebrando un cumpleaños, no me apetece nada volver a subirme a un tram y tardar media hora en llegar hasta la discoteca. Hasta que llega él, que me anima con su sonrisa y con una cerveza en la mano.

Nos plantamos en la ciudad y llegamos como siempre a la discoteca despertando las miradas de todos, no es que seamos los más guapos ni los más elegantes. Nuestra ropa suele consistir en tejanos, camiseta y bambas. Sino que somos los más naturales, los más alegres, la fiesta parece muerta sin nosotros. No nos sabemos la mitad de las canciones, pero las bailamos todas sin dudar, pedimos más cerveza en la barra, luego chupitos.

Mis amigas se van a medianoche, como unas Cenicientas, pero nosotros nos quedamos bailando hasta que nos echan. Ahora bailamos más pegados porque no hay nadie a quien podamos hacer sentir incómodo con nuestro acercamiento, jugamos, parece que nos hayamos conocido esa noche, casi nos besamos, pero no, su mano se posa en mi cintura, nos sonreímos, nuestras bocas separadas por unos milímetros. Al final consigue el beso. Pero cuando voy al baño, un chico se le acerca y le da unas palmadas en el hombro y le dice: «Enhorabuena», como si yo fuera un trofeo que él se ha esforzado por conseguir. De todos modos, eso no nos estropea la noche.

Seguimos con ganas de más cuando cierran el club, así que nos vamos a Chinatown, a nuestra discoteca de siempre, pequeña, pero con música que nos gusta y camareros que ya nos conocen, o eso creemos. Bailamos, saltamos, reímos, nos metemos con la gente. Y cierran.

Son las tres de la mañana pasadas y de repente nos entra un hambre atroz. Ha llegado ese momento de la noche en el que empezamos a hablar de temas trascendentales. Vemos un restaurante asiático abierto y decidimos entrar, a pesar del bullicio que hay dentro. Pedimos, pagamos y nos sientan en una mesa pequeña en el segundo piso. Cuando llega la comida, empezamos a devorarla como locos, parece un pato, creo que no habíamos pedido pato, pero sigo comiendo. Hasta que viene una camarera, nos quita el pato y nos lo cambia por el arroz con cerdo y verduras por el que sí habíamos pagado. Empezamos a reír y no pudimos parar porque se habían equivocado, pero nosotros, de lo hambrientos, borrachos y dormidos que estábamos, ni nos habíamos dado cuenta. El pato estaba mejor porque nuestro cerdo tenía una salsa demasiado picante, nos ardía toda la boca, pero eso no nos impidió dejar el plato como limpio.

Hacia las cuatro, pedimos un Uber y nos pasamos todo el trayecto hablándole al conductor, no sé ni de qué, pobre hombre, seguro que le estuvimos rayando todo el camino, pero no podría haber mejor manera de acabar la noche, junto a él, feliz, sin necesidad de nada más.

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