Siempre acabo en tu calle

Estoy en casa, sola, y me siento bien porque por fin tengo un domingo libre y por fin decido estar tranquila y no salir a hacer algo con gente que a veces no me aporta tanto como quisiera. No es verdad, al principio no me siento bien del todo porque, en vez de hacer todas las tareas que tengo por delante o en vez de hacer algo interesante como leer, escribir, practicar algún deporte, me dedico a ver series, mirar Instagram y perder el tiempo en cosas banales e irrelevantes.

Pero ahora me siento en paz, sobre todo después de haber empezado a escribir sobre nuestro viaje a Nueva Zelanda. Me vienen a la mente las risas, la alegría de tenerle a mi lado toda una semana, el apoyo que significa para mí, las maravillas que vimos, los besos, las bromas, nuestros cuerpos desnudos en esa campervan, los desayunos de buena mañana, despeinados y risueños, las canciones, las carreteras interminables, las montañas nevadas.

Y no sé por qué mi mente conecta ese viaje con el fin de semana que pasamos en la Costa Brava. Y en realidad enseguida entiendo el motivo de esa conexión que hago entre dos puntos tan distantes geográficamente. Él. Porque lo que me queda al final, a pesar del sitio, de los lugares que visitamos, las aventuras que vivimos y los paisajes que contemplamos es él. La sensación de estar a su lado, los dos solos, sin prisas. Creo que encontramos un equilibrio.

Y se me ha enfriado el té con estos pensamientos, pero me siento como si me acabara de tomar una droga que me relajara, sobre todo mi cabeza.

Roses. No acabé de escribir ese viaje y ahora es un poco tarde porque ya no recuerdo los detalles, pero sé que fue un viaje que necesitábamos y que nos encantó. Pienso en Roses y me viene a la mente mi tierra, mi gente, el sabor de allí, que es mucho mejor que el de aquí. Recuerdo San Juan, gente de todas las nacionalidades reunida alrededor de una hoguera, nos veo el primer día allí, comiendo en un restaurante cerca de Rocafort y luego sentados en las escaleras de Plaza España, y la cafetería con las ventanas abiertas donde nos tomamos un café con pastel, y la foto junto al Cristo del parque del Tibidabo, los dos en mi universidad juntándonos con los Erasmus, las noches bebiendo ron en la playa y mojándonos los pantalones, los fuegos artificiales de la Mercè, las comidas con tupper bajo aquel arco del Raval, Badalona, las casitas encaladas de Sitges, la fideuá junto a mi familia, su terraza con vistas a la Sagrada Familia, la fiesta espontánea con los vecinos ingleses, todas las risas, aquella borrachera en el barrio del Born, la Plaza del Rey con sus palmeras, nuestro primer día en los Búnkers, con los bocatas de lomo y queso, volver andando desde Lesseps porque solo era media hora, Poblesec y todos los bares de pintxos, su primera Mona de Pascua…
alltimes

Y cuando pienso en Barcelona, le veo hablando aquí sobre la ciudad condal, convenciendo a la gente de que es el mejor lugar del mundo para vivir. Veo a sus interlocutores, a veces australianos, otras brasileños, o turcos o italianos o colombianos, fascinados con sus palabras, emocionados, como si la persona que tienen delante les estuviese explicando la historia más bella del mundo. Les habla del calor, del verano que parece eterno, de la playa y el paseo de la Barceloneta, de las calles llenas de bares con cerveza barata y tapas deliciosas, del ritmo de vida allí, de todo lo que yo le he enseñado. Ahí me sonrojo porque habla de mí como si yo le hubiera enseñado un mundo nuevo, cuando son sus ojos los que estaban ya preparados para ese mundo, llevaban tiempo esperándolo. Dice que gracias a mí ha aprendido a ir más despacio y a saborear el color de las cosas pero a la vez dice que le he enseñado a ir rápido, a aprovechar las oportunidades y a disfrutar del día a día, a no ir del trabajo a casa y de casa al trabajo. A salir de la oficina un lunes a las siete de la tarde y, aun así, quedar con tus amigos para compartir un rato. Les habla de los castellers y de todas las festividades de Cataluña, de la mentalidad que hay allí, de la sencillez de la vida, de lo poco que se necesita para ser feliz. Creo que por eso ahora me gusta incluso más mi ciudad, porque él es Barcelona, él es cada una de sus calles y paseos, gentes y bares. Mi amor es Barcelona.

Y me recuerda a cuando en Alemania, con sus palabras me dejó admirada también una vez, explicando las maravillas de su país, hablándome de un río de siete colores, de islas de arena blanca y agua azul cristalina, de regiones con desierto, mar y montaña, de diversidad, de tribus indígenas, de selvas enormes, de costumbres antiguas. ¡Y yo que pensaba que solo era patriotismo lo suyo! Tal vez es que ha encontrado una nueva patria en Barcelona, pero no lo creo, sé que sus palabras no son resultado de nada de eso, sus palabras vienen de dentro, de la pasión que siente por la vida y por las cosas bonitas que hay en ella.

Y me viene a la mente una canción y la imagen de una calle del Barrio Gótico, pero no sé el nombre de esa calle y tampoco estoy segura de poder encontrarla entre esos callejones con tanta historia. Pero de algún modo sé que está en mi corazón. Quan és que he buscat l’alegria, no sé per què acabe sempre en el teu carrer.

barcelona

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