Me supera

Salgo de esa preciosa piscina, que se encuentra en la terraza del apartamento, en la planta número 23, y espero con la toalla en los hombros a que los demás salgan. Hace frío y, al cabo de cinco minutos, lloro. Solo son un par de lágrimas, pero se resbalan por mis mejillas, confundiéndose con el agua clorada de la piscina. Lloro de soledad.

Los veo a ellos dos tonteando, sonriéndose, besándose en esa piscina, creyendo que nadie los ve, que están disimulando a la perfección y siento un poco de envidia, porque yo eso no lo tengo, no ahora, al menos. Porque él a veces no está, muchas veces no está. Siento que estoy haciendo el ridículo allí plantada, fingiendo interés por las historias de gente que, a su vez, finge interés por las mías. Ni siquiera se molestan en eso.

C y A también parecen felices, los domingos cuando se levantan tarde, se duchan juntos y no paran de reír. Desayunan-comen el arroz chino de la noche anterior, unas arepas con mantequilla, un par de huevos fritos y zumo. Y están en silencio un rato pero C no para de hablar y aunque parezca que A no la escucha, a ella no le importa. Luego cogen el coche y se van a algún lado, a un centro comercial o a tomar café con otra pareja. A ellos no los envidio, ahora que lo pienso. Me gustaría esos domingos por la mañana a veces, pero no querría que se convirtiesen en cada domingo, cada fin de semana, cada día. Demasiado tranquilo y aburrido.

Sí que envidio los domingos del matrimonio que protagoniza esa novela. Ella se ha vuelto loca, pero antes de eso, ya lo estaba un poco. De lunes a viernes, el marido trabajaba. Los sábados se los dedicaba a los hijos que tuvo con su anterior mujer. Pero los domingos eran para ellos. Supongo que es eso lo que echo de menos y anhelo, un día entero solo para nosotros. Levantarnos cantando aún borrachos, superar la resaca juntos, estar desnudos en la cama, pasearnos por casa así, cocinar juntos, poner la música que nos gusta, por la tarde ir a algún lado, a pasear o al cine o a comernos un gofre o unos churros y acabar bebiendo más cerveza con amigos, a pesar del dolor de cabeza, fría con unas buenas tapas y hablar del futuro, de ir en bici el fin de semana siguiente, o ir al lago de Banyoles, a una casa de campo o celebrar el cumpleaños de nosequién.

Pero esta mañana le he tenido y no lo he disfrutado, simplemente me he puesto de mal humor porque se ha dormido y me ha pedido que lo abrazara mientras tanto. Y yo no he podido hacer lo que en realidad me apetecía. Quizá no estoy triste porque no le veo, sino que la pena me invade cuando las cosas no salen como yo las tenía montadas en mi cabeza.

Entonces llego a casa, veo su mensaje y me pongo a llorar otra vez, otra noche que pasaré en la cama sola. Pero dejo de pensar en ello, intento ser comprensiva y me pongo a cocinar, la cena de hoy y la comida de mañana. Y entonces me sereno, antes me sentía mal porque estaba sola, y ahora me siento bien por el mismo motivo, porque estoy sola. Sin embargo, es una soledad diferente, en inglés existe esa diferencia de significado. Ahora estoy sola, conmigo misma, disfruto de la música, de la cocina, de un buen libro, pienso en lo que escribiré, en la clase de español de mañana, me acuerdo de mi familia o simplemente me siento en el sofá y miro mi móvil. Siento paz, tampoco se puede decir que alegría, pero sí paz. A veces el mundo me supera, solo tengo que dejar de escucharlo.
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