Noches como la de ayer

Cuando discutimos, envejecemos. Dejamos de ser nosotros mismos para convertirnos en esas parejas que nos resultan tan ajenas. Nos convertimos por unos minutos en un matrimonio cansado y aburrido, ajado por el paso de los años.

Pero en noches como la de ayer, se olvida todo, resucitamos y volvemos al inicio, a esa etapa tan fácil y tan difícil a la vez; fácil porque no hay nada tan sencillo como quererse y difícil (aunque solo un poco) porque siempre es complicado comenzar algo, hacer que una persona se descubra ante ti. También cuesta contenerse, ir paso a paso, con cuidado de no acabar malherida o de no demostrar demasiado, pero te ves al cabo de un par de días olvidando toda esa teoría, yendo al ritmo que te piden el cuerpo y el corazón y exponiéndote a lo que pueda venir. Y eso es lo bonito. También era bonito que fuese nuestro secreto. Dos semanas. Se acabó sabiendo, por supuesto, en las fiestas en que habíamos bebido un poco más de la cuenta y nuestras caderas se juntaban más de lo esperado bailando ritmos que yo desconocía o en esos momentos en que yo te acorralaba contra la pared o contra el sofá y nos mirábamos tan fijamente que asustaba y nuestras narices se rozaban y los labios casi se tocaban. Y no sabíamos que nos estaban observando de soslayo, todos, intrigados, curiosos.

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Por eso ayer me sentí así, como en Alemania. Dos semanas. La noche no prometía demasiado cuando entramos en el primer bar abarrotado, sin siquiera una mesa donde sentarse al principio, con una camarera antipática y unos precios desorbitados, aunque eran de esperar. No habíamos cenado y empezamos a beber, tú y yo sentados un poco lejos el uno del otro, en frente más o menos, charlando con gente diferente, conociendo a personas de otros lugares, ignorándonos un poco, como solíamos hacer en aquellas fiestas. De vez en cuando haciendo bromas que solo los dos comprendíamos. Salí del bar yo la primera, a tomar el aire, y tú no te diste cuenta de cómo me miraron, o tal vez sí, y quisiste pasarlo por alto porque no quieres que me ponga contenta de tus celos. Me comporto como una niña pequeña en ese sentido, ya lo sabes, y me hace gracia que me permites esas actitudes. Saliste después y nos besamos mucho y me cogiste en volandas, en esa acera tan estrecha, hasta que salió tu amigo y nos detuvimos, bromeando. La noche parecía que se acababa allí, con un par de copas y cócteles, porque solo se quedaban dos con ganas de ir a otro bar, así que nos unimos a esos desconocidos que no sabían que éramos pareja, tal vez sospechaban que éramos algo. Caminamos hasta aquel bar con más de doscientos chupitos diferentes con extravagantes nombres y formas de bebérselos. Reímos, nosotros los que mejor aguantábamos el ritmo. Una ronda tú, una yo, otra el venezolano, otra la andaluza, riéndonos del camarero antipático, que luego nos invitó. La muerte. El último chupito con ese nombre no me era necesario.

Salimos a tomar el aire y volvimos a entrar y volvimos a salir, ya con la intención de volver a casa. Nos quedamos un poco rezagados del grupo y nos besamos mucho. Se giraron y nos vieron y corrimos junto a ellos, como unos niños pequeños que se han separado de sus padres. de verdad que lo que me encantaba era que pensaran que nos habíamos conocido hacía poco, que éramos simplemente un rollo, que yo solo me quedo algún sábado a dormir en tu piso, echamos un par de polvos y a la mañana siguiente vuelvo a mi casa. Aún recuerdo la cara que puso el chico cuando le dijiste que éramos primos. Él se lo creyó; ella claramente no. Nos comenzó a hablar de la moral y no sé de cuantas cosas más. “Os puedo preguntar algo?”, dijo Marcel (nombre francés a pesar de ser venezolano). “No, no vamos a tener hijos”, le contesté riendo, avanzándome a su pregunta. Nos despedimos en el metro y no creo que nos volvamos a ver.

Y me encantó volver a casa, hambrientos, comiéndonos esos bocatas de mayonesa y jamón dulce. “¿Le puedes poner mantequilla?”, te pedí, con voz de niña pequeña. Nunca se me habría ocurrido añadirle mantequilla a un bocata, eso es por tu culpa. Me recordó a las pizzas de Alemania, al fuet a mordiscos, al helado de nueces a las 5 de la mañana. Me desvestí y me quedé solo en bragas, esas burdeos de encaje que me compré para ti, pero el sueño me pudo, hasta que nos despertamos a las 7 de la mañana y ya de paso despertamos a todos tus compañeros de piso.

Pero no fue solo esa noche, también fue ese sábado o ese domingo por la tarde, mientras me hacías el amor. Te pareces a esas mujeres que salen en las novelas bohemias con las que todos los hombres se quieren acostar, con ese cuerpo grácil, precioso, con esa piel tan brillante y ese cabello castaño, con un poco de vello en las axilas, con esa despreocupación, esa sonrisa. Me enamoraste todavía más mientras me hablabas así y me embestías lentamente.

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Ausencia

Me quedo sola en la cama y ya no puedo conciliar el sueño. Busco su olor en la almohada y lo encuentro al momento, intenso, indescriptible, me deja con ganas de más. Ese olor que le gusta a todo el mundo, que siempre permanece liviano en mi ropa y en mis manos, en mi cabello y mi nuca, en mi olfato. Inventé un cuento solo para él, lo improvisé para que se durmiera, como él hace conmigo de vez en cuando. Hablaba de su olor y de ese imán que tiene para la gente.

Me vienen tantas imágenes a la cabeza… Primero antiguas. Ayer por la mañana, nos veía en Nîmes, con aquellas mochilas que se habían hecho cada vez más pesadas, caminando por ese paseo en obras, en dirección a un parque con un templo dedicado a Diana. Por la noche, justo antes de dormir, nos vi en una plaza un poco fea de Bruselas, pasadas las doce, con alguna cerveza encima, en busca de una discoteca diferente y esta mañana me aparece la imagen de Medellín, nosotros explorando la ciudad y, sin saberlo, metiéndonos en un barrio un tanto peligroso.

Luego me vienen imágenes más recientes e incluso de futuro. Me veo explicándole a mis amigos el viaje, enamorada de la vida, echando de menos una casa, una tierra y unos paisajes que se hicieron casi míos. Otra familia. Me da la mano y nos tiramos juntos al río, desde una altura que a él le parece poca cosa, pero que a mí me impresiona al principio. Ese gesto me da la certeza de que siempre estará a mi lado, siempre será un apoyo para mí y yo para él. Ahora estamos en la hamaca donde cabrían hasta tres personas, en la finca de su abuelo, al que tanto quería y que no pude conocer. Dicen que yo le habría gustado a su abuelo. Vemos cómo atardece y luego aparecen las estrellas en la oscuridad de la noche mientras la hamaca nos mece y siento que empiezo a entender la mentalidad de esta gente, la calma, la paz, dejar las prisas a un lado.

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Ahora estoy en una moto conducida por un hombre que no conozco, él va en otra moto y se va girando para verme la cara de miedo y reírse de mí, pero a la vez tranquilizarme. Subimos esos montes, rodeados de plantas y selva, de humedad, con la piel empapada en sudor y cuando llegamos al río, no hay palabras que describan esa sensación. Esa frescura, esas ganas de estar a solas, de abrazarnos, de seguir viviendo aventuras juntos. Cambiamos completamente de escenario y estamos cocinando una cena española el último día para toda la familia y nos compenetramos muy bien, aunque yo podría hacer más de dos cosas a la vez. Nos reímos cuando viene su prima y nos pregunta si no discutimos nunca porque siempre se nos ve muy bien y yo siempre tengo una sonrisa en la boca.

Estamos en el lujoso hotel de Cartagena, con una terraza increíble y una habitación gigante con baño para nosotros. Hacía días que no teníamos intimidad. Por la noche, él se desnuda para ponerse el pijama, al otro lado de la cama y me dice: “Ven”. Me hago la inocente preguntando qué quiere, pero lo sé de sobras. Me pone rápidamente boca abajo, me tapa la boca y me quita las bragas.

El taxista se ríe con nosotros, a las 3 de madrugada, de camino al aeropuerto, porque vamos borrachos y no paramos de decir estupideces. Luego me enfado sin saber por qué y él me pregunta que qué me pasa, pero le digo que no sé el motivo de mi enfado y que si me deja un rato a solas, se me pasará enseguida. Y así es.

Escucho Lágrimas de sangre y así parece que esté a mi lado porque esa música me recuerda a nuestros viajes. Y le veo conduciendo, con seguridad, un poco de agresividad a veces, pero eso me encanta, aprendiéndonos todas las canciones de reggaetón que sonaban en la radio y sonriéndonos, dándonos la mano en los semáforos en rojo, con nuestras gafas de sol puestas, disfrutando del paisaje de la carretera y en unas constantes vacaciones. Se echa de menos eso.

De madrugada, nos despertamos a la vez, o quizá llevamos ambos un rato en vela, pero nos giramos el uno hacia el otro y nos abrazamos con fuerza, reímos porque el jet lag no nos deja dormir y bromeamos, aunque sabemos que no deberíamos porque nos toca madrugar. Solo han pasado unas horas y ya se me hace dura su ausencia.

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Bitácora

Día 84: No se puede estar cada día igual de enamorado. El sábado no estaba muy enamorada y hoy me pasa todo lo contrario.

Día 87: En el espejo, formábamos un triángulo isósceles como en los cuadros de mi libro de Historia del Arte: mis ojos, los suyos y sus dedos dentro de mí.

Día 93: La gente que no sabe reír, que emite un pequeño grito ahogado o un gruñido como el de los cerdos, me da un poco de pena y asco.

Día 94: Tuve un sueño en el que aparecía un supermercado todo de cristal y recuerdo que de pequeña estuve allí porque mi madre entró a comprar una botella de agua y algo para merendar, pero no recuerdo más, estábamos de viaje, pero no sé dónde, y nadie me puede ayudar y mi libreta de sueños ha desaparecido.

Día 96: Cuando fingimos que nos acabamos de conocer en un bar, como en Lieja, me pone muy cachonda. La manera cómo bebe del botellín de cerveza me eriza la piel.

Día 101: Los dos sentados en los escalones de Plaza Espanya, los últimos rayos de sol tocándonos la cara, bebiéndonos ese zumo recién hecho con el que nos hemos encaprichado. Se siente bien.

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Tamara Lichtenstein

Día 103: Me imagino que es nuestra casa, la bici colgando de la pared y toda esa decoración bohemia. Me dice que me ayuda a ponerme la falda, pero ambos sabemos cómo acabaremos.

Día 109: En la película que echan en la 2 comparan cortarse las uñas con matar y la metáfora me parece muy lógica cuando la escucho, pero cuando intento explicarlo por escrito, no le encuentro ningún sentido.

Día 112: Veo a un hombre, no muy mayor, sentado en un banco, solo, comiéndose unos donuts y con una camiseta que parece de adolescente. Le tiembla la mano y me da pena y a la vez me riño interiormente por sentir pena.

Día 121: Joder, es una de las sensaciones más bonitas del mundo. Compartir arte contigo, disfrutar de las pequeñas cosas juntos, sentarnos en esa sala de museo y terminar esas frases con nuestras propias palabras.

Día 133: No le gusta la gente de mi ciudad y a mí tampoco. Mi madre se prometió a sí misma de pequeña que nunca nos llevaría a un colegio en I. Hizo bien porque la gente de I. te mira con desprecio, por encima del hombro.

Día 149 (29 de mayo): Cuando me dice “Siéntate aquí”, se refiere a que me desnude y lo monte.

Día 155: Después de haber estado con mis amigos, llego a su casa y le veo distinto, está viendo una película y tal vez se la haya recomendado ella de nuevo.

Día 167: Me dijo que, hiciera lo que hiciera, tendría éxito, que saldría adelante porque soy buena y me esfuerzo.

Día 185: Yo, que en casa nunca he oído hablar de religión, como cada día sola frente a un cuadro donde pone: Te deum laudamus.

Día 199: Los dos sabíamos que no me había invitado a ir con él a lavar el coche solo para que le ayudase, sino que se le venía el tiempo encima y se trataba de una excusa para pasar tiempo con su hija, que se le va. Me gusta pasar esos ratos con él.

 

 

Luces de neón

Nunca me han gustado las luces de neón, me parecen horteras, de cuchitril, de bar feo de carretera, o motel, o burdel. Claramente burdel es la primera palabra que me viene a la mente, a prostíbulo barato, sucio, con alfombras raídas y manchas de grasa y de semen en la tapicería, con una barra donde un viejo camarero desdentado sirve whiskies aguados mientras te sonríe y le ves solo las encías y un par de dientes amarillos como el papel viejo, como un pergamino. Esas luces de neón, las de ese local donde se alquilan coches, que son ahora rojas y ahora verdes, me recuerdan al lugar donde no quiero acabar.

En esa casa de putas que solo existe en mi mente, pero que seguro que está en cada carretera de España. Ese burdel donde habría una Catalina, muy española ella, andaluza me atrevería a decir, gorda, muy gorda, no especialmente guapa y ya vieja también, o no tanto, pero ya ajada por el oficio, con muchas tetas, por supuesto, caídas pero bien grandes. Ella haría las mejores mamadas del hotel, compitiendo con una joven ecuatoriana madre de dos hijos.

Esto me recuerda a aquel ejercicio que mi profesor de lengua nos mandó, dándonos una foto de un café acogedor y una canción de sabina. A partir de aquí, teníamos que crear un relato o una descripción o lo que se nos ocurriera, y yo transformé ese apacible café en un bar de carretera donde había un astronauta retirado contándole su vida a una jovencita.

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Yo sería una puta triste porque el día en que me di cuenta de que era atractiva para los hombres (y también para las mujeres) yo estaba triste, y seria, con cara como de enfadada, pero no era enfadada. Desde entonces sé poner cara de triste, entreabro un poco los labios y, no sé cómo lo consigo, pero los ojos se me empañan de tristeza solos, no de llorar, porque a nadie le fascina una niña llorando. A los hombres les gusta follarse a chicas tristes, a la gente le fascina ver una chica triste, pero fuerte, imperturbable, con odio hacia el mundo.

Siempre he pensado que si yo fuese puta lo haría muy bien. No me comportaría como las prostitutas de los escaparates de Ámsterdam. Las pobres lo hacen muy mal, se las ve ridículas haciendo ver que hablan por teléfono, sacando la lengua y lanzando miradas lascivas y a la vez grotescas a todos los hombres. Me pondría de pie junto a la carretera, en un arcén muy ancho, y sostendría un libro entre las manos y no fingiría leer como fingen hablar por teléfono las prostitutas de Ámsterdam (y de Hamburgo, supongo, aunque no me dejaron entrar porque la calle estaba prohibida para las mujeres), sino que leería con verdadero interés. Y sé que se pararían más coches. Descubrí esto cuando tenía casi veintidós años y mi cuerpo era muy bonito, mientras esperaba al bus. Yo solo vestía unos shorts y unos tirantes; también iba con bambas. No enseñaba nada, ni mucho escote, ni culo ni vientre, simplemente era guapa, joven y estaba morena. Y, lo más importante, leía. Leía y ponía esa cara de concentración que tanto le gustaba a mi novio, incluso con el ceño un poco fruncido. Si yo fuera puta, lo haría muy bien.

Los girasoles

Los girasoles te miran

porque tal vez eres tú su energía,

y mientras el camino se estrecha

y se hace cada vez más oscuro,

tengo miedo de estirar el brazo

y no encontrar tu mano.

Tú sigues feliz e intocable,

creyendo que todo va bien

en ese mundo que antes era solo mío.

Esa es tu naturaleza, tu signo,

que te impiden ver más allá del día de hoy.

Y mientras mis piernas,

que esta mañana eran más largas que las tuyas,

se acortan hasta hacerse invisibles,

tus pasos disminuyen en número,

pero no en eficacia,

pues me es imposible ya alcanzarte,

y el sendero se ha hecho tan estrecho y tan oscuro,

que no me queda otra que caer al vacío,

junto con las flores que, acercándose demasiado al sol,

como Ícaro, se han vuelto cenizas.

girasoles

Niveles de enamoramiento

Hace sol y el cielo está azul, pero no parece del todo primavera porque ayer llovió mucho e hizo frío y el césped donde estamos tumbados sigue un poco húmedo, dejándome los tejanos mojados cuando decidimos seguir caminando. Hemos cogido el metro para una sola parada sin darnos cuenta y casi nos saltamos nuestro destino. Hemos salido corriendo cuando las puertas pitaban para cerrarse y nos hemos reído porque no podríamos estar más despistados después de haber salido y bebido la noche anterior. Actuamos por inercia, hablando sin saber lo que decimos, caminando sin saber hacia dónde y deseando pero sin saber el qué. Y eso, aunque parezca algo caótico, es lo mejor, porque no nos hace falta llenar los huecos con palabras vacías.

Los rayos de sol nos dan en la cara y a él, que siempre ha sido muy blanco, le salen unas manchas preciosas debajo de los ojos. Ahora estoy muy enamorada de él, ayer no tanto. Necesito coger un poco de color en la cara, o al menos, eso es lo que me dice mi padre. No sé por qué siempre le hago caso aunque a veces diga cosas sin sentido. Me hace mirar a la luz y me dice que estoy preciosa y que tengo los ojos verdes, aunque en realidad son de color marrón. La luz juega con todo. Está callado hoy y eso me recuerda a nuestros inicios. Pero a la vez me habla más que de costumbre, porque lo que me dice, me cala hondo. Me explica qué hacía con sus amigos en su antigua y eterna ciudad. Las tardes tomando cerveza en las escaleras del centro comercial. La amiga con la que solo quedaba para comer patatas con helado. Su vida, esa vida que no conozco con mis ojos, pero que espero conocer este verano.

Cuando hace todo lo que le digo, me desenamora un poco, pero antes, mientras caminábamos por el muelle contemplando las obras de arte de los pintores, me sentía al lado de mi alma gemela. A veces coincidíamos, otras no. A él le gustó mucho ese cuadro donde una pareja paseaba por el final de la Rambla, con la estatua de Colón de fondo. A mí, en cambio, me fascinó la profundidad de aquella calle en ese día lluvioso. Me imaginaba que éramos una pareja de recién casados que quería escoger un cuadro para la decoración de su nuevo comedor. Me dan ganas de saber más de arte porque hablo y expreso las sensaciones que me producen esas pinturas, pero me gustaría entender la mente del artista. Y me gustaría ser pintora, como de pequeña, así que decido apuntarlo a mi lista de cosas que hacer antes de morir.

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Nos levantamos y caminamos un par de minutos más, hasta que nos sentamos en un banco de piedra, que está cálida por el sol. Él se coloca de una manera en la que me da un poco la espalda y yo tengo que ponerme en una postura algo incómoda para verle y hablarle. Ahora estoy más enamorada porque pasa de mí y sabe que me encanta y me jode cuando hace eso, pero él no me ignora a propósito, sino sin darse cuenta. Si supiese que me sienta mal, dejaría de hacerlo y entonces ya no sería él, habría cambiado por mí y no estaría tan enamorada de él.

Hay un pequeño grupo de música tocando y bailando. No sé qué estilo musical es. Nos acercamos un poco a ellos y escuchamos ese ritmo alegre. Hoy parecemos espectadores cuando realmente casi siempre somos nosotros a los que observan.

Cuando se muestra indeciso o me deja elegirlo todo, no estoy tan enamorada. Creo que eso es porque veo en él lo que no me gusta de mí, esas taras contra las que siempre lucho. Parezco decidida y atrevida, pero solo es porque hago el esfuerzo. Porque no quiero parecer débil delante del resto.

Por la noche mientras vemos esa serie estoy muy enamorada de él. Cuando hacemos la cena, en cambio, no tanto. Volvemos a su habitación y me enamoro perdidamente cuando me hace ponerme de pie para enseñarle mis bragas. Ambos sabemos que no acabaré poniéndome el pijama. Me coge de la mano y tira de mí un poco bruscamente, de modo que me quedo a horcajadas sobre él. Cada vez que dice que me muevo muy bien, me vuelve más loca. Al día siguiente, me enamora aún más cuando se tiene que ir y siento que no quiero perderlo, que me pasaría toda la vida a su lado.

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El sombrero de las bellotas

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Me quedo con las cosas bonitas, porque él me ha visto llorar mil veces, y yo a él muy pocas. Me quedo con el dolor reconfortante en el bajo vientre, con el calor de la manta y con el olor a rosquillos recién hechos. Me quedo con su sonrisa y sus bromas para hacerme sentir siempre mejor. Pero también me quedo con lo mal que me han venido estos meses de inactividad. No las vacaciones, porque estas me han venido realmente bien, para respirar, para caminar pausadamente, contemplar la puesta del sol. Se puede encontrar algo bello en cualquier lugar, lo dije, puedes verlo mágico si a ti te apetece. Nos veo ahora a los dos en la encina grande, apoyados en el tronco de este inmenso árbol, yo llorando y él arropándome con sus brazos y tapándome el sol que me daba directamente en los ojos, pero yo no quería que él me quitase esa poca luz que me quedaba y así se lo dije. Que prefería cerrar los ojos y sentir el calor sobre los párpados. Y estuvo conmigo hasta que me calmé y nos adentramos en la parte más frondosa del bosque, donde nos besamos y nos descubrimos un poco más, como siempre, hasta que oímos unas voces que se acercaban y nos alejamos de ellas, corriendo y riendo, intentando silenciar nuestras respiraciones excitadas.

Vi belleza en ese momento y también vislumbré bondad y luego inocencia cuando buscábamos bellotas para mi abuela, ensanchando la sonrisa cada vez que creíamos encontrar una preciosa, marrón, reluciente, con ese sombrero que las hace tan reconocibles. Imagino que tendrá un nombre científico, ese gorro que llevan, pero a nosotros no nos hacía falta saberlo porque reíamos solo con ponerle uno nuevo a esos frutos secos que, tan despistados ellos, lo habían perdido. Creo que eso es bonito y también aquella imagen que se quedó grabada en mi retina gracias a él, los dos cogiendo moras en los sitios más peligrosos, clavándonos alguna que otra espina por ser tan tercos, aunque también se nos podría llamar tenaces o persistentes y esos adjetivos nos servirían para una entrevista de trabajo. Él ya sabe qué es lo mejor de aquellos atardeceres entre las zarzas junto a la vía del tren, porque es algo que hicimos juntos, ese dibujo que tiene dos manos que lo colorearon, dos manos que se creían artistas. Solo sé que guardo ese dibujo en mi cajita, junto al resto de cosas que me recuerdan a él, y que puedo ver a una niña con una camiseta naranja y a un niño que la sujeta para que no se caiga y la alza para que alcance los frutos más negros y más grandes, los más dulces. Los dos tienen las caras difuminadas; en realidad, todo el cuadro está un poco difuminado, con ese efecto borroso que sus artífices quisieron crear. Y son bonitos también esos sueños nuestros, y curiosos, y excitantes, sobre todo aquel en el que volvemos al principio, en el que pasamos aquella noche como si nos acabáramos de conocer.

Ahora me traslado a esas comidas con mi familia en las que hablamos de la infancia y de cuando a mi hermano le dolía la barriga porque tenía que hacer los exámenes de primaria. Y nos reímos pensando en todo lo que ha tenido que superar desde entonces y en lo tonto que nos resulta ahora que mi madre tuviese que prepararle manzanillas e infusiones para que pudiese dormir más tranquilo y no le pusieran nervioso esas pruebas en las que luego conseguía sacar buena nota la mayoría de veces. También me veo en el sofá de mi abuela, alguna que otra tarde, pero no soy pequeña ya, sino que me he convertido en una mujer, o eso dicen, y la voy a ver cuando salgo del trabajo, cuando saco un poco de tiempo del que realmente no dispongo. Y me da algo para merendar, cosa que no me sorprende. Al contrario, me extrañaría que no me ofreciese nada para comer porque esta mujer que ha tenido que ser muy fuerte vive para hacer felices a sus nietos. La veo sonreír cuando me explica que en verano nos llevaba a mí y a mis hermanos al río para bañarnos y construir nuestras cabañas. O cuando habla de mi hermano, y esa obsesión que tenía con subirse a las cosechadoras cuando solo tenía tres años.

Y luego nos veo otra vez a él y a mí, en esa habitación tan caliente, tan acogedora, toda de madera, con balcón, como él quería, como él vio en sus sueños, un balcón bohemio en el Barrio Gótico de Barcelona donde me follaría sin importar quién nos viese. La diferencia es que este dormitorio de madera está bastante lejos de la ciudad condal. Y cómo llegué a echar de menos su presencia en casa tras la vuelta de las vacaciones. No sé explicarlo, era reconfortante que estuviera ahí a mi lado, tal vez sin hablar ninguno de los dos, cada uno enfrascado en la lectura de una novela diferente, pero juntos, compartiendo una pequeña rutina, viéndonos cada día, despertándonos cada mañana en la misma cama. Me gusta cuando me da la mano por debajo de la manta y entonces yo le miro fijamente, con amor, con unas ganas irrefrenables de abrazarlo y besarlo, pero me contengo porque hay gente delante. Y él dice que adora esa mirada mía, porque revela todo lo que soy. Pegamos mucho…

O al menos eso dice su peluquero, que nos vio desde su negocio mientras caminábamos dados de la mano por el Paral·lel. Dijo que se nos veía muy bien y que yo parecía una chica muy agradable y, si lo dice su peluquero, será verdad. Igual que el peluquero de Sebastián decía que la peor carne de Europa era la de Alemania y si lo dice el peluquero de Sebastián, será verdad.

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El otro día me estaba preguntando a mí misma cuándo había perdido esa inocencia y esa mirada curiosa que me hacía encontrar belleza e inspiración en cualquier parte, y creo que nunca se ha perdido en mí, estaba solo escondida. Lo supe cuando contemplé la luna desde el autobús y se me escapó en voz alta: Es preciosa hasta tapada.