La sangre

Tenía trece años, casi catorce, cuando me vino la regla por primera vez. Igual que a mi madre, a la misma edad, con trece para cumplir catorce, y como mi abuela, supongo, aunque eso realmente nadie me lo ha dicho nunca, sino que yo me monté esa idea hace años y así se ha quedado.

Yo siempre había prestado especial atención a lo que contaba una chica de mi clase sobre su abuela, que no tuvo la regla hasta los dieciocho años, y yo pensaba que correría su misma suerte, tenía la esperanza de que no me vendría la regla hasta cumplir la mayoría de edad, porque, si a la abuela de Susana le había pasado, ¿por qué a mí no? Sin embargo, luego me obsesionaba con la idea de que sería un bicho raro y a lo mejor nunca tendría la regla y no podría tener hijos, aunque esto último poco me preocupaba ya de pequeña. Siempre le había tenido un miedo horrible a la regla y supongo que es lo que la sociedad nos ha enseñado. A eso y a que nos dé asco, a tener asco por nuestro propio cuerpo, por algo tan natural y bueno como la menstruación, que si viene con cierta regularidad es indicio de una buena salud.

ruth bernhard

Pero yo no fui una excepción. A partir de ese día en que en mi casa se brindó con copas de cava por la nueva mujer que había en la familia, me empecé a dar un poco de asco. Recuerdo ese día porque llevaba unos pantalones verdes fluorescentes que se llevaban mucho en aquella época y que, sin embargo, yo odiaba a muerte y deseé haberlos manchado con mi propia sangre, pero no fue así y me llevé una decepción al ver mis braguitas de algodón manchadas por una pequeña gota de un color indefinido, entre el marrón, el rojo y el granate. Por aquella época, mi regla no era especialmente sana y mi relación con mi cuerpo tampoco. Como me daba asco estar con la regla, me duchaba más de una vez al día para sentirme limpia. Y de nuevo debo echarle la culpa a la sociedad, esta sociedad que las estúpidas niñas de mi clase y sus estúpidas madres le pusieran estúpidos nombres a la regla. Esquivaban menstruación o período (aunque período tampoco me ha gustado nunca porque me parece una palabra muy afectada, usada por señoritas de buena casa de los años 50) para hablar de la Pepa, la vecina, la roja. Y me parecía una actitud tan pueril que me echaba a reír solo de oírlas. Y yo, por mucho asco que le tuviera a mi regla, nunca la habría llamado así. Simplemente, no la llamaba.

Luego se me pasó un poco la tontería y comencé a llamar a las cosas por su nombre. También me cambió un poco la mentalidad la hermana mayor de una amiga, que era muy feminista, fumaba mucho y no llevaba sujetador. Más adelante, comprendí que ser feminista no consistía en eso. Pero la hermana de mi amiga fue a varias manifestaciones con compresas manchadas por su propia regla, para reivindicar un ciclo natural de una mujer, y supongo que para algo más. Yo era muy pequeña y había visto muy poco mundo como para entenderlo. Y eso, por aquel entonces, era muy… innovador y la convertía en una mujer independiente y moderna a mis ojos y en una furcia a los ojos de los demás.

A partir de ahí, empecé a analizar mi sangre, su textura, su olor y su color. Y me gustaba, era granate o burdeos (el color con el que las femmes fatales se pintan los labios) y abundante y líquida; fluía como yo. Así que mi regla pasó en unos meses de parecerme nauseabunda a fascinarme. Supongo que por eso, cuando me duchaba, mis ojos no podían dejar de observar cómo la sangre se iba por el desagüe en círculos, creando formas maravillosas e inverosímiles, como un tejido deshilachado. Y supongo que también tengo una foto con mi pierna manchada de sangre por eso. Y otra con un corazón de color granate en su torso desnudo.

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Por eso, cuando era joven me encantaba follar con él cuando tenía la menstruación, sobre todo si yo me ponía arriba, porque toda su polla quedaba llena de mí y su barriga, su ombligo, sus ingles. Supongo que me gustaba ese proceso inverso en el que yo predominaba, él quedaba lleno de mí y no yo llena de él. Yo también me llenaba de sangre y a mí no me importaba y a él menos. Luego nos quedábamos estirados en la cama, yo haciendo dibujos por todo su cuerpo con mi sangre, él solamente observando, sonriente y extrañado, sin abrir la boca, hasta que la sangre se secaba y mi diversión llegaba a su fin y nos duchábamos juntos y cada uno limpiaba al otro. Le quería mucho y cada día me pregunto qué será de él y n o logro recordar por qué nuestra relación se acabó, quién decidió terminar o cuál fue el detonante. Sé que, si se lo hubiera pedido, él me habría comido el coño y, cuando yo ya me hubiese corrido, él saldría de entre mis piernas con la boca, los dientes, los labios y la nariz ensangrentados. Si se lo hubiera pedido, claro. Así que ahora que estoy casada con un hombre a quien le repugna tocarme cuando estoy con la menstruación, supongo que ya no podré ver nunca esa fantasía cumplida. Quería sentirme como una diosa e imagino que me excedí, que no debo pretender ser algo que no soy porque esta, hijos míos, es la sangre de nuestro señor.

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