Me supera

Salgo de esa preciosa piscina, que se encuentra en la terraza del apartamento, en la planta número 23, y espero con la toalla en los hombros a que los demás salgan. Hace frío y, al cabo de cinco minutos, lloro. Solo son un par de lágrimas, pero se resbalan por mis mejillas, confundiéndose con el agua clorada de la piscina. Lloro de soledad.

Los veo a ellos dos tonteando, sonriéndose, besándose en esa piscina, creyendo que nadie los ve, que están disimulando a la perfección y siento un poco de envidia, porque yo eso no lo tengo, no ahora, al menos. Porque él a veces no está, muchas veces no está. Siento que estoy haciendo el ridículo allí plantada, fingiendo interés por las historias de gente que, a su vez, finge interés por las mías. Ni siquiera se molestan en eso.

C y A también parecen felices, los domingos cuando se levantan tarde, se duchan juntos y no paran de reír. Desayunan-comen el arroz chino de la noche anterior, unas arepas con mantequilla, un par de huevos fritos y zumo. Y están en silencio un rato pero C no para de hablar y aunque parezca que A no la escucha, a ella no le importa. Luego cogen el coche y se van a algún lado, a un centro comercial o a tomar café con otra pareja. A ellos no los envidio, ahora que lo pienso. Me gustaría esos domingos por la mañana a veces, pero no querría que se convirtiesen en cada domingo, cada fin de semana, cada día. Demasiado tranquilo y aburrido.

Sí que envidio los domingos del matrimonio que protagoniza esa novela. Ella se ha vuelto loca, pero antes de eso, ya lo estaba un poco. De lunes a viernes, el marido trabajaba. Los sábados se los dedicaba a los hijos que tuvo con su anterior mujer. Pero los domingos eran para ellos. Supongo que es eso lo que echo de menos y anhelo, un día entero solo para nosotros. Levantarnos cantando aún borrachos, superar la resaca juntos, estar desnudos en la cama, pasearnos por casa así, cocinar juntos, poner la música que nos gusta, por la tarde ir a algún lado, a pasear o al cine o a comernos un gofre o unos churros y acabar bebiendo más cerveza con amigos, a pesar del dolor de cabeza, fría con unas buenas tapas y hablar del futuro, de ir en bici el fin de semana siguiente, o ir al lago de Banyoles, a una casa de campo o celebrar el cumpleaños de nosequién.

Pero esta mañana le he tenido y no lo he disfrutado, simplemente me he puesto de mal humor porque se ha dormido y me ha pedido que lo abrazara mientras tanto. Y yo no he podido hacer lo que en realidad me apetecía. Quizá no estoy triste porque no le veo, sino que la pena me invade cuando las cosas no salen como yo las tenía montadas en mi cabeza.

Entonces llego a casa, veo su mensaje y me pongo a llorar otra vez, otra noche que pasaré en la cama sola. Pero dejo de pensar en ello, intento ser comprensiva y me pongo a cocinar, la cena de hoy y la comida de mañana. Y entonces me sereno, antes me sentía mal porque estaba sola, y ahora me siento bien por el mismo motivo, porque estoy sola. Sin embargo, es una soledad diferente, en inglés existe esa diferencia de significado. Ahora estoy sola, conmigo misma, disfruto de la música, de la cocina, de un buen libro, pienso en lo que escribiré, en la clase de español de mañana, me acuerdo de mi familia o simplemente me siento en el sofá y miro mi móvil. Siento paz, tampoco se puede decir que alegría, pero sí paz. A veces el mundo me supera, solo tengo que dejar de escucharlo.
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Siempre acabo en tu calle

Estoy en casa, sola, y me siento bien porque por fin tengo un domingo libre y por fin decido estar tranquila y no salir a hacer algo con gente que a veces no me aporta tanto como quisiera. No es verdad, al principio no me siento bien del todo porque, en vez de hacer todas las tareas que tengo por delante o en vez de hacer algo interesante como leer, escribir, practicar algún deporte, me dedico a ver series, mirar Instagram y perder el tiempo en cosas banales e irrelevantes.

Pero ahora me siento en paz, sobre todo después de haber empezado a escribir sobre nuestro viaje a Nueva Zelanda. Me vienen a la mente las risas, la alegría de tenerle a mi lado toda una semana, el apoyo que significa para mí, las maravillas que vimos, los besos, las bromas, nuestros cuerpos desnudos en esa campervan, los desayunos de buena mañana, despeinados y risueños, las canciones, las carreteras interminables, las montañas nevadas.

Y no sé por qué mi mente conecta ese viaje con el fin de semana que pasamos en la Costa Brava. Y en realidad enseguida entiendo el motivo de esa conexión que hago entre dos puntos tan distantes geográficamente. Él. Porque lo que me queda al final, a pesar del sitio, de los lugares que visitamos, las aventuras que vivimos y los paisajes que contemplamos es él. La sensación de estar a su lado, los dos solos, sin prisas. Creo que encontramos un equilibrio.

Y se me ha enfriado el té con estos pensamientos, pero me siento como si me acabara de tomar una droga que me relajara, sobre todo mi cabeza.

Roses. No acabé de escribir ese viaje y ahora es un poco tarde porque ya no recuerdo los detalles, pero sé que fue un viaje que necesitábamos y que nos encantó. Pienso en Roses y me viene a la mente mi tierra, mi gente, el sabor de allí, que es mucho mejor que el de aquí. Recuerdo San Juan, gente de todas las nacionalidades reunida alrededor de una hoguera, nos veo el primer día allí, comiendo en un restaurante cerca de Rocafort y luego sentados en las escaleras de Plaza España, y la cafetería con las ventanas abiertas donde nos tomamos un café con pastel, y la foto junto al Cristo del parque del Tibidabo, los dos en mi universidad juntándonos con los Erasmus, las noches bebiendo ron en la playa y mojándonos los pantalones, los fuegos artificiales de la Mercè, las comidas con tupper bajo aquel arco del Raval, Badalona, las casitas encaladas de Sitges, la fideuá junto a mi familia, su terraza con vistas a la Sagrada Familia, la fiesta espontánea con los vecinos ingleses, todas las risas, aquella borrachera en el barrio del Born, la Plaza del Rey con sus palmeras, nuestro primer día en los Búnkers, con los bocatas de lomo y queso, volver andando desde Lesseps porque solo era media hora, Poblesec y todos los bares de pintxos, su primera Mona de Pascua…
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Y cuando pienso en Barcelona, le veo hablando aquí sobre la ciudad condal, convenciendo a la gente de que es el mejor lugar del mundo para vivir. Veo a sus interlocutores, a veces australianos, otras brasileños, o turcos o italianos o colombianos, fascinados con sus palabras, emocionados, como si la persona que tienen delante les estuviese explicando la historia más bella del mundo. Les habla del calor, del verano que parece eterno, de la playa y el paseo de la Barceloneta, de las calles llenas de bares con cerveza barata y tapas deliciosas, del ritmo de vida allí, de todo lo que yo le he enseñado. Ahí me sonrojo porque habla de mí como si yo le hubiera enseñado un mundo nuevo, cuando son sus ojos los que estaban ya preparados para ese mundo, llevaban tiempo esperándolo. Dice que gracias a mí ha aprendido a ir más despacio y a saborear el color de las cosas pero a la vez dice que le he enseñado a ir rápido, a aprovechar las oportunidades y a disfrutar del día a día, a no ir del trabajo a casa y de casa al trabajo. A salir de la oficina un lunes a las siete de la tarde y, aun así, quedar con tus amigos para compartir un rato. Les habla de los castellers y de todas las festividades de Cataluña, de la mentalidad que hay allí, de la sencillez de la vida, de lo poco que se necesita para ser feliz. Creo que por eso ahora me gusta incluso más mi ciudad, porque él es Barcelona, él es cada una de sus calles y paseos, gentes y bares. Mi amor es Barcelona.

Y me recuerda a cuando en Alemania, con sus palabras me dejó admirada también una vez, explicando las maravillas de su país, hablándome de un río de siete colores, de islas de arena blanca y agua azul cristalina, de regiones con desierto, mar y montaña, de diversidad, de tribus indígenas, de selvas enormes, de costumbres antiguas. ¡Y yo que pensaba que solo era patriotismo lo suyo! Tal vez es que ha encontrado una nueva patria en Barcelona, pero no lo creo, sé que sus palabras no son resultado de nada de eso, sus palabras vienen de dentro, de la pasión que siente por la vida y por las cosas bonitas que hay en ella.

Y me viene a la mente una canción y la imagen de una calle del Barrio Gótico, pero no sé el nombre de esa calle y tampoco estoy segura de poder encontrarla entre esos callejones con tanta historia. Pero de algún modo sé que está en mi corazón. Quan és que he buscat l’alegria, no sé per què acabe sempre en el teu carrer.

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Algo de Melbourne

—Tiene un espejo lateral gigante —Es lo primero que me dice al volver de su visita—. Podríamos vernos mientras follamos.

Luego me habla del piso de arriba, del amplio salón, del balcón con barbacoa, pero de lo primero que me ha hablado tras ver nuestro futuro piso, es del espejo.

Cuando nos mudamos a la habitación del espejo, lo primero que hacemos es bajar la persiana de la ventana que da al jardín, y hacerlo como animales. Es muy excitante ver cómo nuestros cuerpos se juntan. Pero es mucho más excitante verlo a él tan sexual, con tantas ganas de hacerme el amor en todas las posturas posibles.

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Claudio Capanna

 

Sin embargo, después de esa vez, no nos volvemos a ver casi en toda la semana. Algún día comemos juntos en la ciudad y por las noches, él llega a las 12 o incluso a la 1 del trabajo. Tan agotado que lo único que puede hacer es dormir.

Un día, volviendo juntos en el tram, me empieza a hablar al oído. El vagón va tan lleno que es imposible mover un brazo siquiera para agarrarte y no caerte. Me pone mucho, me habla del espejo y de la imagen que se le cruza por la mente cada vez que está fregando platos: mi culo reflejado en ese cristal. Debo admitir que esas imágenes también pasan por mi mente en los momentos menos pensados.

No sé por qué he empezado con esa historia, cuando en realidad la que quiero contar es la del viernes por la noche, mucho más inocente, pero más bonita también.

Hace semanas que no salimos juntos de fiesta, y este viernes no parece que vaya a ser una excepción porque estoy muy cansada después de haber trabajado más de ocho horas de pie. Vuelvo a casa y, aunque mis amigas están en la ciudad celebrando un cumpleaños, no me apetece nada volver a subirme a un tram y tardar media hora en llegar hasta la discoteca. Hasta que llega él, que me anima con su sonrisa y con una cerveza en la mano.

Nos plantamos en la ciudad y llegamos como siempre a la discoteca despertando las miradas de todos, no es que seamos los más guapos ni los más elegantes. Nuestra ropa suele consistir en tejanos, camiseta y bambas. Sino que somos los más naturales, los más alegres, la fiesta parece muerta sin nosotros. No nos sabemos la mitad de las canciones, pero las bailamos todas sin dudar, pedimos más cerveza en la barra, luego chupitos.

Mis amigas se van a medianoche, como unas Cenicientas, pero nosotros nos quedamos bailando hasta que nos echan. Ahora bailamos más pegados porque no hay nadie a quien podamos hacer sentir incómodo con nuestro acercamiento, jugamos, parece que nos hayamos conocido esa noche, casi nos besamos, pero no, su mano se posa en mi cintura, nos sonreímos, nuestras bocas separadas por unos milímetros. Al final consigue el beso. Pero cuando voy al baño, un chico se le acerca y le da unas palmadas en el hombro y le dice: «Enhorabuena», como si yo fuera un trofeo que él se ha esforzado por conseguir. De todos modos, eso no nos estropea la noche.

Seguimos con ganas de más cuando cierran el club, así que nos vamos a Chinatown, a nuestra discoteca de siempre, pequeña, pero con música que nos gusta y camareros que ya nos conocen, o eso creemos. Bailamos, saltamos, reímos, nos metemos con la gente. Y cierran.

Son las tres de la mañana pasadas y de repente nos entra un hambre atroz. Ha llegado ese momento de la noche en el que empezamos a hablar de temas trascendentales. Vemos un restaurante asiático abierto y decidimos entrar, a pesar del bullicio que hay dentro. Pedimos, pagamos y nos sientan en una mesa pequeña en el segundo piso. Cuando llega la comida, empezamos a devorarla como locos, parece un pato, creo que no habíamos pedido pato, pero sigo comiendo. Hasta que viene una camarera, nos quita el pato y nos lo cambia por el arroz con cerdo y verduras por el que sí habíamos pagado. Empezamos a reír y no pudimos parar porque se habían equivocado, pero nosotros, de lo hambrientos, borrachos y dormidos que estábamos, ni nos habíamos dado cuenta. El pato estaba mejor porque nuestro cerdo tenía una salsa demasiado picante, nos ardía toda la boca, pero eso no nos impidió dejar el plato como limpio.

Hacia las cuatro, pedimos un Uber y nos pasamos todo el trayecto hablándole al conductor, no sé ni de qué, pobre hombre, seguro que le estuvimos rayando todo el camino, pero no podría haber mejor manera de acabar la noche, junto a él, feliz, sin necesidad de nada más.

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El último lazo

 

Primero le echan. Nunca habían despedido a un compañero en ninguno de los trabajos donde he estado empleada. Bueno, ahora recuerdo que sí. Un chico muy tonto que se escondía detrás de una columna cada vez que venía el jefe. Pero con él es diferente, trabajaba bien y había muy buen ambiente, él lo creaba. Cuando se va, desaparece del planeta y yo también tengo ganas de irme de ese trabajo.

Hablo con su novia, pero ella tampoco sabe nada de él, así que se entera por mí de que ya no tiene trabajo. Seguimos conversando un poco, pero se la nota triste, claro. Sin embargo, hay algo más, yo lo sé. En mi cabeza se forman historias extrañas, ella le tiene miedo. No se atreve a llamarle demasiadas veces, no quiere hacerle enfadar, le teme, pero también teme perderlo, teme ahuyentarlo siendo muy insistente. Por eso tampoco va a su casa a buscarlo. Y él es un cobarde. Él me gustaba, pero ya no, no si trata a una mujer tan increíble como Holly de esa manera. No puedes hacerle eso a la persona que amas, no tienes derecho a desaparecer de su vida de un día para otro, sin dar explicación alguna. Él es un cobarde, permanece tranquilo porque sabe que ella le quiere tanto que nunca le dejará por muy mal que se porte o por mucho que la haga sufrir.

Aun así, quiero verle, al menos los primeros días. Yo también le escribo y me ignora. Holly dice algo que me hace pensar: “Tengo miedo de que se vaya sin decir nada”. Eso significa que no es la primera vez que hace algo así. Por lo que me ha dicho alguna vez, estuvo viviendo tres años en Shanghái. ¿Qué se le perdió ahí? Sé que no se lo ha inventado porque le he oído mantener conversaciones con la dueña del estanco, que es china. También con un cliente que un día entró en la cocina pensando que era el baño. Por un momento, algo se remueve dentro de mí y yo también siento miedo de que se haya vuelto a Sidney sin despedirse de mí, era mi hermano mayor, quien me pagaba las cervezas, pero también quien me cuidaba, se quedaba a dormir en mi sofá y quien me enseñó lo que es una verdadera noche australiana. Es que encima no ha podido volver a Sidney porque ya no tiene casa allí, su madre la vendió para irse a vivir a El Salvador. Estaría en una granja, en la frontera entre Victoria y Nueva Gales del Sur, con su hermano. Me lo imagino en el porche de su casa, en una hamaca o una mecedora, con una espiga en la boca, huyendo.

Al final le veo cobarde. Pero sé que mi imaginación ha ido demasiado lejos, pues lo más probable es que siga en Melbourne pero no quiera hablar con nadie.

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Después, muere Avicii y el último vínculo que me quedaba con él también muere. Era el único músico que nos unía, exceptuando a los Black Keys. Nunca habíamos coincidido en cuanto a gusto musical, pero siempre que se iba el jefe o cuando cerrábamos el restaurante, poníamos Avicii porque sabíamos que así podríamos cantar sus canciones juntos. Por eso estoy triste cuando me entero de la noticia de la muerte del cantante. Porque se ha roto el lazo, ya no volveré a verle.

 

 

 

Como un domingo por la noche

Ayer me dolía hasta el alma, me quedé dormida a las 7 de la tarde a su lado, para después despertarme a las 9,30 con mucha hambre, pero también cansada y con un nudo en el estómago. Antes de quedarme dormida completamente, una idea me vino a la mente. Creo que a él le hizo gracia cuando se la dije: El otoño es como un domingo por la noche. Nos comimos una ensalada a medias. Bueno, yo le di dos pinchadas porque no me apetecía. En cambio, sí que me comí el último trozo del pastel de nueces que hice y un panecillo de esos que aquí comen por Semana Santa, con pasas sultanas y muchas especias. Pasadas las 11, yo volví a dormirme con relativa rapidez y él, en cambio, se estuvo dando vueltas toda la noche.

 

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Hoy me levanto desganada y mientras como sola en la terraza se oye un bebé llorando. E inevitablemente yo también me pongo a llorar, no por el bebé, sino por mí. Me veo ahí intentando tragarme ese pollo al horno que me ha quedado duro y seco, con un tenedor de plástico porque ya no tenemos cubertería en esta casa, en el jardín, sola, triste, agobiada, intentando captar la luz de un sol que dentro de poco no se va a dejar ver, y me echo a llorar. Un sollozo silencioso y con lágrimas gruesas que me caen por las mejillas, pero no me dan espasmos ni me quedo sin respiración, parezco incluso serena. Entonces él llama y me repongo, pero tengo las manos sucias de la grasa y el aceite del pollo y me es imposible descolgar el teléfono.

Vuelve a llamar y me dice que ya ha hablado con el casero, que se ha enfadado mucho y que yo tendré que intentar calmarle y hacerle entrar en razón. Cuelgo y creo que eso no me preocupa. Lo que me da rabia e impotencia y me hace volver a soltar un par de lágrimas es que me tenga que ir de esta casa que he llegado a considerar mía. Me da pena y tristeza que esta sea probablemente la última vez que coma en esta terraza, bañada por la luz del sol, al lado del limonero. Me da pena y tristeza dejar esto, haberme “rendido” si así se le puede llamar, tener que irme por culpa de terceras personas. Echaré de menos mi habitación, amplia, luminosa, bonita, el baño para nosotros, las memorias que hemos creado aquí los dos. Ha sido nuestra primera casa juntos, nuestro comienzo, nuestra esperanza, el primer sitio donde pudimos asentarnos, pensar, besarnos, leer, enviar currículums para encontrar trabajo, follar, reír, llorar, hacer Skype con la familia y los amigos, discutir a veces, perseguirnos, desnudarnos, herirnos, curarnos, beber, comer, saltar, dormir, dar vueltas por el insomnio, quejarnos, amar, mirar el cielo, disfrutar, ver fotos, leernos historias, contárnoslas también…

Luego tengo toda la tarde por delante y no sé qué hacer, voy a la piscina y nado, pienso, nado, pienso, tengo mucho tiempo para pensar. Me quedo un rato apoyada en las escaleras antes de salir, el sol está bajo ya, es un sol de otoño y vuelvo a mi espontánea frase de anoche. El otoño es como un domingo por la noche. Lo es, es como el fin de algo bonito, es un poco triste y oscuro, anochece antes los domingos, o eso parece, el día se te pasa enseguida y en un momento te ves en la cocina de casa, con las ventanas abiertas para que entre aire, un aire frío, ayudando a tu madre a preparar el pan con tomate. Porque los domingos se cena pan con tomate. Mientras, en el salón están los demás, viendo la tele o en el móvil o leyendo, muchos con el pijama ya puesto o arropados con la manta y parece mentira que tengas que irte pronto a dormir porque al día siguiente tienes que madrugar y volver a empezar esa rutina que nunca se acaba. Para mí hoy es otoño. Para mí hoy ha sido el principio del fin.

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Sin recesión

Empecé a escribir un texto sobre el asco que me daba la sociedad machista en la que vivimos hace ya unos años, yo aún era una niña, tenía tan solo 19 años, y ya me daba cuenta de las injusticias del mundo, de la lucha que las mujeres siempre tenemos que llevar a cabo. Recuerdo que empecé a escribir llena de rabia, y la gota que colmó el vaso fue una simple revista para lectoras (y no lectores), cosa que ya dice mucho del tono de esa publicación. La portada era la típica de cualquier otra revista, llena de trucos para adelgazar, recetas de cocina, la nueva temporada de verano o el traje de baño que ocultará tus defectos. Sin embargo, no fue eso lo que me enfadó, sino la propaganda que venía dentro. De cada cinco páginas, como todos sabemos, cuatro son de publicidad. Pues bien, esa publicidad me indignó. Solo recuerdo un par de ejemplos, pero es que tuve que dejar de pasar páginas porque no me lo podía creer. Uno de los anuncios pretendía vender un pintalabios, pero para ello, la modelo aparecía con el torso desnudo (sin que se le vieran los pechos, claro, nunca se puede enseñar pezón), pero lo vi extremamente innecesario. Y el otro anuncio que recuerdo era de sofás, creo, y aparecía un hombre tumbado en el sofá y la mujer arrodillada en el suelo, en ropa interior y tacones, sacando la lengua. Me pareció repugnante cómo se juega con el cuerpo de la mujer, cómo se usa, mejor dicho.

Esta, por supuesto, es solo mi experiencia. Y la pequeña “anécdota” contada no hace referencia a algo que me haya afectado personalmente, es decir, esa publicidad no me ha agredido, insultado o tratado como a un objeto a mí, pero el feminismo es un movimiento de solidaridad, un movimiento que envuelve, y, aunque a ti no te afecte personalmente, te debe doler que se agreda, insulte o trate como a un objeto a otras mujeres. Te debe doler e indignar, deben saltar las alarmas, tu cerebro no se puede quedar tan tranquilo, como si no hubiera pasado nada, no puedes permanecer en silencio. Indiferente. Debes actuar.

Podría citar muchos casos de machismo que he vivido. En mi propia casa, por ejemplo, donde siempre llaman a las niñas para poner la mesa o para que ayudemos a nuestra madre, mientras mi hermano está en el ordenador.

Cuando tan solo tenía 16 años, estaba trabajando de au pair con una familia francesa, y un día que tenía libre decidí ir a la ciudad para hacer algo de turismo. Al verme en shorts, la madre de la familia me recomendó con una sonrisa en la boca que me pusiera pantalones largos, que era por mi bien (aunque en la calle estuviéramos a 28 grados), ya que al verme sola, algún chico podría decirme cosas o seguirme. La víctima culpabilizada, como siempre. Crecí y seguí viviendo con el machismo por todos lados, en la calle, en la universidad, en el trabajo, en la televisión, pero es esa clase de machismo del que ya ni te enteras porque lo tienes interiorizado. Sin embargo, cuando llegué aquí a Australia, hubo un par de días que me sentí muy mal porque vi cómo la misoginia y el sexismo me afectaban directamente. Conocimos a un francés, por ejemplo, que al pirncipio me cayó bien, pero luego vi que hablaba de las mujeres como si no fueran nada, solo un cuerpo al que follarse. Y me dijo una vez: Contigo yo no intentaría nada porque respeto a tu novio. Me quedé con la boca abierta, sin saber cómo mirarle o qué contestar. Menos mal que un amigo le respondió que primero me respetara a mí, que era a mí y no a mi novio a quien tenía que respetar y aplaudí sus palabras. A veces no estamos solas. Pero lo peor fue en la fiesta de Navidad del trabajo, donde el jefe trajo a unos amigos, de unos 40 años ya, que intentaban ligar conmigo y mis compañeras, que podríamos ser sus hijas, tratándonos solo como un cuerpo, alardeando de su coche o del dinero que ganan pensando que así podrían acostarse con alguna. También tengo que lidiar con la misoginia del jefe, que trata a mis compañeros hombres como a colegas e ignora al género femenino.

Hasta yo me he visto gestos machistas cuando critico a alguna mujer por cómo viste o por cómo se maquilla o con el lenguaje que utilizo. Y podría seguir con la lista de cosas cotidianas y no tan cotidianas en las que la mujer se siente inferior al hombre, pero por hoy me quedaré aquí.

Por último debo decir que, por una vez, estoy orgullosa de mi país, de la huelga histórica que se ha hecho, que será espero un referente para futuras generaciones, del movimiento feminista, que cada vez tiene más repercusión mediática, de los días venideros, donde solo se hablará de esto. Y espero que no solo se quede en algo simbólico, sino que, como bien ha dicho Iñaki Gabilondo, llegue el momento en el que tengamos todas y todos que posicionarnos entre un feminismo activo o colocarnos de espaldas a la justicia y a la historia.

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Noches como la de ayer

Cuando discutimos, envejecemos. Dejamos de ser nosotros mismos para convertirnos en esas parejas que nos resultan tan ajenas. Nos convertimos por unos minutos en un matrimonio cansado y aburrido, ajado por el paso de los años.

Pero en noches como la de ayer, se olvida todo, resucitamos y volvemos al inicio, a esa etapa tan fácil y tan difícil a la vez; fácil porque no hay nada tan sencillo como quererse y difícil (aunque solo un poco) porque siempre es complicado comenzar algo, hacer que una persona se descubra ante ti. También cuesta contenerse, ir paso a paso, con cuidado de no acabar malherida o de no demostrar demasiado, pero te ves al cabo de un par de días olvidando toda esa teoría, yendo al ritmo que te piden el cuerpo y el corazón y exponiéndote a lo que pueda venir. Y eso es lo bonito. También era bonito que fuese nuestro secreto. Dos semanas. Se acabó sabiendo, por supuesto, en las fiestas en que habíamos bebido un poco más de la cuenta y nuestras caderas se juntaban más de lo esperado bailando ritmos que yo desconocía o en esos momentos en que yo te acorralaba contra la pared o contra el sofá y nos mirábamos tan fijamente que asustaba y nuestras narices se rozaban y los labios casi se tocaban. Y no sabíamos que nos estaban observando de soslayo, todos, intrigados, curiosos.

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Por eso ayer me sentí así, como en Alemania. Dos semanas. La noche no prometía demasiado cuando entramos en el primer bar abarrotado, sin siquiera una mesa donde sentarse al principio, con una camarera antipática y unos precios desorbitados, aunque eran de esperar. No habíamos cenado y empezamos a beber, tú y yo sentados un poco lejos el uno del otro, en frente más o menos, charlando con gente diferente, conociendo a personas de otros lugares, ignorándonos un poco, como solíamos hacer en aquellas fiestas. De vez en cuando haciendo bromas que solo los dos comprendíamos. Salí del bar yo la primera, a tomar el aire, y tú no te diste cuenta de cómo me miraron, o tal vez sí, y quisiste pasarlo por alto porque no quieres que me ponga contenta de tus celos. Me comporto como una niña pequeña en ese sentido, ya lo sabes, y me hace gracia que me permites esas actitudes. Saliste después y nos besamos mucho y me cogiste en volandas, en esa acera tan estrecha, hasta que salió tu amigo y nos detuvimos, bromeando. La noche parecía que se acababa allí, con un par de copas y cócteles, porque solo se quedaban dos con ganas de ir a otro bar, así que nos unimos a esos desconocidos que no sabían que éramos pareja, tal vez sospechaban que éramos algo. Caminamos hasta aquel bar con más de doscientos chupitos diferentes con extravagantes nombres y formas de bebérselos. Reímos, nosotros los que mejor aguantábamos el ritmo. Una ronda tú, una yo, otra el venezolano, otra la andaluza, riéndonos del camarero antipático, que luego nos invitó. La muerte. El último chupito con ese nombre no me era necesario.

Salimos a tomar el aire y volvimos a entrar y volvimos a salir, ya con la intención de volver a casa. Nos quedamos un poco rezagados del grupo y nos besamos mucho. Se giraron y nos vieron y corrimos junto a ellos, como unos niños pequeños que se han separado de sus padres. de verdad que lo que me encantaba era que pensaran que nos habíamos conocido hacía poco, que éramos simplemente un rollo, que yo solo me quedo algún sábado a dormir en tu piso, echamos un par de polvos y a la mañana siguiente vuelvo a mi casa. Aún recuerdo la cara que puso el chico cuando le dijiste que éramos primos. Él se lo creyó; ella claramente no. Nos comenzó a hablar de la moral y no sé de cuantas cosas más. “Os puedo preguntar algo?”, dijo Marcel (nombre francés a pesar de ser venezolano). “No, no vamos a tener hijos”, le contesté riendo, avanzándome a su pregunta. Nos despedimos en el metro y no creo que nos volvamos a ver.

Y me encantó volver a casa, hambrientos, comiéndonos esos bocatas de mayonesa y jamón dulce. “¿Le puedes poner mantequilla?”, te pedí, con voz de niña pequeña. Nunca se me habría ocurrido añadirle mantequilla a un bocata, eso es por tu culpa. Me recordó a las pizzas de Alemania, al fuet a mordiscos, al helado de nueces a las 5 de la mañana. Me desvestí y me quedé solo en bragas, esas burdeos de encaje que me compré para ti, pero el sueño me pudo, hasta que nos despertamos a las 7 de la mañana y ya de paso despertamos a todos tus compañeros de piso.

Pero no fue solo esa noche, también fue ese sábado o ese domingo por la tarde, mientras me hacías el amor. Te pareces a esas mujeres que salen en las novelas bohemias con las que todos los hombres se quieren acostar, con ese cuerpo grácil, precioso, con esa piel tan brillante y ese cabello castaño, con un poco de vello en las axilas, con esa despreocupación, esa sonrisa. Me enamoraste todavía más mientras me hablabas así y me embestías lentamente.