Creando imperios

Tengo miedo de este mundo en el que a veces no me gusta vivir, en el que veo a mi padre triste, mi madre estresada, mi novio explotado, gente sin casa, amigos sin trabajo, familiares sin sueños… Me da miedo este mundo y espero no ser la única. Me da miedo porque no nos damos cuenta de dónde nos hemos metido, del bucle que hemos creado. Tal vez lo vemos, ese bucle, ese círculo, pero no hacemos nada por acabar con él. Esperamos a que llegue el fin de semana, salimos el sábado por la noche con los amigos de toda la vida y nos quejamos de lo perra que es la vida con una cerveza barata en la mano. Aprovechamos esa noche para desahogarnos e insultar al jefe, a los compañeros, a los clientes, quejarnos de las llamadas, del poco tiempo libre que nos dan, de todo lo que haces y nunca es suficiente para esa empresa, todo es mejorable, como suelen decirte, o reñirte.

sea

Veo ese pesimismo en mí estos días y pienso que no merezco esto, contemplar ni oír estas cosas. Pienso que no debería levantarme un sábado a las 10 de la mañana y oír a mi padre hablando por teléfono con su hermano, lamentándose de su mala suerte, de que trabaja más de 9 horas al día y cobra una miseria, de que no le pagan las noches que tiene que quedarse por ahí, ni los sábados que le toca madrugar, ni las horas extras. Y me veo reflejada en esa triste mirada gris y me convenzo que yo no seré así dentro de unos años, que yo no estaré en esta situación. Pero yo misma lo he dicho, ahora me tengo que convencer de que mi vida no será así, cuando hace apenas unos meses sonreía con mi título en la mano y sabía que no me dejaría pisotear y que trabajaría de algo que me apasionase. Supongo que es el día, que también es gris, como sus ojos. Y supongo que este es solo un año de transición. Bueno, esto último no lo supongo, esto último lo sé. Y podría irme ya, ahora, dejarlo todo y no ir a trabajar el lunes, pero me sentiría derrotada, sentiría que no he podido aguantar con la presión o los gritos o el mal ambiente que se respira, sentiría que no he superado la prueba y yo sé que puedo hacerlo, puedo demostrarles a todos que valgo y que, cuando me vaya, porque lo haré (y ellos lo saben, lo ven en mis ojos guerreros e insumisos), les haré falta y les costará encontrar a alguien que me sustituya. No sería la primera vez que me pasara.

Ha desaparecido un poco el miedo ahora que lo he escrito todo, pero no quiero que desaparezca en este momento. Como siempre se ha dicho, el miedo nunca debe paralizarte, pero tampoco puede morir del todo, porque es el miedo lo que te hace luchar y protegerte, porque siempre hay cosas de las que te tienes que defender. Tengo miedo de la ignorancia, de la inactividad, de este mundo en el que no te dejan ser quien eres, en el que te imponen reglas, juegos estúpidos que solo ellos comprenden y en los que solo ellos pueden salir vencedores. Porque somos unos peones y quien piense que no, se equivoca. Porque somos marionetas, porque hacen con nosotros lo que quieren, pero de igual manera, algo nuevo está surgiendo y llegará el día en el que no puedan con nosotros, en el que no deberemos huir a otro país para encontrar una vida mejor. Que mejor muchas veces solo significa encontrar trabajo, no siempre en mejores condiciones. Porque ellos siempre serán unos tiranos. ¿Cómo si no han creado su pequeño imperio?

Y ahora ha salido el sol entre nubes deshilachadas.

tiranos

La sangre

Tenía trece años, casi catorce, cuando me vino la regla por primera vez. Igual que a mi madre, a la misma edad, con trece para cumplir catorce, y como mi abuela, supongo, aunque eso realmente nadie me lo ha dicho nunca, sino que yo me monté esa idea hace años y así se ha quedado.

Yo siempre había prestado especial atención a lo que contaba una chica de mi clase sobre su abuela, que no tuvo la regla hasta los dieciocho años, y yo pensaba que correría su misma suerte, tenía la esperanza de que no me vendría la regla hasta cumplir la mayoría de edad, porque, si a la abuela de Susana le había pasado, ¿por qué a mí no? Sin embargo, luego me obsesionaba con la idea de que sería un bicho raro y a lo mejor nunca tendría la regla y no podría tener hijos, aunque esto último poco me preocupaba ya de pequeña. Siempre le había tenido un miedo horrible a la regla y supongo que es lo que la sociedad nos ha enseñado. A eso y a que nos dé asco, a tener asco por nuestro propio cuerpo, por algo tan natural y bueno como la menstruación, que si viene con cierta regularidad es indicio de una buena salud.

ruth bernhard

Pero yo no fui una excepción. A partir de ese día en que en mi casa se brindó con copas de cava por la nueva mujer que había en la familia, me empecé a dar un poco de asco. Recuerdo ese día porque llevaba unos pantalones verdes fluorescentes que se llevaban mucho en aquella época y que, sin embargo, yo odiaba a muerte y deseé haberlos manchado con mi propia sangre, pero no fue así y me llevé una decepción al ver mis braguitas de algodón manchadas por una pequeña gota de un color indefinido, entre el marrón, el rojo y el granate. Por aquella época, mi regla no era especialmente sana y mi relación con mi cuerpo tampoco. Como me daba asco estar con la regla, me duchaba más de una vez al día para sentirme limpia. Y de nuevo debo echarle la culpa a la sociedad, esta sociedad que las estúpidas niñas de mi clase y sus estúpidas madres le pusieran estúpidos nombres a la regla. Esquivaban menstruación o período (aunque período tampoco me ha gustado nunca porque me parece una palabra muy afectada, usada por señoritas de buena casa de los años 50) para hablar de la Pepa, la vecina, la roja. Y me parecía una actitud tan pueril que me echaba a reír solo de oírlas. Y yo, por mucho asco que le tuviera a mi regla, nunca la habría llamado así. Simplemente, no la llamaba.

Luego se me pasó un poco la tontería y comencé a llamar a las cosas por su nombre. También me cambió un poco la mentalidad la hermana mayor de una amiga, que era muy feminista, fumaba mucho y no llevaba sujetador. Más adelante, comprendí que ser feminista no consistía en eso. Pero la hermana de mi amiga fue a varias manifestaciones con compresas manchadas por su propia regla, para reivindicar un ciclo natural de una mujer, y supongo que para algo más. Yo era muy pequeña y había visto muy poco mundo como para entenderlo. Y eso, por aquel entonces, era muy… innovador y la convertía en una mujer independiente y moderna a mis ojos y en una furcia a los ojos de los demás.

A partir de ahí, empecé a analizar mi sangre, su textura, su olor y su color. Y me gustaba, era granate o burdeos (el color con el que las femmes fatales se pintan los labios) y abundante y líquida; fluía como yo. Así que mi regla pasó en unos meses de parecerme nauseabunda a fascinarme. Supongo que por eso, cuando me duchaba, mis ojos no podían dejar de observar cómo la sangre se iba por el desagüe en círculos, creando formas maravillosas e inverosímiles, como un tejido deshilachado. Y supongo que también tengo una foto con mi pierna manchada de sangre por eso. Y otra con un corazón de color granate en su torso desnudo.

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Por eso, cuando era joven me encantaba follar con él cuando tenía la menstruación, sobre todo si yo me ponía arriba, porque toda su polla quedaba llena de mí y su barriga, su ombligo, sus ingles. Supongo que me gustaba ese proceso inverso en el que yo predominaba, él quedaba lleno de mí y no yo llena de él. Yo también me llenaba de sangre y a mí no me importaba y a él menos. Luego nos quedábamos estirados en la cama, yo haciendo dibujos por todo su cuerpo con mi sangre, él solamente observando, sonriente y extrañado, sin abrir la boca, hasta que la sangre se secaba y mi diversión llegaba a su fin y nos duchábamos juntos y cada uno limpiaba al otro. Le quería mucho y cada día me pregunto qué será de él y n o logro recordar por qué nuestra relación se acabó, quién decidió terminar o cuál fue el detonante. Sé que, si se lo hubiera pedido, él me habría comido el coño y, cuando yo ya me hubiese corrido, él saldría de entre mis piernas con la boca, los dientes, los labios y la nariz ensangrentados. Si se lo hubiera pedido, claro. Así que ahora que estoy casada con un hombre a quien le repugna tocarme cuando estoy con la menstruación, supongo que ya no podré ver nunca esa fantasía cumplida. Quería sentirme como una diosa e imagino que me excedí, que no debo pretender ser algo que no soy porque esta, hijos míos, es la sangre de nuestro señor.

Cosas necesarias

Ya no sé si escribir sobre aquella luna poderosa que empujaba a esos seres negros lejos de sí o sobre el día en que tu semen era miel, o tal vez el día en el que aparecía aquella mujer rubia, imponente, elegante, pidiéndome perdón por haber sido desconsiderada conmigo, que tuvo un mal día porque su novio la había dejado. O de hablar del día que me enfadé contigo porque hiciste que la casa se inundara y despertaste a mis compañeros de piso, que en ese momento dormían y por quien yo intentaba velar. Y ya no me entiendo ni a mí misma, he creado confusión de nuevo y en parte me alegro de ello. Porque tampoco sé si esto lo recuerdo o lo sueño, si lo vivo o lo imagino o tal vez lo leo y lo copio aquí mismo, no palabra por palabra, pero sí idea por idea, como la idea de aquel hombre que para mí se hacía tan insoportable pero que no lo era tanto para su esposa, pues esta no veía sus manías como defectos ni como algún problema que hay que eliminar de raíz, sino como algo que había que dejar pasar, en el caso de que no fuera posible complacerle. Nada con colorantes ni aditivos, nada con vísceras, ni sangre, es decir, no se podía meter en la casa ni chorizo ni fuet ni jamón serrano, porque eso para él estaba crudo. Se le quitaban los tendones a todo, y cualquier posible trozo de grasa, como en aquel programa donde había un judío quitándole al chivo todo lo que no le gustaba, lavándolo después y luego volviéndolo a lavar.

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Pero también podría hablar de cuando las imágenes me transmitían más, de cuando todo me podía producir un escalofrío si me lo proponía y de cuando tenía tiempo –en ocasiones demasiado- para mí, para pensar, reflexionar, mirar el techo un momento y ver dibujos maravillosos o estrambóticos o ambas cosas a la vez y ahora me fijo y hoy es el día en el que no sé colocar los acentos, o su marca gráfica, mejor dicho, donde les toca. Lo pongo en la vocal que no es. Y leo lo que ella escribe y no me parece tan bonito ni tan verdadero ni tan elocuente ni, por lo tanto, tan admirable. No me resulta creíble que haya quien la siga, pero luego pienso en su situación y me recuerda un poquito a mí el verano pasado y fue allí cuando conseguí escribir algún que otro texto que aún tengo en la mente y que al releer tiempo después me hace pensar si soy la misma. Y está claro que no, la respuesta siempre va a ser no, porque no somos la persona que fuimos ayer ni la que seremos mañana, aunque no debería recurrir a un aforismo que sentencia, como bien me dijeron un día.

Lo que me hace pensar que también podría hablar de la frase que leí desde el autobús pintada en letras rojas en un muro gris y viejo, enmohecido ya. “No es bueno adaptarse a una sociedad enferma”. Y me hizo pensar mucho y creo que se la he dicho a poca gente. Y también esto me hace pensar que estoy escribiendo todo seguido sobre lo que me he ido guardando durante un mes entero, o quizá dos, y ahora lo estoy sacando todo de dentro como fuego, o como basura quizá que debo expulsar de mi cuerpo. Volviendo a ella, supongo que en el fondo me gusta ver que, aunque ya no seamos amigas, saca algo bueno de su situación, y saca tema de cualquier cosa, escribe de lo que sea, aunque no le pase nada, de un niño, de un pájaro, de una ardilla, de recuerdos (porque sé que es lo único que queda cuando estás así), de lo que siente… y lo adorna. Lo decora y lo pinta con una brocha, de color gris si quiere hacerlo más emotivo de lo que es y más triste y más nostálgico, o de color rojo (yo habría elegido siempre el amarillo) si lo quiere hacer más especial y más bonito de lo que fue.

El caso es que también podría hablarte de aquellos hombres borrachos que hablaban en el bus sobre quién fue primero, si Jesucristo o Allah, o sobre la sensación que se produce en mis dedos cuando estos teclean rápido palabras inconexas, o sobre lo viva que me siento cuando te quiero explicar de todo y contar de todo y cuando tengo mil planes por delante, pero siempre hay una nube que los tapa un poco…

Inicios

Fue precioso el reencuentro con él el domingo, bueno el sábado por la madrugada. Había sido muy difícil estar las últimas semanas separada de él y fue toda una sorpresa que entrase por la puerta porque me había dicho por WhatsApp que tardaría más porque a esas horas los metros pasaban con menos frecuencia. Me había mentido para darme una sorpresa y en cuanto entró me besó mucho y nos abrazamos y me dijo que olía a felicidad, yo y toda su habitación. A mí normalmente no me gusta su habitación pero aquel día, cuando llegué y me tumbé en su cama, sentí su olor, y aquello fue lo más parecido que tuve en mucho tiempo a estar con él. Me sentía como en casa, cerca de él.

Nuestras sonrisas eran tan amplias y sinceras… Nos mirábamos como si nos acabáramos de descubrir, con unos ojos nuevos. Y me encantó esa sensación. Él se tumbó junto a mí y nos besamos con más pasión e hicimos el amor y lo necesitaba, necesitaba sentirle así, desnudo, tan pegado a mí, como si fuéramos uno, necesitaba ver su cara de deseo y también su cara de placer y la que hace al correrse, porque nos corrimos a la vez, muy rápido los dos. Lo hicimos como 9 veces esa noche y lo habría hecho mil veces más con él. Todo con él. Nunca había querido a nadie de esta manera. Estuvimos hablando mucho también y acariciándonos y yo le había comprado un menú del Burger King porque sabía que llegaría con hambre y me encantó verle comer con esa felicidad en la cama, los dos desnudos. Y me repitió mil veces que le encantaba verme con esa sonrisa tan grande y tan real, tan bonita. Fue lo mejor del mundo, incluso mejor que el reencuentro en el aeropuerto cuando él vino de Inglaterra. Fue incluso mejor porque esta vez teníamos algo más fuerte, un vínculo muy estrecho, una relación muy bonita y duradera.

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Apollonia Saintclair

El domingo dormimos hasta muy tarde y nos hicimos unos espaguetis como solemos hacer nosotros cuando no tenemos de casi nada. Él puso a lavar su ropa sucia e hizo alguna tarea, pero nos pasamos casi todo el día encerrados en su habitación, haciendo el amor. Por la tarde, fuimos a comprar comida para los bocatas del día siguiente y fue muy relajante pasear con el aire fresco. Él compró los condones y la comida y yo le invité a un helado de caramelo que se nos antojó a los dos. Los helados eran un poco empalagosos, no nos convencieron, pero me encantó estar allí sentada en el banco del parque de enfrente de la Sagrada Familia, abrazados y mirando a todo el mundo y riéndonos de ellos.

Luego cocinamos juntos y me medio enfadé porque a él se le quemó la pastilla de caldo, sí, en serio, algo imposible de quemar. Hicimos arroz con pollo pero a mi manera para que todo tuviese más sabor porque no había cebolla, así que pusimos en la misma cazuela todos los ingredientes (patata y zanahoria incluidos) con agua, lo dejamos a fuego lento y nos fuimos a duchar juntos, y me volvió a arropar con la toalla cuando salimos de la ducha porque sabe que me encanta, que me hace sentir como una niña que está en buenas manos, que está protegida.

Y subimos a la terraza con la cena y estaba muy buena, la verdad, el arroz un poco pasado pero con mucho sabor, y él se lo comió con tantas ganas y se le veía tan agradecido… Super bien, es nuestra esa terraza, estuvimos contemplando el cielo anaranjado de las nubes, no había mucha oscuridad, nunca la hay en Barcelona, pero hay cierta belleza en ese cielo también. Estuvimos abrazados y recordando cosas de hacía tiempo, entonces nos pusimos a leer la conversación que yo siempre tendré guardada de hace tiempo, desde el principio, desde que nos conocimos, y nos reímos mucho, nos gustó recordar nuestros inicios y cómo empezó todo. Fue muy bonito, le quiero, la verdad. Demasiado.

Cuando bajamos íbamos a dormir, pero follamos.

Seré arte

Te desnudas cuando escribes, te expones y te atreves a ser abucheado, criticado y juzgado. Pueden opinar de tu actitud, tu pensamiento, tu físico incluso, las conjunciones y conectores que utilizas, los miedos e inseguridades que reflejas, las tonterías que explicas, las mentiras que cuentas, las verdades que anuncias y que duelen o que nadie quiere ver. Creo que hace falta que haya gente que escriba, siempre, y que exprese lo que otros no son capaces de decir, pronunciar o siquiera imaginar. Veo arte y belleza en todos lados, en nuestros cuerpos, en una fotografía, en una mancha con forma, en la luna roja de ayer, roja como nuestros cuerpos la otra noche, aunque peque de repetirme, pero es que son bellos, lo diría cualquiera, en el espejo más, esas miradas, esos movimientos y las sensaciones que desprenden. Hay belleza en las repeticiones, en los patrones, en un libro, una novela o cómic, en una serie, la escena de una película, las teclas de un piano, unas manos ásperas, un beso en la frente, un cielo gris, alguien llorando en el metro, una rodaja de limón en el agua, el mar, las olas impactando contra su cuerpo, contra el mío, una calle, una panadería, unas columnas, una puerta de hierro forjado, la manera de vestir de esa chica es arte también. Y ahora lo he convertido todo en letras, ese arte se transforma en letras, en literatura, pero una vez escribí Si lo transformas todo en literatura, deja de ser literatura, pierde la magia. Ya no pienso así.

Morgan Phillips Photography

Morgan Phillips Photography

Una canción que te pone el vello de punta también es arte y un tatuaje bien hecho, que transmite, con significado, y un rosal intentando crecer y salir del lugar que le han atribuido también es arte, dos frases pueden ser arte, las gotas cayendo contra un cristal también, creando imágenes para quien las quiera ver. Una conversación es arte, una conversación intensa y la retórica, un discurso que te llega. Caminar puede ser arte y viajar y cualquier lugar puede ser arte. Veo arte en un lago y en un paisaje, en un bosque y una sierra nevada, una cala virgen y una casa esculpida en la roca. Un castillo y un ayuntamiento y una fortaleza y un palacio y unas escaleras, un arco, una torre, una plaza, un muro y una muralla, un techo y un tejado, cualquier tipo de arquitectura es arte para mí. Y un suelo adoquinado es arte y el ruido que hacen unos zapatos al caminar sobre él y los charcos son arte. Una idea en mitad de la noche es arte.

Ese chico también me habló de arte. Vuelve a sonar Foals mientras escribo aunque creo que esta vez no es una coincidencia, no sé por qué creo que lo he hecho a propósito. Me dijo unas cosas muy interesantes aquel chico, ese chico que creo que va a ser el protagonista de mi próxima historia. Es raro, creo que encaja como protagonista. Y él también escribe. No me dejó leer lo que tenía apuntado en la libreta, pero se notaba que quería enseñármelo, solo que yo no insistí. Soy una orgullosa, sí, pero quizá tampoco me interesaba tanto lo que tenía escrito. Además, sé que me lo acabará enseñando, si no leyendo él mismo en voz alta. Su padre se dedica a comprar y vender arte, eso me dice, supongo que también a valorarlo, debe entender de arte. Y le dijo una frase que a mí tampoco me llegó tan hondo pero que ahora pienso y debería poner en práctica. Él, de pequeño, le preguntó a su padre que qué diferenciaba a un artista malo de uno bueno. Y le contestó: Solo hay una diferencia. Los artistas que acaban triunfando y cuyas obras terminan por valorarse se distinguen solo por una cosa. Practican y practican. Pintan (se puede aplicar a cualquier arte, es decir, escriben, componen, etc.) y vuelven a pintar, repiten versiones de sus propias obras, hacen copias de otros autores, cogen un lienzo y lo llenan de colores y cuando acaban, cogen otro y repiten la operación. De modo que escribiré mucho y crearé arte, Seré arte.

Y ahora releo este escrito y sé que podría haberlo hecho mejor, haberle dado más vueltas al tema y haberlo redactado de otra manera, mucho más bonita, más amplia y más intensa. Puede que haga una copia del texto, otra versión. Y puede que vuelva a escribir como solía antes, sin tantas comas ni repeticiones ni listas y con frases más elaboradas y largas.

No la cambiaría

Y todo es nuestro. La ciudad es nuestra. A todo le hemos dado un sentido especial, un significado solo nuestro. El coche es nuestro y mis pies saliendo por la ventanilla, mi cabeza apoyada en tu regazo, tu mano casi siempre un poco más debajo de mi vientre, y el primer piso de la casa es nuestro y esa playa también, con su muelle y nosotros dados de la mano al atardecer, las olas chocando violentas contra las rocas y la gente haciéndose fotos con ese mono. El olor a sal es nuestro y la toalla compartida y esa imagen que guardaste en tu mente. El mar, la luna de día, mis piernas morenas y mi voz leyéndote la misma novela que se leía aquella pareja italiana.

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Maud Chalard

La tranquilidad es nuestra, más bien tuya, tú la creas (en mí). El caos es nuestro y la noche y el aguardiente y esa discoteca es nuestra y ese bar también y la terraza de ese hotel. Y los donuts tan buenos que me compraste para merendar. Y ese pueblo con esas casas blancas, paseando como si fuésemos una pareja normal. Y Cunit es nuestro y su piscina, nuestros cuerpos desnudos de madrugada, los vecinos asomados al balcón. Mi risa es tuya, y nuestra. Y la montaña y el río y las croquetas de jamón y el restaurante de pintxos vascos y Valencia es nuestra de una punta a la otra. Y el tren y quedarnos dormidos en el metro y perder buses es nuestro. Y el barrio Gótico, nosotros cruzando bajo ese puente y afirmando, con infantil fe, que si no nos soltábamos de la mano estaríamos juntos para siempre, y el helado de nueces (nuestro desde las madrugadas en Alemania). Alemania es toda nuestra y esas dos semanas y la residencia de estudiantes y la casa roja y Goslar y Bremen y el arroz negro y el pollo a la cerveza, y el no dormir, el ir despeinados y recién corridos todo el día, y felices y eso sí era solo nuestro porque nadie más lo sabía.

Y la sangre es nuestra, y todas las imágenes que hemos creado y que nunca podré olvidar, tú arropándome al salir de la ducha, como a una niña pequeña, cómo me miras cuando entro en contacto con el agua, tú follándome con las bragas puestas y luego corriéndote en mi ombligo, tú acariciándome el pelo en esa comisaría de policía. La camiseta amarilla es nuestra y vomitar juntos también. Y esas canciones, y esos libros, todos nuestros. Dale la vuelta al mundo. Somos pacíficos, estamos unidos… Y tú metiéndome mano en los búnkers y los dos cocinando y la cama de tu compañero de piso también es nuestra y el sofá de mi amiga y el jardín de la universidad, donde ni tú ni yo estudiamos, es nuestro. Ese banco donde hemos comido tantas veces juntos, a la sombra de un árbol, riendo como locos.

La arena es nuestra y el amargo gintonic que nos bebíamos con cara de asco, y el limón que se cayó al agua y nosotros bailando, metidos hasta las rodillas en el agua, empapados los tejanos, tú cogiéndome a caballito y yo muerta de la risa y el paseo de la Barceloneta es nuestro, el juguete que le regateaste al hombre ese y nuestra lista de deseos, la botella de moscatel que usaba mi madre para cocinar y la alfombra del salón y nuestro reflejo en el ventanal.

Y el lago y tirarse de la roca y salir de excursión en bici a la 1 del mediodía, cuando el sol pega más fuerte. Y tu terraza con vistas a la Sagrada Familia, esas cenas bajo el cielo iluminado por la ciudad, nuestros cuerpos uniéndose ahí y en el rellano, sin miedo ni pudor. Y las empanadas argentinas y esa calle donde nos sentamos borrachos, porque no queríamos que se acabase la noche, no queríamos volver a casa. El mundo es nuestro. Añade más cosas si se te ocurren.

No cambiaría mi vida por la de nadie.

aaron feaver

Lo que hemos creado

Según Kundera, si un autor recurre a su intimidad para escribir sus relatos, ha fallado. Yo no lo creo así. Al revés, creo que a veces expresas mucho más cuando recurres a tu vida, además, los lectores nunca sabrán qué parte es real y qué parte, imaginaria. Ni yo misma lo sé, cuando releo mis textos llega un punto en el que no sé distinguir qué es mío o qué es del personaje y eso me gusta y me emociona, me parece increíble, pero a la vez me da miedo, me da miedo el poder de las palabras, un poder mayor que el de la mente, puesto que la engaña y no le permite recordar con exactitud el momento. Por eso las letras son eternas, pero la memoria no. La memoria es (muy) efímera.

Nuestra historia me fascina, por eso la escribo, porque me imagino leyéndola, admirándola, queriéndola y también lo hago para que nunca se me olvide. Aunque sigue estando el miedo de que con mis palabras lo cambie todo (o solo algo) y deforme la realidad, y cree la mía propia. Pero escribo sobre nosotros porque es lo que me gustaría leer, una de esas novelas en que yo querría ser la protagonista. Y tus sueños me recuerdan a los de esa chica, esa mujer que quiere tanto a su marido, llenos de miedos e inseguridades. Y los míos, lamentablemente, también, pero lo mío no me sorprende porque es una lacra con la que siempre he tenido que luchar. Te veo soñando conmigo, viéndome con otro, besándolo con ansia, nuestras lenguas muy juntas, compartiendo la misma saliva. Y te veo inmóvil, derrotado, roto de dolor y de incredulidad, y me gustaría poder abrazarte en ese momento y decirte que todo está bien, pero en el sueño no puedo, porque no es mi sueño y esa no soy yo. La Claudia del sueño abre un momento los ojos y te ve allí paralizado, contemplando el cuadro y, sin embargo, no hace nada por evitarlo. Al revés, despega un poco los labios de los del chico, pero al momento vuelve a unirlos, con más pasión, más energía, y mirándote con descaro, como si fuera un castigo, o una estrategia para darte celos.

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Maud Chalard

Y duele que esa sea la imagen que tu subconsciente pueda tener de mí. Pero solo son inseguridades, como ya he dicho antes.

Quiero abrazarte y protegerte siempre, yo mataré monstruos por ti y me desharé de tus demonios y, ya de paso, de los míos. Me inspiras muchísima ternura y quiero que dejes de cuidarme tú y empezar a hacerlo yo porque sé que lo necesitas mucho más que yo, porque tú a mí me has visto llorar miles de veces y, en cambio, yo a ti nunca. Bueno, una, el otro día. Aunque me apartases y girases la cara para que no te viera y no me contaras nada y no me permitieras secarte las lágrimas, ni siquiera tocarte. Hasta que te dejaste y pude ver un poco más allá de ti y de esos ojos claros, brillantes, emocionados, tristes y preocupados, con un poco de miedo incluso, con un poco de pena y de soledad.

Y me pides que te vuelva a leer como lo hacía antes y ¿cómo te voy a negar yo algo si me lo pides de esa manera?

Más adelante, estamos tú y yo en el aeropuerto y al principio viajamos juntos, a tu país, pero solo un par de días. Entonces yo me pierdo, o tengo que volver, o decido regresar por mi propio pie porque no me gusta estar allí, pero tú te quedas. Y nos vuelvo a ver en el aeropuerto, despidiéndonos como siempre, con esa sensación en el estómago, con las lágrimas a punto de salir a flote, y aunque tú me digas que pronto volveremos a estar juntos, yo no quiero pasar por eso otra vez. Además, tengo la sensación de que esta vez será diferente y te gustará tanto estar allí de nuevo que querrás quedarte para siempre y me abandonarás. Primero me dices que serán solo un par de semanas, pero luego hablamos otro día y me dices que ha habido problemas y que debes quedarte un mes entero. Y yo sé que esta vez no volveremos a vernos, en el sueño lo sé, y me despierto sobresaltada, sudada, y cabreada, conmigo, contigo y con el mundo.

 

natalia evelyn bencicova

Natalia Evelyn Bencicova