Cosas necesarias

Ya no sé si escribir sobre aquella luna poderosa que empujaba a esos seres negros lejos de sí o sobre el día en que tu semen era miel, o tal vez el día en el que aparecía aquella mujer rubia, imponente, elegante, pidiéndome perdón por haber sido desconsiderada conmigo, que tuvo un mal día porque su novio la había dejado. O de hablar del día que me enfadé contigo porque hiciste que la casa se inundara y despertaste a mis compañeros de piso, que en ese momento dormían y por quien yo intentaba velar. Y ya no me entiendo ni a mí misma, he creado confusión de nuevo y en parte me alegro de ello. Porque tampoco sé si esto lo recuerdo o lo sueño, si lo vivo o lo imagino o tal vez lo leo y lo copio aquí mismo, no palabra por palabra, pero sí idea por idea, como la idea de aquel hombre que para mí se hacía tan insoportable pero que no lo era tanto para su esposa, pues esta no veía sus manías como defectos ni como algún problema que hay que eliminar de raíz, sino como algo que había que dejar pasar, en el caso de que no fuera posible complacerle. Nada con colorantes ni aditivos, nada con vísceras, ni sangre, es decir, no se podía meter en la casa ni chorizo ni fuet ni jamón serrano, porque eso para él estaba crudo. Se le quitaban los tendones a todo, y cualquier posible trozo de grasa, como en aquel programa donde había un judío quitándole al chivo todo lo que no le gustaba, lavándolo después y luego volviéndolo a lavar.

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Pero también podría hablar de cuando las imágenes me transmitían más, de cuando todo me podía producir un escalofrío si me lo proponía y de cuando tenía tiempo –en ocasiones demasiado- para mí, para pensar, reflexionar, mirar el techo un momento y ver dibujos maravillosos o estrambóticos o ambas cosas a la vez y ahora me fijo y hoy es el día en el que no sé colocar los acentos, o su marca gráfica, mejor dicho, donde les toca. Lo pongo en la vocal que no es. Y leo lo que ella escribe y no me parece tan bonito ni tan verdadero ni tan elocuente ni, por lo tanto, tan admirable. No me resulta creíble que haya quien la siga, pero luego pienso en su situación y me recuerda un poquito a mí el verano pasado y fue allí cuando conseguí escribir algún que otro texto que aún tengo en la mente y que al releer tiempo después me hace pensar si soy la misma. Y está claro que no, la respuesta siempre va a ser no, porque no somos la persona que fuimos ayer ni la que seremos mañana, aunque no debería recurrir a un aforismo que sentencia, como bien me dijeron un día.

Lo que me hace pensar que también podría hablar de la frase que leí desde el autobús pintada en letras rojas en un muro gris y viejo, enmohecido ya. “No es bueno adaptarse a una sociedad enferma”. Y me hizo pensar mucho y creo que se la he dicho a poca gente. Y también esto me hace pensar que estoy escribiendo todo seguido sobre lo que me he ido guardando durante un mes entero, o quizá dos, y ahora lo estoy sacando todo de dentro como fuego, o como basura quizá que debo expulsar de mi cuerpo. Volviendo a ella, supongo que en el fondo me gusta ver que, aunque ya no seamos amigas, saca algo bueno de su situación, y saca tema de cualquier cosa, escribe de lo que sea, aunque no le pase nada, de un niño, de un pájaro, de una ardilla, de recuerdos (porque sé que es lo único que queda cuando estás así), de lo que siente… y lo adorna. Lo decora y lo pinta con una brocha, de color gris si quiere hacerlo más emotivo de lo que es y más triste y más nostálgico, o de color rojo (yo habría elegido siempre el amarillo) si lo quiere hacer más especial y más bonito de lo que fue.

El caso es que también podría hablarte de aquellos hombres borrachos que hablaban en el bus sobre quién fue primero, si Jesucristo o Allah, o sobre la sensación que se produce en mis dedos cuando estos teclean rápido palabras inconexas, o sobre lo viva que me siento cuando te quiero explicar de todo y contar de todo y cuando tengo mil planes por delante, pero siempre hay una nube que los tapa un poco…

Inicios

Fue precioso el reencuentro con él el domingo, bueno el sábado por la madrugada. Había sido muy difícil estar las últimas semanas separada de él y fue toda una sorpresa que entrase por la puerta porque me había dicho por WhatsApp que tardaría más porque a esas horas los metros pasaban con menos frecuencia. Me había mentido para darme una sorpresa y en cuanto entró me besó mucho y nos abrazamos y me dijo que olía a felicidad, yo y toda su habitación. A mí normalmente no me gusta su habitación pero aquel día, cuando llegué y me tumbé en su cama, sentí su olor, y aquello fue lo más parecido que tuve en mucho tiempo a estar con él. Me sentía como en casa, cerca de él.

Nuestras sonrisas eran tan amplias y sinceras… Nos mirábamos como si nos acabáramos de descubrir, con unos ojos nuevos. Y me encantó esa sensación. Él se tumbó junto a mí y nos besamos con más pasión e hicimos el amor y lo necesitaba, necesitaba sentirle así, desnudo, tan pegado a mí, como si fuéramos uno, necesitaba ver su cara de deseo y también su cara de placer y la que hace al correrse, porque nos corrimos a la vez, muy rápido los dos. Lo hicimos como 9 veces esa noche y lo habría hecho mil veces más con él. Todo con él. Nunca había querido a nadie de esta manera. Estuvimos hablando mucho también y acariciándonos y yo le había comprado un menú del Burger King porque sabía que llegaría con hambre y me encantó verle comer con esa felicidad en la cama, los dos desnudos. Y me repitió mil veces que le encantaba verme con esa sonrisa tan grande y tan real, tan bonita. Fue lo mejor del mundo, incluso mejor que el reencuentro en el aeropuerto cuando él vino de Inglaterra. Fue incluso mejor porque esta vez teníamos algo más fuerte, un vínculo muy estrecho, una relación muy bonita y duradera.

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Apollonia Saintclair

El domingo dormimos hasta muy tarde y nos hicimos unos espaguetis como solemos hacer nosotros cuando no tenemos de casi nada. Él puso a lavar su ropa sucia e hizo alguna tarea, pero nos pasamos casi todo el día encerrados en su habitación, haciendo el amor. Por la tarde, fuimos a comprar comida para los bocatas del día siguiente y fue muy relajante pasear con el aire fresco. Él compró los condones y la comida y yo le invité a un helado de caramelo que se nos antojó a los dos. Los helados eran un poco empalagosos, no nos convencieron, pero me encantó estar allí sentada en el banco del parque de enfrente de la Sagrada Familia, abrazados y mirando a todo el mundo y riéndonos de ellos.

Luego cocinamos juntos y me medio enfadé porque a él se le quemó la pastilla de caldo, sí, en serio, algo imposible de quemar. Hicimos arroz con pollo pero a mi manera para que todo tuviese más sabor porque no había cebolla, así que pusimos en la misma cazuela todos los ingredientes (patata y zanahoria incluidos) con agua, lo dejamos a fuego lento y nos fuimos a duchar juntos, y me volvió a arropar con la toalla cuando salimos de la ducha porque sabe que me encanta, que me hace sentir como una niña que está en buenas manos, que está protegida.

Y subimos a la terraza con la cena y estaba muy buena, la verdad, el arroz un poco pasado pero con mucho sabor, y él se lo comió con tantas ganas y se le veía tan agradecido… Super bien, es nuestra esa terraza, estuvimos contemplando el cielo anaranjado de las nubes, no había mucha oscuridad, nunca la hay en Barcelona, pero hay cierta belleza en ese cielo también. Estuvimos abrazados y recordando cosas de hacía tiempo, entonces nos pusimos a leer la conversación que yo siempre tendré guardada de hace tiempo, desde el principio, desde que nos conocimos, y nos reímos mucho, nos gustó recordar nuestros inicios y cómo empezó todo. Fue muy bonito, le quiero, la verdad. Demasiado.

Cuando bajamos íbamos a dormir, pero follamos.

Seré arte

Te desnudas cuando escribes, te expones y te atreves a ser abucheado, criticado y juzgado. Pueden opinar de tu actitud, tu pensamiento, tu físico incluso, las conjunciones y conectores que utilizas, los miedos e inseguridades que reflejas, las tonterías que explicas, las mentiras que cuentas, las verdades que anuncias y que duelen o que nadie quiere ver. Creo que hace falta que haya gente que escriba, siempre, y que exprese lo que otros no son capaces de decir, pronunciar o siquiera imaginar. Veo arte y belleza en todos lados, en nuestros cuerpos, en una fotografía, en una mancha con forma, en la luna roja de ayer, roja como nuestros cuerpos la otra noche, aunque peque de repetirme, pero es que son bellos, lo diría cualquiera, en el espejo más, esas miradas, esos movimientos y las sensaciones que desprenden. Hay belleza en las repeticiones, en los patrones, en un libro, una novela o cómic, en una serie, la escena de una película, las teclas de un piano, unas manos ásperas, un beso en la frente, un cielo gris, alguien llorando en el metro, una rodaja de limón en el agua, el mar, las olas impactando contra su cuerpo, contra el mío, una calle, una panadería, unas columnas, una puerta de hierro forjado, la manera de vestir de esa chica es arte también. Y ahora lo he convertido todo en letras, ese arte se transforma en letras, en literatura, pero una vez escribí Si lo transformas todo en literatura, deja de ser literatura, pierde la magia. Ya no pienso así.

Morgan Phillips Photography

Morgan Phillips Photography

Una canción que te pone el vello de punta también es arte y un tatuaje bien hecho, que transmite, con significado, y un rosal intentando crecer y salir del lugar que le han atribuido también es arte, dos frases pueden ser arte, las gotas cayendo contra un cristal también, creando imágenes para quien las quiera ver. Una conversación es arte, una conversación intensa y la retórica, un discurso que te llega. Caminar puede ser arte y viajar y cualquier lugar puede ser arte. Veo arte en un lago y en un paisaje, en un bosque y una sierra nevada, una cala virgen y una casa esculpida en la roca. Un castillo y un ayuntamiento y una fortaleza y un palacio y unas escaleras, un arco, una torre, una plaza, un muro y una muralla, un techo y un tejado, cualquier tipo de arquitectura es arte para mí. Y un suelo adoquinado es arte y el ruido que hacen unos zapatos al caminar sobre él y los charcos son arte. Una idea en mitad de la noche es arte.

Ese chico también me habló de arte. Vuelve a sonar Foals mientras escribo aunque creo que esta vez no es una coincidencia, no sé por qué creo que lo he hecho a propósito. Me dijo unas cosas muy interesantes aquel chico, ese chico que creo que va a ser el protagonista de mi próxima historia. Es raro, creo que encaja como protagonista. Y él también escribe. No me dejó leer lo que tenía apuntado en la libreta, pero se notaba que quería enseñármelo, solo que yo no insistí. Soy una orgullosa, sí, pero quizá tampoco me interesaba tanto lo que tenía escrito. Además, sé que me lo acabará enseñando, si no leyendo él mismo en voz alta. Su padre se dedica a comprar y vender arte, eso me dice, supongo que también a valorarlo, debe entender de arte. Y le dijo una frase que a mí tampoco me llegó tan hondo pero que ahora pienso y debería poner en práctica. Él, de pequeño, le preguntó a su padre que qué diferenciaba a un artista malo de uno bueno. Y le contestó: Solo hay una diferencia. Los artistas que acaban triunfando y cuyas obras terminan por valorarse se distinguen solo por una cosa. Practican y practican. Pintan (se puede aplicar a cualquier arte, es decir, escriben, componen, etc.) y vuelven a pintar, repiten versiones de sus propias obras, hacen copias de otros autores, cogen un lienzo y lo llenan de colores y cuando acaban, cogen otro y repiten la operación. De modo que escribiré mucho y crearé arte, Seré arte.

Y ahora releo este escrito y sé que podría haberlo hecho mejor, haberle dado más vueltas al tema y haberlo redactado de otra manera, mucho más bonita, más amplia y más intensa. Puede que haga una copia del texto, otra versión. Y puede que vuelva a escribir como solía antes, sin tantas comas ni repeticiones ni listas y con frases más elaboradas y largas.

No la cambiaría

Y todo es nuestro. La ciudad es nuestra. A todo le hemos dado un sentido especial, un significado solo nuestro. El coche es nuestro y mis pies saliendo por la ventanilla, mi cabeza apoyada en tu regazo, tu mano casi siempre un poco más debajo de mi vientre, y el primer piso de la casa es nuestro y esa playa también, con su muelle y nosotros dados de la mano al atardecer, las olas chocando violentas contra las rocas y la gente haciéndose fotos con ese mono. El olor a sal es nuestro y la toalla compartida y esa imagen que guardaste en tu mente. El mar, la luna de día, mis piernas morenas y mi voz leyéndote la misma novela que se leía aquella pareja italiana.

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Maud Chalard

La tranquilidad es nuestra, más bien tuya, tú la creas (en mí). El caos es nuestro y la noche y el aguardiente y esa discoteca es nuestra y ese bar también y la terraza de ese hotel. Y los donuts tan buenos que me compraste para merendar. Y ese pueblo con esas casas blancas, paseando como si fuésemos una pareja normal. Y Cunit es nuestro y su piscina, nuestros cuerpos desnudos de madrugada, los vecinos asomados al balcón. Mi risa es tuya, y nuestra. Y la montaña y el río y las croquetas de jamón y el restaurante de pintxos vascos y Valencia es nuestra de una punta a la otra. Y el tren y quedarnos dormidos en el metro y perder buses es nuestro. Y el barrio Gótico, nosotros cruzando bajo ese puente y afirmando, con infantil fe, que si no nos soltábamos de la mano estaríamos juntos para siempre, y el helado de nueces (nuestro desde las madrugadas en Alemania). Alemania es toda nuestra y esas dos semanas y la residencia de estudiantes y la casa roja y Goslar y Bremen y el arroz negro y el pollo a la cerveza, y el no dormir, el ir despeinados y recién corridos todo el día, y felices y eso sí era solo nuestro porque nadie más lo sabía.

Y la sangre es nuestra, y todas las imágenes que hemos creado y que nunca podré olvidar, tú arropándome al salir de la ducha, como a una niña pequeña, cómo me miras cuando entro en contacto con el agua, tú follándome con las bragas puestas y luego corriéndote en mi ombligo, tú acariciándome el pelo en esa comisaría de policía. La camiseta amarilla es nuestra y vomitar juntos también. Y esas canciones, y esos libros, todos nuestros. Dale la vuelta al mundo. Somos pacíficos, estamos unidos… Y tú metiéndome mano en los búnkers y los dos cocinando y la cama de tu compañero de piso también es nuestra y el sofá de mi amiga y el jardín de la universidad, donde ni tú ni yo estudiamos, es nuestro. Ese banco donde hemos comido tantas veces juntos, a la sombra de un árbol, riendo como locos.

La arena es nuestra y el amargo gintonic que nos bebíamos con cara de asco, y el limón que se cayó al agua y nosotros bailando, metidos hasta las rodillas en el agua, empapados los tejanos, tú cogiéndome a caballito y yo muerta de la risa y el paseo de la Barceloneta es nuestro, el juguete que le regateaste al hombre ese y nuestra lista de deseos, la botella de moscatel que usaba mi madre para cocinar y la alfombra del salón y nuestro reflejo en el ventanal.

Y el lago y tirarse de la roca y salir de excursión en bici a la 1 del mediodía, cuando el sol pega más fuerte. Y tu terraza con vistas a la Sagrada Familia, esas cenas bajo el cielo iluminado por la ciudad, nuestros cuerpos uniéndose ahí y en el rellano, sin miedo ni pudor. Y las empanadas argentinas y esa calle donde nos sentamos borrachos, porque no queríamos que se acabase la noche, no queríamos volver a casa. El mundo es nuestro. Añade más cosas si se te ocurren.

No cambiaría mi vida por la de nadie.

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Lo que hemos creado

Según Kundera, si un autor recurre a su intimidad para escribir sus relatos, ha fallado. Yo no lo creo así. Al revés, creo que a veces expresas mucho más cuando recurres a tu vida, además, los lectores nunca sabrán qué parte es real y qué parte, imaginaria. Ni yo misma lo sé, cuando releo mis textos llega un punto en el que no sé distinguir qué es mío o qué es del personaje y eso me gusta y me emociona, me parece increíble, pero a la vez me da miedo, me da miedo el poder de las palabras, un poder mayor que el de la mente, puesto que la engaña y no le permite recordar con exactitud el momento. Por eso las letras son eternas, pero la memoria no. La memoria es (muy) efímera.

Nuestra historia me fascina, por eso la escribo, porque me imagino leyéndola, admirándola, queriéndola y también lo hago para que nunca se me olvide. Aunque sigue estando el miedo de que con mis palabras lo cambie todo (o solo algo) y deforme la realidad, y cree la mía propia. Pero escribo sobre nosotros porque es lo que me gustaría leer, una de esas novelas en que yo querría ser la protagonista. Y tus sueños me recuerdan a los de esa chica, esa mujer que quiere tanto a su marido, llenos de miedos e inseguridades. Y los míos, lamentablemente, también, pero lo mío no me sorprende porque es una lacra con la que siempre he tenido que luchar. Te veo soñando conmigo, viéndome con otro, besándolo con ansia, nuestras lenguas muy juntas, compartiendo la misma saliva. Y te veo inmóvil, derrotado, roto de dolor y de incredulidad, y me gustaría poder abrazarte en ese momento y decirte que todo está bien, pero en el sueño no puedo, porque no es mi sueño y esa no soy yo. La Claudia del sueño abre un momento los ojos y te ve allí paralizado, contemplando el cuadro y, sin embargo, no hace nada por evitarlo. Al revés, despega un poco los labios de los del chico, pero al momento vuelve a unirlos, con más pasión, más energía, y mirándote con descaro, como si fuera un castigo, o una estrategia para darte celos.

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Maud Chalard

Y duele que esa sea la imagen que tu subconsciente pueda tener de mí. Pero solo son inseguridades, como ya he dicho antes.

Quiero abrazarte y protegerte siempre, yo mataré monstruos por ti y me desharé de tus demonios y, ya de paso, de los míos. Me inspiras muchísima ternura y quiero que dejes de cuidarme tú y empezar a hacerlo yo porque sé que lo necesitas mucho más que yo, porque tú a mí me has visto llorar miles de veces y, en cambio, yo a ti nunca. Bueno, una, el otro día. Aunque me apartases y girases la cara para que no te viera y no me contaras nada y no me permitieras secarte las lágrimas, ni siquiera tocarte. Hasta que te dejaste y pude ver un poco más allá de ti y de esos ojos claros, brillantes, emocionados, tristes y preocupados, con un poco de miedo incluso, con un poco de pena y de soledad.

Y me pides que te vuelva a leer como lo hacía antes y ¿cómo te voy a negar yo algo si me lo pides de esa manera?

Más adelante, estamos tú y yo en el aeropuerto y al principio viajamos juntos, a tu país, pero solo un par de días. Entonces yo me pierdo, o tengo que volver, o decido regresar por mi propio pie porque no me gusta estar allí, pero tú te quedas. Y nos vuelvo a ver en el aeropuerto, despidiéndonos como siempre, con esa sensación en el estómago, con las lágrimas a punto de salir a flote, y aunque tú me digas que pronto volveremos a estar juntos, yo no quiero pasar por eso otra vez. Además, tengo la sensación de que esta vez será diferente y te gustará tanto estar allí de nuevo que querrás quedarte para siempre y me abandonarás. Primero me dices que serán solo un par de semanas, pero luego hablamos otro día y me dices que ha habido problemas y que debes quedarte un mes entero. Y yo sé que esta vez no volveremos a vernos, en el sueño lo sé, y me despierto sobresaltada, sudada, y cabreada, conmigo, contigo y con el mundo.

 

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Natalia Evelyn Bencicova

 

Mi voz sobre lo demás

Me quedé como en trance, aquella escena en el metro había despertado algo en mí, algo que bombeaba energía por todo mi cuerpo, y no se trataba del corazón. Yo estaba ahí, tú también, y la chica de al lado, y la pareja de enfrente y todo me pareció parte de una obra de teatro o del primer capítulo de una novela. Quizá tú no lo viste así, pero yo me quería sentir como una espectadora, habría dado lo que fuera porque alguien me dijera cómo era sentirse desde el exterior, pero eso no podía ser, nosotros éramos los protagonistas. Se produjo una lucha, una batalla, ¿no te diste cuenta? Yo lo vi así, parecerá una tontería, pero era la lucha del amor sobre el odio y ganamos nosotros. La chica rubia de enfrente gritando, alzando la voz, su novio despreciándola, ella pegándole, ambos chillándose con todas sus fuerzas a pesar de estar en público, con reproches, con miradas de asco y de odio. ¡Que no me hables de mi pasado!, gritó ella en un momento al borde del llanto.

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Maud Chalard

Para acallar esas voces empecé a leerte, primero en voz muy baja, que aumentaba de volumen gradualmente, pero siempre con un tono suave y dulce, como se les lee a los niños, a los niños que han llegado en un cesto untados en pez a la orilla del río. Y me pareció una escena tan surrealista, tan íntima y a la vez llena de sensualidad porque no podía evitar pensar en la primera vez que te leí, los dos desnudos en tu cama, después de haber hecho el amor. Y mi voz se anteponía a los gritos, los lloros, ese odio, ese rencor, esa naturaleza humana. Mi voz era más fuerte, más potente, tanto que yo ya no oía su discusión, solo me oía a mí misma, en esa burbuja imaginaria solo cabíamos tú y yo. No me importó en ningún momento que todo el vagón se fijase en nosotros.

Y en la novela se hablaba de la mujer como un niño, y yo era el niño, pero tú también eras el niño. Tú lo habías sido hacía unos instantes, con tu cabeza en mi regazo, cuando te puse agua en la cara y en la nuca. Y yo lo había sido con el chocolate, cuando me limpiaste la comisura de los labios y me puse roja. ¡Y dices que no me haces la vida más fácil! ¿No los ves a ellos? Compáralos con nosotros, tú me haces feliz.

Y recuerdo cuando me cogiste de la cara y me empezaste a explicar lo que sientes al estar dentro de mí o cuando yo me corro, cuando me explicaste cómo funciona mi cuerpo, cómo se contrae mi vientre o cómo sientes el calor de mi coño, o lo estrecho que se vuelve después, lo húmeda que me pongo poco a poco a medida que me acaricias y me tocas, y me quedé quieta, inmóvil, sin palabras. Me dejaste sin aliento y sin respuesta posible, mirándote fijamente con unos ojos enormes, abiertos por completo, admirados y a la vez algo asustados. En ese momento, te lo digo yo, podrías haberme pedido lo que quisieras, que yo lo habría hecho.

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Tamara Lichtenstein

Escritura espontánea

¿Qué es eso de escritura espontánea? ¿Un poco ir escribiendo lo que te dé la gana? Supongo que sí, lo primero que se te pase por la mente, ¿no? Sí, supongo que es eso. Sigo sin entenderlo, pero bueno, aquí estoy. Estoy estresada, a lo mejor sirve para desestresarme, no sé, o quizá me viene peor. Quizá escribir todo lo que pienso me hace ver la cantidad de cosas que aún tengo que hacer: papeleo del Erasmus, comprar los vuelos para este verano… Ya no se me ocurren más cosas, será que tampoco tengo tantas cosas que hacer. Me estoy aburriendo, me lo he propuesto como un reto y me está saliendo una mierda muy grande. Creo que este no era el propósito. Mi hermana me llama, se está quemando mi bocata (sí, mi bocata, lo habéis oído bien) Puta vida. Necesito una cerveza (y un abrazo).

11/08

Me apetece, ¿por qué no? Volver a probar esto de la escritura espontánea, me ha apetecido al releer lo que escribí ese día. No me ha venido la regla, estoy preocupada, pero si digo esto es porque un leve dolor de barriga me lo ha recordado, así que supongo que me vendrá pronto (espero). Y el móvil no para de vibrar, qué pesado, el amigo del hermano de mi amiga, sí, un lío, da igual, es majo pero no para de hablarme todo el rato y no le veo interesante. Se le ve buena persona y es guapo, la verdad, pero ya está. Ya queda poco, Claudia, de verdad, ya queda poco. Yo me entiendo, hablo de Inglaterra y de volver a casa, necesito volver, quiero volver, y tengo muchas ganas de hacer ese viaje, muchas.

29/10/15

Si ahora de Erasmus vuelvo a repetir el mismo ejercicio quizá me sale algo mucho mejor. He pensado mil cosas ahora mismo. En el sueño que tuve con él, que debería escribirlo antes de que se me olvide. En la bujía y la chispa que da cuando entra en contacto con la mezcla de aire y gasolina, todo lo que he aprendido en clase de técnica. En esta noche, en la fiesta. En si no va a venir. Pero va a venir Lukas y me mira de una forma… Mejor que no venga él tampoco, tiene novia. Y en la ropa que me pondré. Qué poco profunda soy. When I see a man I see a lion, esa es parte de la canción que suena ahora mismo. Me fascina, la verdad. Tendría que contestar a mi hermana al WhatsApp. Creo que me echa de menos, yo también la echo de menos a ella. Sabe más de lo que me creo, pero yo también sé más de lo que ella se cree. Me apetece comer queso, mucho.

05/01/16

¡Qué caos! Me apetece escribir, pero de verdad que necesito poner orden en mi vida y aprender a priorizar, supongo. Me pone triste no saber qué contar cuando vuelva, lo anodina que se vuelve mi ciudad después de esta experiencia con tanto sin conocer. Me gustaría culturizarme más también y aprovechar mejor mi tiempo libre, y sobre todo gustarle. Me gustaría que me comprendiese. Leí que cincuenta o como mucho cien días de tu vida son remarcables de los miles que tenemos. Increíble, qué aburrido, estoy segura de que eso es mentira. Lo bueno es que escribo esto pero dentro de nada tengo pensado publicar una de esas entradas que gustan, de esas que tengo escritas desde hace algún tiempo pero que a mí no me convencen del todo, esas que no tienen nada especial, que solo dicen lo que dice todo el mundo y lo que todo el mundo quiere oír. No me gusta. No me gusta escribir típico y tópicos, pero a veces lo hago sin querer. Será que no soy tan especial, que soy como los demás, típica y tópica. Qué triste.

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Fotografía de Tamara Lichtenstein