Di(go) adiós

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La vida es un constante dejar atrás. Y muchas veces es algo que cuesta y que nos da miedo porque siempre nos ha gustado lo conocido, y más de una vez nos hemos quedado quietos, sin movernos, esperando la gran ola, o la tormenta, quietecitos aguardando el cambio. Y alguna vez hemos dicho no al riesgo, Me quedo con lo seguro, lo que ya es mío, lo que poseo, lo que (creo) no perderé.

Sí es cierto que hay ocasiones en las que podemos elegir, en las que está en nuestras manos la decisión. Puedes seguir igual, como siempre, en tu zona de confort o puedes ir a la aventura, largarte porque sí, porque te apetece y porque necesitas el cambio. No te ha obligado nadie, tampoco has encontrado trabajo allí (aún) ni ha sucedido nada concreto en tu vida que te haya empujado a moverte, pero lo necesitas. Así que vete y si no quieres no hace falta ni que digas adiós, si es eso lo que tanto temes. Pero te lo recomiendo.

Pero otras veces la vida te obliga a decir adiós y, repito, eso cuesta, y mucho, más si es la segunda vez que lo/le/la dejas atrás, o la tercera o la cuarta porque algunos navegamos en círculos y volvemos siempre al origen, a ese lugar, a esa persona que muchas veces se ha convertido en nuestro fin, nuestra pérdida.

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Y entonces el ambiente huele a despedida, a llanto, a lágrima fácil y a abrazos que parecen eternos, pero nunca lo son, o sí, no sé, esos abrazos que te tranquilizan, te reconfortan y te dan seguridad, la seguridad que te falta y te dice que estás haciendo lo correcto. Esos abrazos que a veces te entristecen porque sabes que son un adiós para siempre. Esos adioses sí que duelen, son los peores, y siempre llegan, aunque creas que no, que tú te librarás, que no será a ti.

El ambiente huele a maletas hechas en el último momento, maletas hechas a veces con ganas e ilusión y otras postergadas hasta unas horas antes del vuelo, por miedo al regreso, a la vuelta a la normalidad, por miedo a partir, a marchar, a perder la magia que solo tú habías sido capaz de crear en ese momento y en ese lugar y que no se repetirá nunca más (o eso piensas tú). Huele al río el ambiente y no sé por qué, huele a nervios, huele a viaje, a aeropuerto y a besos.

Casi siempre asociamos “decir adiós” con pensamientos negativos, con perder, con renunciar, con realidades que a partir de ahora pasarán al rango de recuerdos, o ni siquiera eso, quizá quedarán en el olvido. Pero a veces perder no significa dejar de ganar. Siempre se produce un intercambio, un trueque. Algo bueno vendrá. Quizá tardará, quizá costará, quizá tendrás que poner mucho de tu parte pero llegará.

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Sin embargo, a veces sienta bien decir adiós: a la amargura, a ciertas personas, a ese trabajo de mierda, a esa ciudad llena de recuerdos enlatados y deslavados, a miradas tristes y cuerpos marchitos, a imposiciones arbitrarias y a normas estrictas. Adiós a los sinsentidos, al odio, a la pena, la tristeza, la monotonía, al café aguado, la falta de ganas y de energía, la gente sin vida, las personas angustias. Adiós a la falsedad, la injusticia, la mentira, las sonrisas forzadas, los apretones de manos, los convencionalismos y las buenas maneras. Adiós al llanto, a no poder respirar. Adiós a los estudios, a las obligaciones. Adiós a las historias sin acabar y bienvenidas sean las que aún están por empezar.

Pero ahora tengo unas ganas de llorar increíbles… ¿Cómo metes toda una vida en la maleta? Dime. Contéstame. ¿Cómo se hace? Dejo atrás muchas personas que sé que me quieren y que me lo han demostrado más que nunca, que me han apoyado y me han dicho que soy una valiente, que —conociéndome— todo me irá genial, que voy a comerme el mundo y también que lo voy a tener a mis pies, pero ha llegado el momento. Me despido. Digo adiós.

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Va de suponer

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Yo creo que el amor es cuando encuentras a alguien a quien quieres ver todo el rato. Alguien a quien le quieres contar cualquier tontería que te pase, y que no parezcan tonterías cuando se las cuentes porque él te hará sentir como si lo que le estás explicando fuese lo más interesante del mundo, te hará sentir interesante en general, diferente, especial.

El amor es cuando le explicas que tu padre te ha obligado a hacer limpieza general y eso ha sido lo más interesante que has hecho en toda la mañana. El amor es cuando le explicas que, volviendo borracha a casa, has entablado una emocionante conversación con un gato y él asienta, se ría y te diga que eres increíble. El amor es cuando tienes ganas de contarle que te acabas de comer una mandarina en verano y que la mandarina es una fruta de invierno. Cuando le envías un mensaje para que cambie enseguida a Antena3, que es urgente, que están echando esa película tan mala de la que os reíais el otro día. Cuando solo quieres verle para decirle que has hecho tortilla de patata y te ha quedado muy bien, o cuando le llamas casi llorando porque se te han quemado las lentejas. Cuando te da igual la hora que sea, pero necesitas que esté junto a ti, para decirle que te has encontrado en un charco una moneda de dos peniques que te traerá suerte seguro o que en el hotel había un jabón de chocolate y naranja. O que está empezando a llover, otra vez. El amor es cuando le dices que todo saldrá bien, que si no has deshecho la maleta es como si nunca te hubieses ido.

El amor es cuando es a ti a la primera a la que le cuenta lo mal que le ha ido el día, cuando se descubre ante ti, cuando deja de fingir, cuando ya no le importa que le veas llorando, cuando deja que le cuides tú también. El amor es cuando te besa en la frente o en los ojos, o cuando te dice que te necesita. O cuando apaga la luz y te mece en sus brazos.

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Yo también tengo derecho a comportarme como una niña, ¿no? También quiero poder llamarte las noches de luna nueva, entre sollozos, y que tú me digas que no pasa nada, que todo irá bien, que solo era una pesadilla, aunque sea mentira. Ahora sueño con manicomios todas las noches, desde que visité aquella ciudad con una iglesia para cada semana del año y un bar para cada día del año. Y mientras, aquí estoy yo, oyendo mi nombre en mitad de la noche y enjugando las lágrimas de otros, tranquilizando y haciendo de madre, como si yo me cuidase por mí misma, como si no necesitase que me ayudases a deshacerme de mis demonios y de mis monstruos. Soy fuego y agua a la vez, por eso a veces es fácil que me apague. ¿Sabes la pregunta: ¿En qué piensas? Creía que era estúpida hasta que te conocí. Quizá es eso el amor. Mataría por saber qué piensas cuando me miras, callado y taciturno siempre.

Y ahora me siento sola y abandonada, confusa y sobre todo perdida, perdida como están los niños cuando tienen que buscar las diferencias entre dos imágenes y no las encuentran, o solo les falta una. O peor aún, porque esta vez no te han dicho cuántas son las diferencias. Veamos cuántas eres capaz de encontrar.

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Me mira

Me mira, pero de verdad que no me ve. No ve más allá. Si entorna los ojos un poco tal vez distinga algo. Tal vez pueda incluso leerme la mente, pero lo dudo. Me cerraré un poco más, si es posible, lentamente. Me retiraré pasito a pasito, sin ruido, sin molestia. Para que siga sin verme. Para que así tal vez deje incluso de mirarme. Que deje de convertirme en una frágil figurita de cerámica. Que deje de creerse el señor del Universo. Me resulta difícil aceptarlo, siempre me sucede.

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Su gorra. Ahora le hace parecer estúpido. Mucho. Le odio. Está claro que no le odio, pero solo es para convencerme. Además, soy bastante maleable. Cambio de opinión fácilmente. Esto antes no me pasaba. Será el verano, que se evapora, gotea los últimos días de calor, que se filtran por la alcantarilla. Y será que o me hace llorar o acabará conmigo. No puedo más. Hace tiempo que no lloro. Recuerdo que la última vez era abril, a finales. Y tengo grabada la fecha exacta porque aún recuerdo por quién lloraba. Estamos ya en septiembre. Ha llovido mucho desde entonces.

Sus manos. Dejaría que me follasen, pero no solo sus manos, también su boca, sus labios, su lengua, sus ojos (esos que me miran, pero no me ven, me contemplan como si estuviese colocada en una estantería, en lo alto de la habitación). Su cuerpo. A él sí que le dejaría follarme, tocarme, rozarme, hacerme el amor. Le arañaría, le clavaría las uñas con todas mis fuerzas, en los hombros. Pero claro, podría hacerlo si no me hubiese alejado. Si no hubiese decidido tomar esa precaución, si sus ojos aún pudiesen mirarme. Pero ya no me ven, soy invisible. He desaparecido, como siempre. He huido y luego le he echado la culpa a él. Porque sí, porque es más fácil. Porque a veces darse por vencido también es un acto de valentía. Y me creo que prefiero la soledad y el dolor, pero en el fondo soy como el resto. Solo espero que venga alguien a salvarme. Así que esta vez esperaré aquí, a oscuras, en este cuarto. Mejor si consigo dormirme, para que al abrir los ojos te encuentre y me lleves contigo.

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Y su amigo sigue hablándome. Él ya no, no le puedo culpar. Pero ¿para qué? Es parte de él, supongo. A veces me gustaría decirle que se callara, que cerrara la boca, que no me interesa ya la vida de ese chico, que deje de hacer de puente inconexo, de mensajero que se pierde por el camino. Que dejen de intervenir, que me dejen en paz, que apaguen la luz al salir y cierren la puerta, con llave a ser posible. Para que ni yo misma pueda abrirla. Y que fuera siga lloviendo y que el mundo siga girando, que no se pare por mí. Hasta que alguien venga a rescatarme y a sacarme de esta soledad, o a compartirla conmigo.

Y, ¿sabes qué me da más rabia? Que tenías razón. Ahora me dirías: ¿Qué? Creo que no te he oído bien. Que tenías razón, que tenías razón. Te lo repito tantas veces como quieras. Sí, tú. Tenías razón. Tú ganas y yo pierdo, ¿contento? Has ganado, has ganado. Has conseguido lo que querías. Después de todo, solo se trataba de un juego, ¿no? Y en los juegos siempre hay vencedores y vencidos. Pues aquí los tienes. Sí, me lo dijiste, que cuando parase, una parte de mí moriría. En el momento que pares, verás lo que realmente eres y no te gustará, lo sé, no te gustará lo que veas más allá del espejo.

¿Por qué esa cara de susto? ¿Qué has visto en tu reflejo que te ha alarmado tanto? Eres la misma niña asustada de hace unos años. Cierra los ojos y descansa.

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Necesito un orgasmo, ¿quieres dármelo?

Y después de él, el sexo dejó de olerte a sexo, dejó de olerte a algo salvaje y tierno a la vez. El sexo te empezó a parecer artificial, automático. Ya nada olía a su almohada. El sexo ahora olía a incertidumbre y a plástico, a goma, al látex del condón. Después de correros, el ambiente no olía a endorfinas, olía a condón.

¿Quieres dejar de decepcionarme? ¿Quieres dejar de abandonarme? Deja de usarme como estación de paso, deja de hacerlo. Odio que la gente que me importa no decida quedarse en mi vida, que se conforme con menos, que con un solo vistazo decida. Me decepcionas, pero en el sentido amplio de la palabra, me cansas, me agotas, me aborreces (siempre me ha gustado esta palabra y su significado), me quitas la energía, me la chupas, la succionas y me dejas seca y deshidratada, sin ganas y sin nada. Pendiente me dejas y sin saber qué contestar, sin saber cómo exprimirte más, cómo hacer que des más de ti.

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Lo viste. Lo viste el primer día, ¿no? La primera noche, cuando nos conocimos. Y no me dijiste nada, callaste y te lo guardaste para ti. Y yo también lo vi, pero no quise darme cuenta, preferí soñar. No te imaginas la de veces que he soñado contigo. Y, ¿sabes lo que me hacías sentir en todos esos sueños? Inseguridad. No te esperabas esta respuesta, ¿verdad? Probablemente habrías preferido leer otra palabra: felicidad, amor, lujuria. No. Provocabas inseguridad en mí. Y cuando alguien te provoca más lágrimas que risas te das cuenta de que no vale la pena continuar.

Pensaba que no volveríamos a vernos, que me soltarías ese rollo de que era una chica muy guapa, divertida e inteligente, PERO… Tras ese pero esperaba una decepción, una desilusión, pero ya habría estado bien así. No me habría dolido mucho porque aún no nos conocíamos. Sin embargo, me pediste el número y sí volvimos a vernos, pero habría sido mejor que no. Tu mirada, tu tono de voz, tu discurso… ¿Sabes qué me dijeron? Lo que todos me han dicho, que soy muy mona, pero muy pequeña aún, que debo madurar, que debo experimentar y que ese brillo en mis ojos asusta, da miedo, quiere conocer más y más, quiere llegar a lo más profundo, nunca quedarse en lo superficial.

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Lo viste desde el primer minuto: que yo era diferente y que no llegaríamos a nada, a nada de nada. Pero no por mi culpa, sino por tus ganas. Tus putas ganas. Y ya está, acabando sin empezar siquiera. A esto ya no se le puede llamar ni acabar, se le llama ser idiota.

Y una vez leí algo que debo empezar a repetirme. Si no te busca es porque no quiere, si no te ve es porque no quiere, si no te escribe es porque no quiere… Y si no te quiere es porque no quiere. Simple y sencillo, dejémonos de tonterías y de preguntarnos qué hicimos mal.