El sombrero de las bellotas

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Me quedo con las cosas bonitas, porque él me ha visto llorar mil veces, y yo a él muy pocas. Me quedo con el dolor reconfortante en el bajo vientre, con el calor de la manta y con el olor a rosquillos recién hechos. Me quedo con su sonrisa y sus bromas para hacerme sentir siempre mejor. Pero también me quedo con lo mal que me han venido estos meses de inactividad. No las vacaciones, porque estas me han venido realmente bien, para respirar, para caminar pausadamente, contemplar la puesta del sol. Se puede encontrar algo bello en cualquier lugar, lo dije, puedes verlo mágico si a ti te apetece. Nos veo ahora a los dos en la encina grande, apoyados en el tronco de este inmenso árbol, yo llorando y él arropándome con sus brazos y tapándome el sol que me daba directamente en los ojos, pero yo no quería que él me quitase esa poca luz que me quedaba y así se lo dije. Que prefería cerrar los ojos y sentir el calor sobre los párpados. Y estuvo conmigo hasta que me calmé y nos adentramos en la parte más frondosa del bosque, donde nos besamos y nos descubrimos un poco más, como siempre, hasta que oímos unas voces que se acercaban y nos alejamos de ellas, corriendo y riendo, intentando silenciar nuestras respiraciones excitadas.

Vi belleza en ese momento y también vislumbré bondad y luego inocencia cuando buscábamos bellotas para mi abuela, ensanchando la sonrisa cada vez que creíamos encontrar una preciosa, marrón, reluciente, con ese sombrero que las hace tan reconocibles. Imagino que tendrá un nombre científico, ese gorro que llevan, pero a nosotros no nos hacía falta saberlo porque reíamos solo con ponerle uno nuevo a esos frutos secos que, tan despistados ellos, lo habían perdido. Creo que eso es bonito y también aquella imagen que se quedó grabada en mi retina gracias a él, los dos cogiendo moras en los sitios más peligrosos, clavándonos alguna que otra espina por ser tan tercos, aunque también se nos podría llamar tenaces o persistentes y esos adjetivos nos servirían para una entrevista de trabajo. Él ya sabe qué es lo mejor de aquellos atardeceres entre las zarzas junto a la vía del tren, porque es algo que hicimos juntos, ese dibujo que tiene dos manos que lo colorearon, dos manos que se creían artistas. Solo sé que guardo ese dibujo en mi cajita, junto al resto de cosas que me recuerdan a él, y que puedo ver a una niña con una camiseta naranja y a un niño que la sujeta para que no se caiga y la alza para que alcance los frutos más negros y más grandes, los más dulces. Los dos tienen las caras difuminadas; en realidad, todo el cuadro está un poco difuminado, con ese efecto borroso que sus artífices quisieron crear. Y son bonitos también esos sueños nuestros, y curiosos, y excitantes, sobre todo aquel en el que volvemos al principio, en el que pasamos aquella noche como si nos acabáramos de conocer.

Ahora me traslado a esas comidas con mi familia en las que hablamos de la infancia y de cuando a mi hermano le dolía la barriga porque tenía que hacer los exámenes de primaria. Y nos reímos pensando en todo lo que ha tenido que superar desde entonces y en lo tonto que nos resulta ahora que mi madre tuviese que prepararle manzanillas e infusiones para que pudiese dormir más tranquilo y no le pusieran nervioso esas pruebas en las que luego conseguía sacar buena nota la mayoría de veces. También me veo en el sofá de mi abuela, alguna que otra tarde, pero no soy pequeña ya, sino que me he convertido en una mujer, o eso dicen, y la voy a ver cuando salgo del trabajo, cuando saco un poco de tiempo del que realmente no dispongo. Y me da algo para merendar, cosa que no me sorprende. Al contrario, me extrañaría que no me ofreciese nada para comer porque esta mujer que ha tenido que ser muy fuerte vive para hacer felices a sus nietos. La veo sonreír cuando me explica que en verano nos llevaba a mí y a mis hermanos al río para bañarnos y construir nuestras cabañas. O cuando habla de mi hermano, y esa obsesión que tenía con subirse a las cosechadoras cuando solo tenía tres años.

Y luego nos veo otra vez a él y a mí, en esa habitación tan caliente, tan acogedora, toda de madera, con balcón, como él quería, como él vio en sus sueños, un balcón bohemio en el Barrio Gótico de Barcelona donde me follaría sin importar quién nos viese. La diferencia es que este dormitorio de madera está bastante lejos de la ciudad condal. Y cómo llegué a echar de menos su presencia en casa tras la vuelta de las vacaciones. No sé explicarlo, era reconfortante que estuviera ahí a mi lado, tal vez sin hablar ninguno de los dos, cada uno enfrascado en la lectura de una novela diferente, pero juntos, compartiendo una pequeña rutina, viéndonos cada día, despertándonos cada mañana en la misma cama. Me gusta cuando me da la mano por debajo de la manta y entonces yo le miro fijamente, con amor, con unas ganas irrefrenables de abrazarlo y besarlo, pero me contengo porque hay gente delante. Y él dice que adora esa mirada mía, porque revela todo lo que soy. Pegamos mucho…

O al menos eso dice su peluquero, que nos vio desde su negocio mientras caminábamos dados de la mano por el Paral·lel. Dijo que se nos veía muy bien y que yo parecía una chica muy agradable y, si lo dice su peluquero, será verdad. Igual que el peluquero de Sebastián decía que la peor carne de Europa era la de Alemania y si lo dice el peluquero de Sebastián, será verdad.

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El otro día me estaba preguntando a mí misma cuándo había perdido esa inocencia y esa mirada curiosa que me hacía encontrar belleza e inspiración en cualquier parte, y creo que nunca se ha perdido en mí, estaba solo escondida. Lo supe cuando contemplé la luna desde el autobús y se me escapó en voz alta: Es preciosa hasta tapada.

La goma de pelo verde

Que me revele sus secretos, que cuando duermo raro me coge la mano que me queda libre, más cerca de él, y me la apriete fuerte, y que yo no me dé ni cuenta, pero que duerma así más tranquila. Cuando me pidió que me casase con él, en el salón de su casa, nosotros en la mesa, y nuestros amigos en el sofá, todos bebiendo, borrachos y felices, nosotros los que más. Ellos gritando y riendo, pero nosotros hablando con las cabezas muy juntas, la nariz casi pegada y los ojos a la misma altura, sintiendo el aliento del otro con cada palabra pronunciada, palabras cargadas de amor y de sentimientos, sin importarnos que el resto mirase o nos dirigiese comentarios burlones. Ahí me quiso dar un anillo e hicimos uno improvisado con mi goma de pelo verde. Él me quiso ajustar el anillo en el anular de la mano izquierda, que es donde se lleva por tradición, pero yo me negué y puse mi mano derecha en su lugar, y él accedió, porque sabe consentirme y permitirme esos caprichos tan tontos.

Yo guardo imágenes, flashes de él, momentos tan bonitos e intensos… Cuando nos metimos en el mar a las 10 de la noche, en ropa interior, y la gente nos miraba de una forma extraña pero divertida a la vez, sonriendo ante nuestra felicidad. Yo gritaba al entrar por lo fría que estaba el agua y él se lanzó de cabeza sin pensárselo mucho, pero yo al final hice lo mismo, y nos abrazamos y él me dio vueltas en el agua y al salir no se le ocurrió otra manera de hacerlo para llamar más la atención, me cogió en brazos y me sacó del agua como los socorristas sacan a la chica que se ahoga del agua, los dos empapados, chorreando, felices y semidesnudos. Tuvimos que cambiarnos como se hace con los niños pequeños, uno aguantando la toalla alrededor del otro y este intentando quitarse el bañador a duras penas, pendiente de que nadie les mirase. Y luego como no teníamos ropa seca, nos pusimos el pantalón y la camiseta directamente sobre la piel, una de las cosas que más me gustan en este mundo, sin aros que aprieten los pechos ni tirantes que dejen marca en los hombros o gomas elásticas que te corten la circulación en las ingles.

Volvimos a hacer lo mismo en Calella, pero a plena luz del día, esta vez mis bragas eran blancas y un poco más transparentes de lo que deberían, pero al revés, nadie nos miró tanto como la primera vez por la noche, nadie prestó atención a nuestras risas y nuestros cuerpos. Se fijaron más en nuestras mochilas y el cartel donde estaba escrito en letras negras FRANCIA.

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Drink for me

Hacía tanto tiempo que no oía esta canción… y me ha recordado lo mucho que te debo. Bueno, en realidad lo mucho que me debo, que nos debo. Cuando hablo de mí, ya hablo de ti también, te incluyo en ese ser que somos nosotros, como si compusiésemos una simbiosis, esos dos seres vivos que componen uno solo y que solo viven si el otro vive. Lo di en clase de naturales (así se llamaba entonces, a lo mejor ahora es Conocimiento del medio o algo así) con José Antonio y aún me veo en la última fila, al lado de aquel niño que se portaba tan mal y con el que yo me llevaba bien, creyéndome la defensora de los desamparados, convencida de que podría cambiarle y convertirle en uno de los niños más listos de clase y que todos me admirarían y él le daría siempre las gracias a su maestra Claudia.

Y ahora que de una sola canción he sacado todo esto, veo que tenía razón aquel hombre que me dijo que al final lo que queda es la infancia, la adolescencia y parte de la juventud, que, aunque yo creyera recordar poca cosa de mi niñez, las memorias vendrían paulatinamente. Y ahora lo veo como una etapa muy importante de mi vida, en la que formé mi carácter y en la que cada día ocurría algo interesante y digno de contar a tus padres y tus hermanos.

El caso es que si nos comparo a ti y a mí con esos seres que estudiaba en la escuela habrá gente que me llamará loca o que incluso me criticará y lo verá mal, ya que soy una mujer por mí misma, existo y soy independiente, tengo una vida aparte de ti. Y eso también es cierto, pero Believe me, I could live without you, but I really don’t want to. Porque sé que podría, me costaría, pero lo lograría, aun así, no quiero. Sin embargo, me da igual lo que opine la gente porque ahora esta canción me lleva a tu sofá, cuando llevabas dos días en tu nuevo piso y no trabajabas y yo te iba a ver cada vez que podía, o cada que podía, como tú dirías.

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Pinterest

Y me veo en bragas en ese sofá, despeinada, después de haber hecho el amor allí mismo, frente a esos inmensos ventanales que dan al patio de vecinos y por los que entra toda la luminosidad del mundo. Me veo ya con el portátil en el regazo, haciendo tu currículum y decorándolo un poco y poniendo en bucle esa canción que me recuerda tanto a esos días, a nosotros, a la libertad. Iba a decir a la paz, pero de esto hubo poco porque no paramos quietos al principio. Bueno, ahora tampoco. Y quiero ese tiempo ahora, cada granito del reloj de arena para nosotros, para mí, para volver a los inicios –tal vez es este el texto que se debería haber titulado Inicios y no el anterior.

Drink from me, drink from me, when I was so thirsty! Y yo siempre cambiaba ese from por for y ese cambio de preposición me daba la libertad de creer que la canción estaba dedicada a nosotros y a esas salidas, al alcohol que ingirieron nuestras venas esos primeros meses y que, tal vez, fue un tanto excesivo. La canción, en concreto ese for, me lleva a esa noche en la que nos bebimos una botella de aguardiente entre tú y yo (aguardiente del de Colombia), allí sentados en las dunas de la playa, sin conseguir entrar a ninguna discoteca porque perdimos la noción del tiempo, escribiendo borrachos nuestra lista de cosas que hacer antes de morir, nuestros sueños y deseos, y también otro papel con la descripción de la noche. Me lleva a esa noche de chaquetas abrochadas hasta el cuello, pero de manos y besos cálidos, de risas y de locuras, los dos descalzos, metidos en el agua a esas horas de la noche y con ese frío, tú cogiéndome a caballito y yo bailando con los pies sobre los tuyos, como hacen los padres con sus hijas en las películas americanas. Y luego el paseo y las risas y tus videos metiéndote conmigo, el párking que hicimos nuestro y el juguete que tanto me sacaba de quicio y que perdí (sin querer, creo).

La canción me lleva a aquel día en que salí de la uni y fuimos al ayuntamiento a empadronarte y luego, pasando frente a la puerta de un colegio, fingimos ser unos padres que esperaban a su hijo Sebas y nos reíamos haciendo ver que lo abandonábamos y unos abuelos nos miraron con una sonrisa en la boca y vi en sus ojos la felicidad y ternura que nosotros reflejábamos. Y luego los churros con chocolate, que estaban muy malos, y el día que llovió y nosotros nos fuimos a los bunkers después de comprarnos pan, queso y lomo en el Carrefour y hacernos una improvisada comida en lo alto de la ciudad. La canción me lleva a ti y a tu boca, tus palabras, tu sonrisa y tu felicidad, que es inagotable.

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Creando imperios

Tengo miedo de este mundo en el que a veces no me gusta vivir, en el que veo a mi padre triste, mi madre estresada, mi novio explotado, gente sin casa, amigos sin trabajo, familiares sin sueños… Me da miedo este mundo y espero no ser la única. Me da miedo porque no nos damos cuenta de dónde nos hemos metido, del bucle que hemos creado. Tal vez lo vemos, ese bucle, ese círculo, pero no hacemos nada por acabar con él. Esperamos a que llegue el fin de semana, salimos el sábado por la noche con los amigos de toda la vida y nos quejamos de lo perra que es la vida con una cerveza barata en la mano. Aprovechamos esa noche para desahogarnos e insultar al jefe, a los compañeros, a los clientes, quejarnos de las llamadas, del poco tiempo libre que nos dan, de todo lo que haces y nunca es suficiente para esa empresa, todo es mejorable, como suelen decirte, o reñirte.

sea

Veo ese pesimismo en mí estos días y pienso que no merezco esto, contemplar ni oír estas cosas. Pienso que no debería levantarme un sábado a las 10 de la mañana y oír a mi padre hablando por teléfono con su hermano, lamentándose de su mala suerte, de que trabaja más de 9 horas al día y cobra una miseria, de que no le pagan las noches que tiene que quedarse por ahí, ni los sábados que le toca madrugar, ni las horas extras. Y me veo reflejada en esa triste mirada gris y me convenzo que yo no seré así dentro de unos años, que yo no estaré en esta situación. Pero yo misma lo he dicho, ahora me tengo que convencer de que mi vida no será así, cuando hace apenas unos meses sonreía con mi título en la mano y sabía que no me dejaría pisotear y que trabajaría de algo que me apasionase. Supongo que es el día, que también es gris, como sus ojos. Y supongo que este es solo un año de transición. Bueno, esto último no lo supongo, esto último lo sé. Y podría irme ya, ahora, dejarlo todo y no ir a trabajar el lunes, pero me sentiría derrotada, sentiría que no he podido aguantar con la presión o los gritos o el mal ambiente que se respira, sentiría que no he superado la prueba y yo sé que puedo hacerlo, puedo demostrarles a todos que valgo y que, cuando me vaya, porque lo haré (y ellos lo saben, lo ven en mis ojos guerreros e insumisos), les haré falta y les costará encontrar a alguien que me sustituya. No sería la primera vez que me pasara.

Ha desaparecido un poco el miedo ahora que lo he escrito todo, pero no quiero que desaparezca en este momento. Como siempre se ha dicho, el miedo nunca debe paralizarte, pero tampoco puede morir del todo, porque es el miedo lo que te hace luchar y protegerte, porque siempre hay cosas de las que te tienes que defender. Tengo miedo de la ignorancia, de la inactividad, de este mundo en el que no te dejan ser quien eres, en el que te imponen reglas, juegos estúpidos que solo ellos comprenden y en los que solo ellos pueden salir vencedores. Porque somos unos peones y quien piense que no, se equivoca. Porque somos marionetas, porque hacen con nosotros lo que quieren, pero de igual manera, algo nuevo está surgiendo y llegará el día en el que no puedan con nosotros, en el que no deberemos huir a otro país para encontrar una vida mejor. Que mejor muchas veces solo significa encontrar trabajo, no siempre en mejores condiciones. Porque ellos siempre serán unos tiranos. ¿Cómo si no han creado su pequeño imperio?

Y ahora ha salido el sol entre nubes deshilachadas.

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La sangre

Tenía trece años, casi catorce, cuando me vino la regla por primera vez. Igual que a mi madre, a la misma edad, con trece para cumplir catorce, y como mi abuela, supongo, aunque eso realmente nadie me lo ha dicho nunca, sino que yo me monté esa idea hace años y así se ha quedado.

Yo siempre había prestado especial atención a lo que contaba una chica de mi clase sobre su abuela, que no tuvo la regla hasta los dieciocho años, y yo pensaba que correría su misma suerte, tenía la esperanza de que no me vendría la regla hasta cumplir la mayoría de edad, porque, si a la abuela de Susana le había pasado, ¿por qué a mí no? Sin embargo, luego me obsesionaba con la idea de que sería un bicho raro y a lo mejor nunca tendría la regla y no podría tener hijos, aunque esto último poco me preocupaba ya de pequeña. Siempre le había tenido un miedo horrible a la regla y supongo que es lo que la sociedad nos ha enseñado. A eso y a que nos dé asco, a tener asco por nuestro propio cuerpo, por algo tan natural y bueno como la menstruación, que si viene con cierta regularidad es indicio de una buena salud.

ruth bernhard

Pero yo no fui una excepción. A partir de ese día en que en mi casa se brindó con copas de cava por la nueva mujer que había en la familia, me empecé a dar un poco de asco. Recuerdo ese día porque llevaba unos pantalones verdes fluorescentes que se llevaban mucho en aquella época y que, sin embargo, yo odiaba a muerte y deseé haberlos manchado con mi propia sangre, pero no fue así y me llevé una decepción al ver mis braguitas de algodón manchadas por una pequeña gota de un color indefinido, entre el marrón, el rojo y el granate. Por aquella época, mi regla no era especialmente sana y mi relación con mi cuerpo tampoco. Como me daba asco estar con la regla, me duchaba más de una vez al día para sentirme limpia. Y de nuevo debo echarle la culpa a la sociedad, esta sociedad que las estúpidas niñas de mi clase y sus estúpidas madres le pusieran estúpidos nombres a la regla. Esquivaban menstruación o período (aunque período tampoco me ha gustado nunca porque me parece una palabra muy afectada, usada por señoritas de buena casa de los años 50) para hablar de la Pepa, la vecina, la roja. Y me parecía una actitud tan pueril que me echaba a reír solo de oírlas. Y yo, por mucho asco que le tuviera a mi regla, nunca la habría llamado así. Simplemente, no la llamaba.

Luego se me pasó un poco la tontería y comencé a llamar a las cosas por su nombre. También me cambió un poco la mentalidad la hermana mayor de una amiga, que era muy feminista, fumaba mucho y no llevaba sujetador. Más adelante, comprendí que ser feminista no consistía en eso. Pero la hermana de mi amiga fue a varias manifestaciones con compresas manchadas por su propia regla, para reivindicar un ciclo natural de una mujer, y supongo que para algo más. Yo era muy pequeña y había visto muy poco mundo como para entenderlo. Y eso, por aquel entonces, era muy… innovador y la convertía en una mujer independiente y moderna a mis ojos y en una furcia a los ojos de los demás.

A partir de ahí, empecé a analizar mi sangre, su textura, su olor y su color. Y me gustaba, era granate o burdeos (el color con el que las femmes fatales se pintan los labios) y abundante y líquida; fluía como yo. Así que mi regla pasó en unos meses de parecerme nauseabunda a fascinarme. Supongo que por eso, cuando me duchaba, mis ojos no podían dejar de observar cómo la sangre se iba por el desagüe en círculos, creando formas maravillosas e inverosímiles, como un tejido deshilachado. Y supongo que también tengo una foto con mi pierna manchada de sangre por eso. Y otra con un corazón de color granate en su torso desnudo.

pinterest: bellaxlovee ✧☾:

Por eso, cuando era joven me encantaba follar con él cuando tenía la menstruación, sobre todo si yo me ponía arriba, porque toda su polla quedaba llena de mí y su barriga, su ombligo, sus ingles. Supongo que me gustaba ese proceso inverso en el que yo predominaba, él quedaba lleno de mí y no yo llena de él. Yo también me llenaba de sangre y a mí no me importaba y a él menos. Luego nos quedábamos estirados en la cama, yo haciendo dibujos por todo su cuerpo con mi sangre, él solamente observando, sonriente y extrañado, sin abrir la boca, hasta que la sangre se secaba y mi diversión llegaba a su fin y nos duchábamos juntos y cada uno limpiaba al otro. Le quería mucho y cada día me pregunto qué será de él y n o logro recordar por qué nuestra relación se acabó, quién decidió terminar o cuál fue el detonante. Sé que, si se lo hubiera pedido, él me habría comido el coño y, cuando yo ya me hubiese corrido, él saldría de entre mis piernas con la boca, los dientes, los labios y la nariz ensangrentados. Si se lo hubiera pedido, claro. Así que ahora que estoy casada con un hombre a quien le repugna tocarme cuando estoy con la menstruación, supongo que ya no podré ver nunca esa fantasía cumplida. Quería sentirme como una diosa e imagino que me excedí, que no debo pretender ser algo que no soy porque esta, hijos míos, es la sangre de nuestro señor.

Cosas necesarias

Ya no sé si escribir sobre aquella luna poderosa que empujaba a esos seres negros lejos de sí o sobre el día en que tu semen era miel, o tal vez el día en el que aparecía aquella mujer rubia, imponente, elegante, pidiéndome perdón por haber sido desconsiderada conmigo, que tuvo un mal día porque su novio la había dejado. O de hablar del día que me enfadé contigo porque hiciste que la casa se inundara y despertaste a mis compañeros de piso, que en ese momento dormían y por quien yo intentaba velar. Y ya no me entiendo ni a mí misma, he creado confusión de nuevo y en parte me alegro de ello. Porque tampoco sé si esto lo recuerdo o lo sueño, si lo vivo o lo imagino o tal vez lo leo y lo copio aquí mismo, no palabra por palabra, pero sí idea por idea, como la idea de aquel hombre que para mí se hacía tan insoportable pero que no lo era tanto para su esposa, pues esta no veía sus manías como defectos ni como algún problema que hay que eliminar de raíz, sino como algo que había que dejar pasar, en el caso de que no fuera posible complacerle. Nada con colorantes ni aditivos, nada con vísceras, ni sangre, es decir, no se podía meter en la casa ni chorizo ni fuet ni jamón serrano, porque eso para él estaba crudo. Se le quitaban los tendones a todo, y cualquier posible trozo de grasa, como en aquel programa donde había un judío quitándole al chivo todo lo que no le gustaba, lavándolo después y luego volviéndolo a lavar.

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Pero también podría hablar de cuando las imágenes me transmitían más, de cuando todo me podía producir un escalofrío si me lo proponía y de cuando tenía tiempo –en ocasiones demasiado- para mí, para pensar, reflexionar, mirar el techo un momento y ver dibujos maravillosos o estrambóticos o ambas cosas a la vez y ahora me fijo y hoy es el día en el que no sé colocar los acentos, o su marca gráfica, mejor dicho, donde les toca. Lo pongo en la vocal que no es. Y leo lo que ella escribe y no me parece tan bonito ni tan verdadero ni tan elocuente ni, por lo tanto, tan admirable. No me resulta creíble que haya quien la siga, pero luego pienso en su situación y me recuerda un poquito a mí el verano pasado y fue allí cuando conseguí escribir algún que otro texto que aún tengo en la mente y que al releer tiempo después me hace pensar si soy la misma. Y está claro que no, la respuesta siempre va a ser no, porque no somos la persona que fuimos ayer ni la que seremos mañana, aunque no debería recurrir a un aforismo que sentencia, como bien me dijeron un día.

Lo que me hace pensar que también podría hablar de la frase que leí desde el autobús pintada en letras rojas en un muro gris y viejo, enmohecido ya. “No es bueno adaptarse a una sociedad enferma”. Y me hizo pensar mucho y creo que se la he dicho a poca gente. Y también esto me hace pensar que estoy escribiendo todo seguido sobre lo que me he ido guardando durante un mes entero, o quizá dos, y ahora lo estoy sacando todo de dentro como fuego, o como basura quizá que debo expulsar de mi cuerpo. Volviendo a ella, supongo que en el fondo me gusta ver que, aunque ya no seamos amigas, saca algo bueno de su situación, y saca tema de cualquier cosa, escribe de lo que sea, aunque no le pase nada, de un niño, de un pájaro, de una ardilla, de recuerdos (porque sé que es lo único que queda cuando estás así), de lo que siente… y lo adorna. Lo decora y lo pinta con una brocha, de color gris si quiere hacerlo más emotivo de lo que es y más triste y más nostálgico, o de color rojo (yo habría elegido siempre el amarillo) si lo quiere hacer más especial y más bonito de lo que fue.

El caso es que también podría hablarte de aquellos hombres borrachos que hablaban en el bus sobre quién fue primero, si Jesucristo o Allah, o sobre la sensación que se produce en mis dedos cuando estos teclean rápido palabras inconexas, o sobre lo viva que me siento cuando te quiero explicar de todo y contar de todo y cuando tengo mil planes por delante, pero siempre hay una nube que los tapa un poco…

Inicios

Fue precioso el reencuentro con él el domingo, bueno el sábado por la madrugada. Había sido muy difícil estar las últimas semanas separada de él y fue toda una sorpresa que entrase por la puerta porque me había dicho por WhatsApp que tardaría más porque a esas horas los metros pasaban con menos frecuencia. Me había mentido para darme una sorpresa y en cuanto entró me besó mucho y nos abrazamos y me dijo que olía a felicidad, yo y toda su habitación. A mí normalmente no me gusta su habitación pero aquel día, cuando llegué y me tumbé en su cama, sentí su olor, y aquello fue lo más parecido que tuve en mucho tiempo a estar con él. Me sentía como en casa, cerca de él.

Nuestras sonrisas eran tan amplias y sinceras… Nos mirábamos como si nos acabáramos de descubrir, con unos ojos nuevos. Y me encantó esa sensación. Él se tumbó junto a mí y nos besamos con más pasión e hicimos el amor y lo necesitaba, necesitaba sentirle así, desnudo, tan pegado a mí, como si fuéramos uno, necesitaba ver su cara de deseo y también su cara de placer y la que hace al correrse, porque nos corrimos a la vez, muy rápido los dos. Lo hicimos como 9 veces esa noche y lo habría hecho mil veces más con él. Todo con él. Nunca había querido a nadie de esta manera. Estuvimos hablando mucho también y acariciándonos y yo le había comprado un menú del Burger King porque sabía que llegaría con hambre y me encantó verle comer con esa felicidad en la cama, los dos desnudos. Y me repitió mil veces que le encantaba verme con esa sonrisa tan grande y tan real, tan bonita. Fue lo mejor del mundo, incluso mejor que el reencuentro en el aeropuerto cuando él vino de Inglaterra. Fue incluso mejor porque esta vez teníamos algo más fuerte, un vínculo muy estrecho, una relación muy bonita y duradera.

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Apollonia Saintclair

El domingo dormimos hasta muy tarde y nos hicimos unos espaguetis como solemos hacer nosotros cuando no tenemos de casi nada. Él puso a lavar su ropa sucia e hizo alguna tarea, pero nos pasamos casi todo el día encerrados en su habitación, haciendo el amor. Por la tarde, fuimos a comprar comida para los bocatas del día siguiente y fue muy relajante pasear con el aire fresco. Él compró los condones y la comida y yo le invité a un helado de caramelo que se nos antojó a los dos. Los helados eran un poco empalagosos, no nos convencieron, pero me encantó estar allí sentada en el banco del parque de enfrente de la Sagrada Familia, abrazados y mirando a todo el mundo y riéndonos de ellos.

Luego cocinamos juntos y me medio enfadé porque a él se le quemó la pastilla de caldo, sí, en serio, algo imposible de quemar. Hicimos arroz con pollo pero a mi manera para que todo tuviese más sabor porque no había cebolla, así que pusimos en la misma cazuela todos los ingredientes (patata y zanahoria incluidos) con agua, lo dejamos a fuego lento y nos fuimos a duchar juntos, y me volvió a arropar con la toalla cuando salimos de la ducha porque sabe que me encanta, que me hace sentir como una niña que está en buenas manos, que está protegida.

Y subimos a la terraza con la cena y estaba muy buena, la verdad, el arroz un poco pasado pero con mucho sabor, y él se lo comió con tantas ganas y se le veía tan agradecido… Super bien, es nuestra esa terraza, estuvimos contemplando el cielo anaranjado de las nubes, no había mucha oscuridad, nunca la hay en Barcelona, pero hay cierta belleza en ese cielo también. Estuvimos abrazados y recordando cosas de hacía tiempo, entonces nos pusimos a leer la conversación que yo siempre tendré guardada de hace tiempo, desde el principio, desde que nos conocimos, y nos reímos mucho, nos gustó recordar nuestros inicios y cómo empezó todo. Fue muy bonito, le quiero, la verdad. Demasiado.

Cuando bajamos íbamos a dormir, pero follamos.