Primeras segundas citas

Nos paramos en el semáforo en rojo. Le sonrío todo el rato, él sonríe tímido. ¿Por qué te ríes de mí? Siempre que le sonrío se cree que me estoy riendo de él, de su pelo, de algo que tiene en la cara. Cambia a verde y cruzamos sin darnos la mano. Desde la acera de enfrente, una mujer cruza montada en bici. “Esa señora te ha mirado mal. Habrá pensado que dónde va el hippie este”. Ahí sí me río y él también.

Es raro, es duro, es reconfortante, es una emoción nueva que no había sentido nunca. Es una sensación picante y dulce, pero también algo salada, que te hace escocer los ojos, pero también reír desde el fondo de la garganta, que da ganas de gritar de felicidad y también causa pena por la situación o más bien porque esta vaya a acabarse. ¿Tú lo has sentido también? No eres un espejismo, ¿verdad?

Me pregunta por mi familia; yo le pregunto por sus compañeros de piso. Al principio, hay muchos silencios, pero llegamos a una fuente. “Aquí es donde metimos los pies, ¿verdad?” Lo recuerda, ¿cómo iba a olvidarlo? Barcelona está plagada de referencias a nosotros. No nos hemos amoldado a lo que ofrece la ciudad, al revés, la ciudad gira en torno a los dos, a lo que hemos vivido. Y no se nos va a poder sacar de las entrañas.

Seguimos caminando mucho rato, él peinándose el flequillo que le ha crecido mucho durante estos meses, con la bicicleta sujeta con la otra mano, yo acalorada por el tejano largo y ajustado que me he puesto. ¿Qué habrás pensado de mí? ¿Que estoy más guapa, más delgada, más morena, más sonriente, más triste, más callada, más charlatana, que he cambiado o que sigo igual que siempre? Yo te veo algo cansado, y algo triste, pero guapísimo, como siempre, y muy bien vestido, aunque cualquier cosa te queda bien, pero también te veo más metido en tus pensamientos.

Entonces le cojo la bici y me subo a ella y empezamos a bromear y siento que es la persona que mejor me conoce del mundo y la que mejor me hace sentir. Cuando llegamos al Jardín de Cervantes, que tiene unas pocas rosas secas a su alrededor, saco la toalla de la mochila y nos sentamos en el césped. Me habla mucho del trabajo. Por un lado, me interesa, me encanta ver que consigue las metas que se propone, aunque eso le suponga noches de insomnio, quebraderos de cabeza y horas extra. Sin embargo, sé que él no ha nacido solo para eso, él tiene algo dentro que aún no ha dejado ver a nadie, puede con todo y más, sería capaz de cambiar el mundo, y antes era consciente de eso, pero ahora no se lo cree. Espero que pronto vuelva a confiar en todo lo que puede hacer.

Tengo mi lista entre las páginas de ese libro que comencé ayer mismo -Gracias a esa novela no me he puesto tan nerviosa de camino aquí-, pero no la saco de la mochila. La intento recordar para hacerle todas las preguntas que se me han quedado sin respuesta y para contarle una a una las cosas que me han enfadado, o emocionado o cambiado de algún modo. Le hablo de la lista de preguntas y me pide que la saque. No lo hago por vergüenza, pero tampoco me callo. Le pregunto por sus rutinas de ejercicio, si se ha cocinado durante la cuarentena, qué le pareció La piel que habito, le demuestro que he aprendido a hacer el puente. Creo que a él le gusta mi espontaneidad.

Entonces su madre le llama varias veces y él le cuelga el teléfono. Le pide ayuda con la declaración de la renta y en ese momento, él se agobia, con eso y con todo lo que tiene que hacer una vez llegue a casa, porque mañana es lunes.

Propone ir a tomar algo y nos sentamos en el bar más feo y caro de Diagonal. Sabía que él pediría unas bravas, nunca se puede estar de comer. Yo me pido una cerveza alemana y él una 1906. He vuelto a perder, mi cerveza no está muy buena. Me propone hacer un cambio, es el mejor.

-¿Podré comer bravas? Las hemos pedido los dos, ¿no?

Cuando llegan las bravas, están malísimas y le digo que ya no quiero.

-Pero, ¿no que las habíamos pedido los dos? –y se ríe, con esa sonrisa enorme.

Entonces él ya se ha acabado la cerveza, dice que quiere volver a casa, que está muy cansado, y yo le acabo de enseñar las fotos del pantano donde fui el otro día con Marc. Cuando entra a pagar, me quedo mirando hacia el sol fijamente y me lloran los ojos, y lloro también, porque veo que no está bien y me gustaría cuidarle toda la vida y estar juntos para siempre. Sé que va a llevar tiempo, pero me da igual.

Sale de pagar y en cuanto me ve con la cabeza girada, sabe lo que pasa, y me abraza con mucha fuerza, como si no fuera a soltarme nunca. Nos vamos de allí y él empieza a llorar también. Y me disculpo porque no quiero que llore por mí, le digo que soy una tonta. Se debe sentir culpable, pero él no decide sobre sí mismo ahora, no debe sentirse mal.

Le abrazo yo ahora. “¿El amor no es suficiente?”. Y él asiente con la cabeza, aún con lágrimas en los ojos. Caminamos hasta Plaza España y ahí me cuenta un poco más sobre lo que le pasa, o más bien, yo voy descartando posibilidades.

-Supongo que te comparas con tu yo del pasado y te sientes mal porque ahora mismo no puedes dar todo lo que dabas antes.

Nos despedimos en la parada de metro y le regalo un marcapáginas que hice yo misma. Esta pluma escribirá toda la felicidad, el amor, las risas y los viajes que te quedan por vivir. Entonces me abraza y me besa y me dice que me quiere mucho. Y yo no necesito nada más, ya me puedo morir tranquila.

Freepik.es

Más allá

Anoche, justo antes de quedarme dormida, me acordé de las clases de español que le daba a Theresa. La verdad es que no recuerdo su nombre, así que le he puesto Theresa. Lo que sí recuerdo es que era una persona muy agradable, que intentaba hacer sentir cómodo a todo el mundo. Además, me gustaba su estilo de vida. Era política, pero estaba en el partido verde, lo que dice mucho de ella. Quería promover políticas medioambientales, de igualdad, de protección al ciudadano. Una persona con principios.

El caso es que la imagen que me vino a la mente fue la de mí misma con mi bicicleta, feliz, con mi hogar, yendo a mi antiguo barrio para darle clase a esa mujer tan agradable. A la ida, casi todo bajada, con mi portátil en la mochila, cada viernes por la mañana, respirando el aire frío de la ciudad, el de primera hora de la mañana para luego volver a casa resoplando por falta de oxígeno, pero feliz. Con la nariz roja, las manos entumecidas, pero feliz, de hacer y deshacer, de haber creado mi propia vida, de vivir en una gran ciudad donde hay mil cosas que hacer, pero a la vez en una zona tranquila, alejada del bullicio del centro, con jardín, con naturaleza, con espacio, con luz. Las casas de Kensington y las de Moonee Ponds me encantaban, bastante antiguas todas, algunas con jardines descuidados, todos vallados con cercas de madera, cuya pintura estaba desconchada por la lluvia y la humedad. Cada rincón era un mundo nuevo para mí. Descubrir, explorar, eso es lo que me apasiona, sentirme perdida en un lugar, pero sin ninguna connotación negativa, dejarme guiar por mis propias piernas. Wandern. Pasear sin rumbo. Doblar una esquina a la derecha, otra a la izquierda, descubrir un parque y cruzarlo, encontrar un callejón escondido y pasar por él, pararme a contemplar la fachada de una casa cualquiera, oír el sonido de los pájaros, mirar el cartel de una cafetería con las puertas abiertas.

Luego en Brunswick volví a descubrir lugares nuevos, aunque no tantos, iba hasta la calle principal y me dejaba impresionar por todas las tiendas, anticuarios y bares. Dejaba la bicicleta sin atar, junto a una farola, y me metía en el primer museo o centro público que veía, admiraba exposiciones, hablaba con los captadores de ONGs, me apuntaba panaderías que tenían muy buen aspecto donde comprar baguettes o dulces o lugares para ir con él, para llevarle y sorprenderle y hacerle feliz, y compartir mi conocimiento con él, mis descubrimientos, compartirlo todo con él. Lo que hago cuando estoy feliz y lo que hago cuando tengo ganas de llorar y me siento sola. Entregarle mi piel, mis ojos, mis sentimientos, todo, pero sin perder yo todo eso. Entregárselo con confianza, con la confianza de que él sabrá apreciarlo y de que hará lo mismo conmigo, me dejará ver más allá de su fachada, más allá de su trabajo y de sus gustos musicales. Crecer juntos.

Lo que pronto nos diremos

11/3

He vuelto al médico y pensaba que me operarían, pero se ve que es más complejo de lo esperado. Me han hecho un electro, me ha visitado el anestesista y me han hecho una analítica. Cuando me han tumbado en la camilla para el electro, sin camiseta ni sujetador, con esa luz fluorescente y un montón de cables conectados a mi cuerpo, me han entrado ganas de llorar. Me he acordado de cuando tenía epilepsia. Y me he sentido sola porque no cuento contigo para explicarte algo tan importante.

Veo fotos de travel bloggers y me acuerdo de nosotros, de cuando llegamos a aquel pueblo tan pequeño donde no había nada. Y vimos un delfín. Y queríamos alquilar un kayak, pero la tienda cerraba. ¿Era Nambucca Heads? Y pienso en todos los viajes que yo escribí y tú imprimiste y colgaste en la pared con chinchetas.

12/03

Me gusta que te preocupes por mí y mi familia. Me encantaría que vinieras el domingo al cumpleaños de la mama y que estuviéramos juntos en cuarentena. Trabajar juntos sería muy divertido, nos meteríamos mucho el uno con el otro.

Han cancelado la Telecogresca. Quizá es una señal, significa que tendremos que ver Lágrimas de sangre juntos. Algún día.

Ha explotado una fábrica química en Barcelona, me gustaría saber si eso te ha afectado, he visto imágenes de carreteras cubiertas totalmente por una capa de polvo blanco. Está siendo nefasto este 2020, ¿no?

13/03

Primer día de confinamiento.

Después de trabajar en el comedor, voy a por espárragos con mi padre y pienso que tú viniste una o dos veces con nosotros y que te haría ilusión estar aquí. Pasa un coche y mi padre me cuenta que el hijo de ese hombre murió ahogado, pillado por las compuertas de un contenedor de basura. Se me queda mal cuerpo.

Pienso que ahora me he quedado sin peluquero, ya que ya no podré escribirle a Junior ni ir a tu casa para que me corte el pelo. También hemos mirado una selección de fotos que hice para el regalo de la mama y apareces tú. ¿Debería quitar esas fotos? Me pregunto qué harás tú. He visto las dos fotos que has subido a Instagram y me han gustado, me parecen muy artísticas, siempre te he dicho que tienes un enfoque diferente.

2

15/03

Empiezo un nuevo libro, Matar a un ruiseñor, y hago yoga con mi hermana. Cuando me desvisto para meterme en la ducha, veo mi cuerpo, mi vientre terso y me imagino desnuda contigo.

16/03

Por la noche, leo las revistas de National Geographic y me imagino que compro los vuelos a las Azores para este verano, con tu nombre en el billete. Y pienso que, aunque no estemos juntos en agosto, eres tú la persona con la que me gusta viajar y me iría contigo sin dudarlo. Pegamos mucho.

¿Tú duermes bien al menos? Porque yo no.

17/03

Creo que cada día veo más borroso.

Me levanto a las 8, enciendo el portátil, introduzco la tarjeta en la ranura y me quedo mirando la pantalla. Cuando mi hermano se sienta enfrente para desayunar, me entran ganas de llorar, pero no se me humedecen los ojos, sino que me escuece la nariz, como cuando se te sube el gas de la Fanta.

21/03

No te lo dije, pero el jefe llamó al papa y lo ha enviado al paro con un ERTE. Él ya se lo esperaba, así que no se lo ha tomado tan mal. La mama, que se lo toma todo más a la tremenda, sí que está preocupada. A mí me dio rabia porque los jefes pueden hacer los que les dé la gana en su beneficio, pero veo al papa tan feliz pintando la pared de la terraza que pienso que es mejor así.

Mi hermano rompió ayer la jarra que nos regalaste para el agua, eso sí que me dolió. Me dio mucha pena.

También me leí un artículo de National Geographic sobre Roma y no pude evitar recordar lo genial que fue ese viaje: nuestros helados, los paseos, yo con mi falda, el buen tiempo, aquella botella de vino dulce sentados en un banco, la habitación del hotel con aquel ventanal, la plaza de las palmeras.

Hoy he quitado el polvo, me he duchado y he tomado el sol mucho rato y me veo más guapa cuando tomo el sol, me veo reflejada en la ventana y pienso: Joder, qué guapa. Con esa sonrisota, como tú me decías, y esos mofletes y ese brillo en los ojos.

infinite

22/03

Me siento mucho mejor hoy.

Está bien trabajar mientras fuera llueve y que mi madre me llame desde la cocina para que me coma la masa de las croquetas que ha sobrado.

Luego, he hecho yoga con mi hermana y nos hemos reído muchísimo. Hemos encendido un incienso y ella lo estaba haciendo al revés, casi incendiamos el escritorio. Me relaja tanto el yoga…

25/03

Ya no recordaba cómo era sentir el frío en la piel, va a helar muchos estos días. El aire me rasga la piel de la cara y me reconforta.

Voy lenta, respiro hondo, presto atención a cada detalle. Miro fijamente la antigua fábrica abandonada del paseo porque, desde que la ocuparon, me causa mucha curiosidad. A través de las ventanas, que tienen los cristales rotos, veo trozos de pared, marcos de puerta, luces y tengo la esperanza de ver a alguien, escondido o asomado mirándome, pero no hay nadie.

La revista Traveler de este mes está dedicada a la España rural y me emociono al leer sus artículos, sobre todo el que está dedicado a Delibes. Es un autor que deberías leer.

26/03
Hay un Instagram que va de “unsaid words” o algo así y la gente envía mensajes escritos en sobres arrugados. Me imagino tan patética en un futuro, escribiéndote algo para que me recuerdes y sonrías.

28/03

Andrés de Melbourne me ha escrito y me ha hecho mucha ilusión que me pasara una foto con su padre. De vez en cuando pienso en el padre de Andrés, guardo un buen recuerdo de él. En la foto, aparecía mi bici, aquella que conseguí en Kensington y dejé en Brunswick. La nostalgia, en su justa medida, es buena. Andrés dice que justamente su padre preguntó hace nada por nosotros. Me da pena que hayas decidido abandonar ese “nosotros”.

31/03

Hago videollamada con los de siempre y hablamos de Ot, de cuando llegaste por primera vez a Barcelona y te acogió, de cuando fuimos a la Mercè a ver a Manu Chao y cuando coincidimos en las fiestas de Lleida, yo ya no me acordaba de eso. Nos han pasado tantas cosas…
Cada noche, me acuesto mientras dos jóvenes Juan y Claudia me miran sonrientes desde la playa de la Barceloneta.

03/04

Luego he visto una serie con Irene y nos hemos metido en la cama de los papas. Me ha recordado a nuestra cama de abajo y a tu cama del piso. Me da pena que eso sea algo del pasado. Me he hecho un ovillo y he mirado por la ventana.

04/04

En el libro que me estoy leyendo, las nubes se tiñen al atardecer de color albaricoque. Me parece una comparación tan bonita, necesito aprender a escribir, debería apuntarme a algún curso.

Los fines de semana me gustan más en confinamiento ahora que no estás. Las cenas de los sábados me recuerdan a ti porque te gustan mucho las tapas y me viene a la mente tu carita de felicidad, los carrillos llenos de comida. Hemos hecho ensalada de rúcula y salmón, boquerones fritos y tostadas con esa salsa de mejillones.

He tomado bastante el sol, por la mañana y por la tarde. Y eso me sienta genial. También hemos hecho tarta de queso con la receta de Marta y olía genial, pero no nos la podemos comer hasta mañana. Seguro que tú me habrías convencido para empezarla. Nos imagino mucho viviendo juntos últimamente.

06/04

Marina dice que uno solo con sus pensamientos siempre llega a las mismas conclusiones y que si hablamos los dos, podremos avanzar.

07/04

Me está saliendo una peca en el labio; en realidad, está en la línea que separa la piel más oscura del labio inferior. Me pregunto si te darás cuenta de ella cuando me veas.

Últimamente hay un gato gordo y naranja en el tejado de enfrente y, cuando salimos a aplaudir, se asusta y desaparece dando saltos. No he jugado a ping pong en todo este tiempo, nadie ha querido hacerlo conmigo, así que supongo que tendré que esperar a que vuelvas. Sé que, si estuvieras aquí, ya me habrías metido varias palizas y me habrías dejado ganar un par de veces para que me confiara.

Anoche vimos una película muy buena en la tele, estaba ambientada en la zona de Gaza, en Palestina y tenía escenas bastante cómicas. Me gusta mucho la niña, es muy valiente. En una escena donde el protagonista conduce junto a edificios derruidos, mi madre dice: “qué insensibles nos hemos vuelto”. Y tiene razón, no nos afecta ver esas ciudades destrozadas por la guerra porque ya nos hemos acostumbrado a verlas siempre así. Lo vemos cómo algo normal, eso sí, solo en esa parte del mundo, nunca aquí.

Es el tipo de películas que a ti te gustan y que solemos ver juntos un domingo por la tarde.

10/04
Veo una cuenta de Instagram en la que ilustran diferentes ciudades del mundo durante el confinamiento. Bruselas desayuna, Venecia cocina y Madrid hace el amor. En esta última, se ve, a través de las ventanas, diferentes parejas desnudas, en la cama, en el sofá o de pie. Y me entran muchas ganas de volver a sentirnos desnudos.

12/04

Esta mañana me he sentido feliz. Mientras leía, el papa ha puesto un disco que me recuerda a mi infancia, de viaje en coche, Duncan Du.
Nos hemos comido la Mona e, inevitablemente, me he acordado de tu primera Mona, cuando volvimos de Suiza y te la compré en aquella panadería de la calle Blai. Hemos usado el pollito y la pluma de tu Mona para decorarla. Me gustaría estar contigo.

17/04

Hoy estoy poco satisfecha con la vida, pero luego he hecho yoga y he pensado en las cosas que tengo y que me gustan. Me gustan mis zapatillas de estar por casa, la botella de aluminio que me regalaste, mi culo, mi pelo, el cielo, mi salud, me gusta tu esterilla con la que nos íbamos a la aventura, la alfombra del comedor. Hay que mirar las cosas bonitas de la vida.

21/04

Las vistas desde la ventana de mi habitación son muy feas. No te das cuenta de estos detalles hasta que creces: las terrazas españolas son muy poco estéticas. Parecen un paisaje de tierras de cultivo de diferentes colores, unas más abandonadas, otras más cuidadas, algunas a medio acabar, con palés, tejados de amianto o plásticos transparentes cubriendo agujeros.
Miro una exposición por internet que se titula “Elogio al malentendido”. Y habla de las segundas lecturas, de la versión que cada uno puede tener de un texto, incluso de uno que has escrito tú mismo. Muy interesante.

1

22/04

Por la tarde, mi madre y yo vamos al porcho y pintamos rosas para Sant Jordi. Me gusta esa paz, esa tranquilidad, pongo música y hablamos poco, concentradas en no dejarnos ningún hueco. Cuando mi padre llama al pueblo, le dicen que la abuela lleva días con mareos y que llamaron al médico. Dicen que se está apagando poco a poco.

23/04

“En la lengua que hablan tu lengua y la mía”. Qué bonito pensar que compartimos un idioma que nadie más entiende. Hoy es Sant Jordi y me acuerdo de ti, es mi celebración favorita del año, pero desde que llegaste, la vivo con más emoción porque me gusta enseñarte las tradiciones de mi tierra. Porque me gusta que nos regalemos algo tan especial como un libro. Recuerdo cuando nos separamos durante media hora para darnos la sorpresa de recibir un libro sin saber su título. Tú acertaste con Patria. Yo no acerté tanto con aquel libro un poco aburrido, el de la brújula.

Sant Jordi para mí es siempre el comienzo del buen tiempo, en mi cabeza se ve representado como un día soleado.

Arreglar tu currículum me recuerda a nuestros inicios, cuando empezaste a buscar trabajo en España.

27/04

Joder, oír tu voz tan cálida y hablar contigo me ha dado energía. Me gusta cómo hablas, lo que dices, me cuentas cosas interesantes que te explica tu amigo médico.

Para mí, media hora no es suficiente, me estaría hablando contigo toda la vida. Te imagino en tu balcón, mirando cómo el cielo pasa del celeste al añil. Cuando me dices que has hablado con Carlos para buscar un piso para ti solo, pienso que quiero irme a ese piso contigo, que nos imagino en un estudio pequeño, pero con balcón y los domingos por la mañana entraría el sol por la ventana y nuestra cama se llevaría de luz, los rayos iluminarían nuestros cuerpos desnudos, desayunaríamos croissants o huevos pericos y después iríamos a tomar una cerveza, de esas artesanas que le regalamos a mi padre. Tú estarías más sonriente que ahora, nos contaríamos todo lo que no nos hemos explicado en estos dos meses, me pellizcarías la mejilla y dirías: qué ternura. Y luego iríamos a comer por ahí y volveríamos a casa, nuestra casa, a follar. Y miraríamos por la ventana y cuando refrescase un poco, saldríamos de nuevo a ver el atardecer, sentados en algún parque, yo apoyando la cabeza sobre tu hombro.

29/04
Hoy pienso bastante en Hondarribia y en Plovdiv. Bulgaria es para mí el último viaje bonito que tuvimos. Edimburgo fue bonito, pero muy triste, me quedo con Bulgaria con nuestro tupper de potatnik, la foto que te hice en aquel restaurante tan bonito donde cenamos, el bar de 3 pisos parecido a aquel de Hildesheim donde tú te pediste una cerveza y yo un batido de snickers. Todo lleno de vida y de estudiantes de Erasmus.

30/04

Cuando bajo a la habitación del piso de abajo, huelo tu pantalón del pijama. Parece un gesto tonto, pero de verdad que tiene aún tu olor. Me encanta.

Luego, me pongo crema solar para salir a leer y recuerdo que a ti te gustaba ese olor porque me decías que olía a verano.

Mientras vemos la película de Call me by your name, me acuerdo de lo mucho que lloré cuando me despedí de ti en Alemania; estuve todo el viaje de vuelta en tren llorando.

 

La lista de Tim

Mientras hago el sofrito de las albóndigas me acuerdo de Tim. Siempre me decía que yo le recordaba a su madre, diciéndole lo que le convenía y lo que no, lo que era bueno para su salud y lo que no.

-¿Sabías que ese pescado que te estás comiendo es de los que más mercurio tienen? -le decía yo, alarmándolo un poco.

-¿Ah sí? Bueno, de algo tendremos que morir, ¿no?

Y yo le enumeraba los pescados que menos mercurio tenían, el atún y el tiburón.

Un día, releyendo un libro, encontró un papel arrugado que usaba como punto de libro. En él, había una lista que su madre le había obligado a escribir con diez consejos. Uno de ellos era: “No comas tomates enlatados”. No entendí el motivo de esa prohibición hasta que él me explicó que no sabemos cuánto tiempo llevan los productos dentro de esa lata y que del metal pueden pasar partículas nocivas a los alimentos.

Me río mientras hecho la salsa de tomate de la lata a la cazuela.

En el tram, mientras íbamos a una fiesta improvisada en casa de Holy y James Whatever, me explicó cómo se pronunciaba “masa” en inglés. “Tú simplemente imita a Homer cuando dice “D’ho””.

Luego veo la carta que le envié a Julian por Navidad y nunca llegó a su destino. Al parecer, el cartero no entendió mi 1 y lo confundió con un 9. Aún me sorprendo al pensar que mi postal navideña llegó hasta Australia, hasta Melbourne, hasta su calle, pero no acabó en su buzón, y regresó al mío unas semanas después. Estas Navidades le escribiré otra carta y se la enviaré junto con la del año pasado, aunque no creo que le haga tanta ilusión. Ahora tiene novia y no nos echa de menos.

Últimamente todo me recuerda a allí. Cuando estamos llegando a la esquina de plaza Catalunya, donde hay un McDonalds, huele a los restaurantes de comida rápida de allí, a la calle Flinders, donde se amontonaban mendigos y drogadictos en las esquinas, donde yo siempre miraba una tienda de donuts, pero nunca me compraba ninguno. Donde, en una fiesta, tuvo que venir la ambulancia porque un chico se había intentado cortar las venas en el baño del bar.

IMG_20171226_205140_903

Sales muy bien

Hace un día espectacular hoy, de esos en los que nos vamos al puerto y nos tumbamos en el césped, o incluso a la playa y, con lo locos que estamos, nos metemos en el agua, que seguramente esté helada.

Y como en la tele echan una película basada en una novela medieval, me acuerdo de la avidez con la que te leías La catedral del mar cuando mi madre te regaló el libro por tu cumpleaños. Me contagiaste esas ganas de saber más de la historia. A ti te gustaba especialmente, decías que era muy emocionante leer sobre un lugar donde has vivido. Y se nota que te encanta Barcelona y eso me hace mucha ilusión, tendrías que ver el brillo en tus ojos cuando les hablas a tus amigos de tu ciudad.

Como el primer invierno que pasamos en el pueblo, leyendo aquella novela que sacamos de la biblioteca de Poble-Sec la primera vez que la visitamos. Tú, yo y nuestra buhardilla con balcón.

quemarse

Las cenas de tapas de los sábados, tu carita al comer pescado, cada vez que te compras patatas fritas con mayonesa y kétchup en los puestos de las ferias, aquella fiesta mayor en la que no había nada de ambiente y me dolía la cadera, pero no necesitábamos nada para divertirnos, cómo nos reímos de las servilletas que Víctor deja hechas un gurruño sobre la mesa, cuando odiabas a Dori y yo me reía a más no poder, el restaurante pakistaní, cuando aquel chico se nos acercó en la discoteca para decir que pegábamos mucho, igual que tu peluquero, igual que Christos, el mejor queso del mundo, los domingos de resaca sentados en las escaleras de Montjuïc, tu mano sobre mis caderas al dormir.

Y tú quizá no te acuerdes de esto, siempre dices que tengo muy buena memoria, pero tengo la imagen grabada. Era un día gris, triste, y no hacía frío, pero empezaba a marcharse el verano de manera tardía. No sé qué hicimos para comer, pero seguro que íbamos con el tupper sucio en una bolsa. Y propusiste ir a ver esa feria y caminamos lentamente, yo cogida a tu brazo. Y entre paradas de asociaciones del barrio, con pasteles y dulces, con bisutería, con juegos, nos paramos en aquella donde unos ancianos miraban concentrados un tablero de ajedrez. Y tú y yo, un poco vergonzosos, preguntamos si nos podíamos sentar. Y jugamos una partida, que, por cierto, yo gané. Y para mí eso es la felicidad.

Y luego me vienen imágenes de nuestros viajes de vez en cuando. Nos veo en el bus de Sídney, donde todo comenzó, en dirección a la playa de Bondi. Durmiendo de ilegales en Gold Coast y levantándonos temprano para usar las duchas de la playa, que solo tenían agua fría, tu cara de felicidad navegando, los atardeceres en alta mar, las cervezas que nos tomamos con Pablo en la terraza de una desconocida, la fiesta y los bailes típicos en aquella isla donde llovía durante todo el día, las cervezas en el bar, los pulsos que echábamos sobre la mesa, el frío en los buses nocturnos.

viajar 2

La foto que me hiciste en aquel restaurante de Sofía, cuando se me cerraban los ojos de sueño. Tú feliz con tu móvil nuevo, haciendo fotos artísticas, enseñándomelas orgulloso y yo, aunque te pienses que no te hago caso, sé que tienes algo diferente, algo que capta lo mismo que yo veo, pero desde otra perspectiva, como la foto en blanco y negro en el metro vacío. La nit al barri.

My boy, esa canción suena justo mientras acabo este texto.

No me olvides

Odio los domingos desde que no estás en ellos. Me entristecen, me aburren, me parecen el peor día de la semana. Son tan rutinarios… Cuando acabamos una partida en casa de la yaya que se nos hace eterna, tengo que mirar por la ventana para que no me vean los ojos llorosos. Me duele la cabeza y decido bajar andando para que me dé el aire.

Al despedirnos, la yaya me pregunta si estoy mejor y lo único que puedo hacer es encogerme de hombros porque si hablo, empiezo a llorar, lo sé, se nota en el nudo en la garganta.

ben toms

Un domingo en I. es muy deprimente. Mientras camino, intento no tener pensamientos negativos. Lo he leído en la revista de la yaya, que hoy me olía a canela. Me centro en la respiración, en los pasos que doy, en los sonidos que escucho: pájaros, motores de coche, una avioneta. Por mi mente se pasan las palabras que ahora escribo. Miro mucho más el móvil ahora, aunque no espero que me escribas, solamente espero noticias de amigos. Debo admitir que a veces también miro si estás conectado, pero debería dejar de hacerlo.

En un edificio con oficinas, veo dos placas diferentes. En el primer piso, una empresa de autobuses; en el segundo, un fotógrafo, Balcells.

Al ir hacia I., mi padre y yo hemos hablado bien poco. Él es muy callado, pero ha tenido que ser el que ha guiado la conversación. Yo le contestaba con monosílabos más bien. Hablamos del primo Víctor, que le debe mucho dinero a su padre, del circo que han montado en el pueblo y de mi madre, que sigue con dolor de espalda. Le quiero. Quiero a toda mi familia aunque a veces no les soporte. Creo que él es quien más preocupado está por mí. Igual que fue quien más se preocupó cuando le dije que habíamos empezado a salir.

Me habría gustado ir a la manifestación, pero todas mis amigas estaban fuera. Podría haber ido con Marc, pero no he tenido la fuerza suficiente como para coger el móvil y escribirle, he preferido estar sola y “rayarme” como él dice. “Deberías mantenerte ocupada para distraerte”, me dice, “aunque yo soy partidario de rayarme”. Sus consejos me desconciertan. Entonces siento que me estoy fallando, que nos estoy fallando, que mi deber sería estar allí con el resto de mujeres, pero hoy no puedo.

Bajo una rampa y pienso en aquello que me dijiste: “No me gusto”. No me dijiste que no te gustaras conmigo o que yo te hubiera cambiado, me dijiste que no te gustabas. Quiero estar a tu lado y apoyarte, pero tienes que dejarte ayudar.

Cuando llego al parking donde una vez hablamos tan serios, me siento en un banco al sol, frente a una plazuela con un olivo. El sol dura bien poco y enseguida lo tapan las nubes. Pienso mucho,y lloro cuando no pasa nadie cerca. Pienso en que aquella conversación la tuvimos en diciembre. Pienso que no seré capaz de aguantar dos semanas iguales a esta. Estoy en una especie de bucle de autocompasión. Al menos, soy consciente de ello, así que ya acabaré saliendo, pero veo que no tengo muchos hobbies. Me gusta salir de fiesta, probar restaurantes nuevos, ir a hacer excursiones, leer, viajar, pero no ocupo ninguna tarde en ir a bailar o al gimnasio o a piscina o a un club de lectura, con lo cual, no hago cosas por mí misma la mayoría de veces, sino que necesito otra gente.

Me giro y mis ojos se cruzan con los de un adolescente que me mira desde un balcón. Me pregunto qué habrá pensado de mí, si le habré dado pena o tal vez ni se ha dado cuenta de que he llorado un poco.

simuero

Me levanto con rapidez y prosigo el camino de vuelta a casa. Al lado, la Peña Bética ha organizado una fiesta con barbacoa y todos llevan una cerveza en la mano.

En la cena de ayer, todos estaban agobiados por el trabajo. Ana y Cris se van a pedir una reducción de jornada porque no pueden más, Belén ha dejado las clases particulares que estaba dando, Dani está muy agobiado con los trabajos de la uni, la hermana de Isa se ha tenido que coger la baja por un ataque de ansiedad.

Me pregunto mil cosas. Si habrás cocinado a la hora de comer o solamente te habrás hecho una pizza o algo envasado. Si estarás pensando en mí igual que yo pienso en ti. Si habrás ido a la manifestación o a dar una vuelta. Incluso pienso que Víctor te ha llamado y habéis quedado y por eso no me escribe. Si le contestas a tu madre. Si descansas por las noches o tienes dos marcas marrones debajo de los ojos, como yo. Me pregunto si has llorado porque, si no lo has hecho, te lo sigues guardando todo. Si habrás hablado con Flo o con Santiago. Si seguirás leyendo este blog.

No me olvides, te dije la última vez que nos vimos y tú me dijiste que no lo harías, que eso era imposible. Cumple tu promesa, por favor.

Loca

“Estoy loca, me vendrá a ver mañana, cabizbajo y afligido, como en aquel poema que me aprendí de pequeña, y yo, como si no hubiera pasado nada, le besaré en la boca, me colgaré de su cuello y le diré que le quiero. Y luego que lo siento, como siempre. Todas las veces son de verdad. Y él todas las veces dice que me perdona, aunque últimamente ya no lo creo.”

Le defiendo también delante de todos, amigos y familia, y finjo que va todo bien, siempre hay una disculpa que darles o un motivo por el que no ha podido venir. Tengo muchas ganas de llorar, le pregunté si el cielo lloraba por nosotros y me respondió que no conocía esa canción de Extremoduro. Mientras, las farolas redondas lloraban a la salida del trabajo, las gotas de lluvia, empujadas por el viento, resbalaban por su superficie y se iban bien lejos.

Mi cuerpo ya se ha ido preparando esta semana para lo peor y cuando se lo decía, lo negaba, pero yo sabía cómo acabaría. Aunque esto me da todavía más miedo porque tal vez siento una cierta satisfacción, ya que siempre quiero tener la razón. Puede que hasta yo haya propiciado este desenlace.


Y cada noche lloraba y R, la única persona a quien se lo conté, cada día me preguntaba cómo estaba. Cada día. En persona o por escrito. Y a veces le contestaba que normal, luego que mejor, más tarde que fatal. Rezaba también antes de irme a dormir y llegué a hacer conjuros para que todo volviera a la normalidad y solo conseguía quedarme dormida cuando, agotada, me imaginaba su olor y sus abrazos.

Me leí el libro de poemas entero en una sola tarde, en un par de horas más bien, en aquella librería del centro comercial, sintiéndome identificada con cada una de las palabras de la autora. Luego fui a su casa y lo dejé todo preparado: el agua hirviendo, las patatas para la tortilla, la habitación ordenada, las fiambreras limpias. Y aún me sobraba tiempo hasta que llegara y me movía de un lado a otro nerviosa. Y me asomaba al balcón para ver si venía. Cuando llegó y le puse esa cara triste y me abrazó y sacó un par de cervezas de la nevera y puso música, por fin me tranquilicé un poco y todos mis músculos se relajaron. Porque vi que me quería de verdad. Acabó de hacer la cena mientras yo me duchaba y fui realmente feliz.

someones

Volviendo en coche del trabajo, otro día, algo suave pasó por encima de la luna y al principio pensé que era una pelusa o suciedad, pero enseguida vi que se trataba de los pétalos de un almendro que hay junto a la autovía. Y de pronto pensé que quizá nosotros éramos como los almendros, habíamos florecido tímidamente antes de tiempo, a finales de enero, y éramos producto de una ola de calor que no era normal ni duradera y que cuando llegara la helada, se nos morirían las flores.

Ya no soy capaz de recordar las conversaciones que mantenemos, creo que más bien hablo yo sola y él asiente o niega. Y no recuerdo mis palabras. Recordar sus palabras cuando hablaba me resultaba más fácil. Cuando nos sentamos en el banco del parque que está frente a la casa de mi abuela, para hacer tiempo, hablamos de su madre y sus tías, que vendrán este verano a España.

-Todo está un poco indescifrable para mí, ¿no?

No responde.

-¿No crees? -insisto.

-Pero es que no te entiendo. ¿A qué te refieres con “todo”?

-Nosotros.

-Pero eso no es “todo”.

-Para mí sí lo es.

Antes casi todos los textos que escribía iban dirigidos a ti. “Cada vez que me dices te quiero, respiro un poco mejor”.

amor

¡Felices fiestas!

El aire es más puro en el pueblo, pero se respira peor, o al menos eso es lo que dice mi tía, por la altitud. Como la veo tan jovial, no me doy cuenta de que ya está cerca de los setenta y yo sigo caminando por la cuesta hasta que ella me dice, con la respiración entrecortada, que ya es hora de volver a casa. Y mis padres también han envejecido ante mis ojos esta Navidad.

Una tarde, vamos mi padre y yo hasta la loma, y se le ve feliz, con los suyos, donde nació, en el campo, en el monte, con color en las mejillas. Caminamos a buen ritmo y en el monte buscamos la suerte de leña de mi primo. Le ha tocado el número 9 este año. Y me habla de los cotos, no se me queda el nombre, que son unos montones de tierra que se hacen para marcar los diferentes grupos de árboles. Y hay varios huecos también, por un segundo me imagino que alguien entierra a mi padre allí. Soy rara.

Y las partidas al tute con la abuela, las películas de superhéroes por la noche, las cenas improvisadas, la bodega. En la bodega, Carla y Aitor, los reprimos, cogen confianza y al final de la noche nos han contado tantos chistes que no queremos oírlos hablar más. Con Paula recordamos nuestra infancia, la era, la máquina donde metimos racimos de uvas, cuando jugábamos a Operación Triunfo…

Y de vuelta a casa, mis primos pequeños, los americanos. Creo que son las mejores fiestas de mi vida. Vamos a tomar algo después del karting y conseguimos comunicarnos a pesar de que entienden, pero no hablan mucho el idioma. Las hermandades de la uni, el baloncesto, el partido de ayer, el béisbol, qué estudian o estudiarán, dónde quieren vivir. Tengo ganas de ir a verlos ahora, aunque no creo que lo haga pronto.

Para fin de año, les saco de fiesta. Y el mayor: Tengo ganas de fumar. Ya no son niños. Me hace gracia porque hablan poco español, pero se las apañan para comprar tabaco y cerveza. Me despido de ellos en el último bar de la ruta esperando que sepan llegar a casa solos.

Y él me dice que ha soñado que me follaba por el culo y que se ha levantado empalmado. ¿Cómo debo tomarme yo eso? ¡Felices fiestas!

pueblo

Mis comienzos en un maravilloso trabajo de oficina

17/9

Un

vals

que

me

da

a

ras

de

Que parece de verdad… No me dan tiempo para estar sola y hay mucho ruido, hacen mucho ruido, muchas voces explicando cosas que no me interesan. Hablándome de famosos, de series, de redes sociales. Ahora viene el frío, llevo una chaqueta puesta, que me va grande, huele bien y me resulta cómoda, para esconderme, para no tener que mirar a los ojos de nadie, ni sonreír, ni fingir que me interesa la conversación, y escucho música, pero hasta la música es de otros, y no me deja estar totalmente sola. Tengo que revisar si la alarma antirrobo está bien escrita en estonio, idioma que desconozco. Parezco una máquina a veces, me hacen trabajar en cadena y no uso el cerebro.

Me marcharía ahora mismo a un lugar bien lejos. Lo primero que me viene a la mente es una isla griega, pero necesito algo más alejado, una casa en la mitad de la nada, en la inland de Australia o en el estado de Utah, donde en invierno hace mucho frío, salir a dar una vuelta, recoger algo de leña para la chimenea, volver a casa, preparar la comida y escribir.

libre2

8/8

A veces siento que grito, que apabullo a cierta gente, que no quiero ser yo. Otros días, me gusto. Hoy me veo guapísima, pero no me siento cómoda, no para de mirarme todo el mundo, especialmente hombres, y supongo que mi mente se inventa las miradas de las mujeres también, que le pondrían unos centímetros de más a mi camiseta o harían lo que fuera porque el pantalón no se me ajustase tanto a las caderas. Sé que, en la mayoría de los casos, esto son solo imaginaciones mías, pero no puedo evitar darle vueltas al tema. Se ve el reproche en sus ojos. Digo que como lo que quiero y no engordo y mi compañera me mira mal. ¿Tal vez no debería hacer comentarios así sabiendo que hay personas a las que les cuesta tanto mantener un peso adecuado? Pero, ¿qué es un peso adecuado? Además, mi compañera también come lo que quiere, pero ella tiene después un sentimiento de culpa que yo, en cambio, no he sentido en mi vida.

Hay días en los que pienso que cualquier palabra que pronuncio puede malinterpretarse. Por eso a veces callo tanto, sobre todo con ellos, porque juzgan, porque no me dejan ser yo misma, y prefiero mil veces antes lo que yo soy a lo que ellos son.

6/8

Le ha cambiado el humor, a veces me recuerda demasiado a su madre y eso me asusta. Veo reflejada en sus ojos la ira, la rabia o la frustración. Hay personas a las que les resulta imposible ser felices y eso me entristece. Porque no pensaba que a M. le sucedería lo mismo. A veces sonríe mucho y es divertida y me cuenta las locuras que hizo la última vez que salió de fiesta, pero es tan inconformista y quiere hacer tantas cosas que a veces su vida no le resulta suficiente. En eso no se parece a su madre, su madre es apasionada, sí, pero se puede pasar un fin de semana completo en casa, cocinando, leyendo, viendo la tele. Ella no. Aún recuerdo la noche que pasamos en aquella casa de campo cuando, llorando, me dijo que no sabía si sería capaz de soportar esta vida. En aquel momento, la abracé bien fuerte, pero no volvimos a hablar del tema, ni a la mañana siguiente ni nunca más, y no sé si soy una buena amiga al no sacar el tema otra vez.

libre

12/7

Y mientras habla de sus ideales feministas, va mirando el Instagram y se para en una fotografía concreta y la amplía, se cree que no la he visto, pero, por unos segundos, ha querido acercar la imagen para ver mejor la barriga de esa chica que ha subido una foto en bikini. Y ahí es cuando se juzga. Luego esperamos en la cola para comprar café. Yo no, no quiero caer en eso, que necesite café para empezar, para continuar y para acabar el día me deprime. Lo que miro es esa salida de emergencia: como la puerta es de cristal, puedo ver el exterior. Y hay luz, un cielo azul increíble y unas montañas verdes y frondosas porque a principios de semana llovió. Y de verdad que me entran unas ganas irrefrenables de acercarme a esa puerta. No la abriría, por supuesto, tal vez saltaría una alarma, pero quería acercarme y al final no lo he hecho por miedo a quedar como una loca, a que me mirasen raro solo porque he querido ver lo que podría ser mi libertad.

No vuelvas

Ayer me sentía eufórica y hoy no tengo energía ni para respirar; solo querría ahogarme en el mar, desaparecer de aquí e ir a un lugar donde nadie me reconociese, donde nadie me dijera que sigo igual después de cuatro años. Me duele la cabeza los días en que no salgo de casa. No piso la calle hasta las seis de la tarde, cuando ya es de noche, aunque no acaba de ser noche cerrada. El cielo está de un azul eléctrico, dentro de poco se volverá negro. Y la luna. La luna está enorme y brilla mucho, ha salido hace poco. Le señalo este detalle en cuanto pisamos la calle.

No sé qué decir, estoy muy triste y el motivo, en parte, es porque se va y no se queda conmigo. En parte también es por la cantidad de cosas que tengo en la cabeza, por los recuerdos que me atormentan cuando se cierra una etapa, se cambia de estación, siento que me vuelvo mayor o algo se acaba. O cuando algo o alguien inesperado aparece de nuevo, y vuelve sin gorra pero con la misma sonrisa.

No sé bien bien de qué hablarle, me siento mal y necesitaría un abrazo. Salen los temas de siempre, aunque esta vez es él quien guía la conversación. Me habla del viernes, de lo bien que nos lo pasamos en aquella fiesta. Le contesto sin muchas ganas y no sé si nota que estoy rara; a él también le pasa algo. Mi mente está pensando, mientras tanto, en una botella de cerveza en la mano, en risas, sonrisas, noches de verano, reproches, nostalgia, bromas, pruebas, ver el amanecer en la Barceloneta, en aquellos italianos con los que nos bañamos mi amiga y yo, gente que cruzaría un desierto por ti y, aun así, tú les seguirías diciendo que eso no es suficiente.

También pienso en el rechazo y mi miedo a él. Luego en otra gente, que no movería un dedo por ti haciéndote creer lo contrario y a quienes tú seguirías admirando, valorando o incluso amando.

Más tarde, estamos en la habitación y él me dice que no sabe por qué, pero que tiene ganas de llorar. Le digo que llore, que le sentará bien. Y mientras le tengo en mis brazos, yo también lloro y las lágrimas caen sobre su fuente. Me dice que no sabe por qué llora, que esa sensación que tiene es la misma que ha vivido todas las veces que ha perdido algo, que ha llegado a un país nuevo sin saber qué dirección tomar, cuando ha dejado atrás la vida en su país. Entonces pienso que quizá su subconsciente sabe que me perderá, o que nos perderemos, y eso es lo que más pena me da, porque yo no quiero perderle nunca.

nostalgia3