¿Nos vamos?

Voy al baño a lavarme los dientes y noto que me escuecen los ojos, tengo ganas de llorar. Cuando vuelvo, ya no. Me siento desconectada del mundo y me da miedo que me pase lo mismo que a él. Me da miedo no sentir placer por nada, no disfrutar de nada de lo que estoy haciendo justo ahora. Cada vez me cuesta más. Él me diría: A ti nunca te pasará algo así, siempre estás alegre y haciendo mil planes y cosas, y yo, en mi mente respondería: Tú también eras así, pero te pasó.

El otro día fui a ver a mi abuela y me sentí como en junio, con la cabeza en otra galaxia, totalmente fuera de la conversación. Ella me lo notó. Me fui a casa antes de tiempo, me agobié.

A veces el sentimiento de soledad es tan fuerte que solo quiero que se acabe el día, “salir de mi cabeza”, que diría él. Él tiene razón muchas veces, es el que más piensa de los dos. Yo sigo mis impulsos y lo que me hace sentir bien en el momento, aun así, no me arrepiento de nada, prefiero ser así. Pero me da pánico el paso del tiempo, que no cura nada, que no cierra heridas. Y me da miedo que no tenga ganas de viajar y que eso me pueda ocurrir a mí algún día. Me da miedo el futuro y lo que se espera de mí, me da miedo que llevo dos años en un trabajo que no me gusta y del que no consigo salir. Me da miedo no tenerle a mi lado, no poder contarle lo que me pasa, no poder decir, como otras veces: Lo dejamos todo y nos vamos.

Esta mañana me despierto desnuda entre las sábanas, veo mis caderas, mi vientre plano, mis pechos más grandes porque me vendrá pronto la regla. Y pienso en todas aquellas mañanas de domingo en que me despertaba con esta misma sensación en el cuerpo, con la incertidumbre en la nuca, el miedo en la garganta, la presión en el pecho, pero con su brazo rodeando mi cintura. Así se iba la tristeza de los domingos por la mañana, con sus besos y su piel, con sus pies calentando los míos, con su cuerpo unido al mío, el placer brotando por la boca. El solo hecho de sentir su respiración a mi lado me calmaba. Siempre le ha gustado dormir, pero espero que siga soñando. Yo aún te quiero, espero que tú a mí también.

Créeme si te digo que al 100%

Es un dolor que no tiene fin, un dolor al que yo no pongo fin.

Le creo, pero no le creo. Le conozco, pero no del todo. Sé que me ha mentido alguna vez, pero se lo he dejado pasar. Y aun así, no me parece motivo suficiente para dejar de confiar en él. Yo también le he mentido a veces, todos lo hacemos, no me parece tan mal intentar ahorrarle sufrimiento a un ser querido. Sin embargo, nunca le he mentido cuando me ha hecho una pregunta directa, no he sabido. Y no he querido. Y me siento rara porque le creo y confío totalmente en él, solo le pregunto porque soy insegura.

Lloro. Me hace llorar, habría dicho en otro momento, pero no es así, lloro yo sola, nadie me hace esto salvo yo. Lloro los días impares, lloro el miércoles y el viernes, lloro el domingo después de la comida familiar. El sábado no lloro, solo me voy a dormir triste y preocupada, pensando que soy una idiota. No descanso, no duermo bien, a las 7 miro el móvil y me ha respondido. Me pregunto qué haría despierto a las 5 de la mañana, si se habrá quedado a dormir en su casa, si no tendrá esa necesidad de escribirme “Te quiero” cada vez que se emborracha porque a mí me pasa, por eso guardo el móvil donde no lo pueda coger.

Conoce a chicas, como siempre. Y gusta a las chicas sin querer, eso lo sé. No debería importarme, al revés, supongo que sería mejor. Que conociese a alguien y yo por fin me olvidase de su cara. Luego me calmo recordando que nunca conocerá a nadie que le llene tanto como yo. Que es fácil conocer a mucha gente y que casi siempre son muy simpáticos y guapos y te sonríen, te ofrecen una calada de su porro, te sacan a bailar, se ríen de tus chistes, te dicen que tus pecas son sexys, te guían agarrándote fuerte de las caderas, te miran a los ojos y a la boca, pero no son él.

“La única diferencia entre un sombrero y tú es que el sombrero me lo puedo sacar de la cabeza”, eso me dijeron. Y yo me quedé de una pieza. Me parece increíble despertar sentimientos en otras personas en tan poco tiempo, no recordaba que tuviese ese poder y ahora no me apetece destacar, solo quiero pasar desapercibida.

Y puede que ellas hagan lo mismo, se toquen el pelo, se muerdan el labio inferior mirándole a los ojos, le abracen, le hagan hacer alguna locura, salgan a tomar el aire al balcón para apoyarse en la baranda a su lado, fumen, le ofrezcan un piti y le hablen del cielo, de las estrellas, de la vida, pero no serán yo.

Tiempo. Le hace falta tiempo, pero yo también lo necesito. Necesito ese tiempo para mí, para curarme, para dejar de buscar algo. Cuando me vaya bien lejos, ¿me echará de menos? ¿O solo me escribirá de vez en cuando un “¿Dónde es eso? Se ve muy chévere.” cada vez que vea una foto mía en una jungla, en un glaciar o en una playa desierta? La idea era ir juntos, que se te meta en la cabeza, y las promesas se cumplen.

Una cuchilla, Bob Marley

Una cuchilla, Bob Marley, las escaleras de la estación de Plaza España. Iseo, Grandes, Kundera. Bajo el chorro de agua de la ducha, dulcemente me cubrías de espuma y me rasurabas con cuidado, para no hacerme daño. Antes, fregabas los platos mientras escuchabas reggae, me gusta imaginarte en Londres, trabajando en aquel restaurante durante tantas horas, pero bailando al ritmo de Bob Marley y pensando en la recompensa, estar juntos. Hoy salgo del tren, paso entre las barreras automáticas y espero verte ahí sentado, en las escaleras de la estación, donde me recibiste y despediste tantas veces. Nuestra música en el viaje a Australia, tú contento siempre que sonaban canciones que sabías, la primera autora española que te enseñé, el primer escritor que te leí en voz alta, en una estación de metro, no recuerdo cuál, mientras una pareja se gritaba.

El pintalabios granate, la sudadera verde, el transbordo en Paral·lel, pegatinas de “Te quiero”, pastel de carne. A casi todos los chicos les molesta el sabor del pintalabios, tú era cuando más ganas tenías de besarme. Mi prenda de ropa que más te has puesto. Desde tu trabajo hasta Paral·lel y las risas corriendo para hacer el transbordo a Sagrada Familia. Tú y yo en un metro, agarrados a la misma barra, yo pegando ese texto que llevaste durante semanas en tu móvil.

El gorro marrón, las manillas en el tobillo, un cartel titulado “Francia”. Lo perdiste en Barcelona y en Praga. Nos hicimos las pulseras el verano en que fuimos a Santa Cándida y las dos se rompieron. Nuestro primer y último viaje en autostop.

De fondo de pantalla. Tu madre nos tenía en su móvil. Una noche casi escuchando a Manu Chao. Nuestra tienda de campaña. Tu bici. El drone.

Me pregunto si volverás a bailar algún día, si reirás, si te atreverás, si viajarás, si dejarás atrás esa mirada triste, si me regalarás un vuelo sin avisar, si me llevarás a la próxima aventura, si te comprarás una furgoneta y nos iremos a viajar, si me cogerás como a un saco de patatas mientras gritas a los cuatro vientos que me quieres, para que se entere todo el mundo. Siempre me quedará la duda de saber cómo me habrías pedido que me casara contigo.

Una noche en los Búnkers, hace tiempo, tanto tiempo que te has olvidado de ello. Aquí estamos, mi amor, y ellos ya están muertos.

Solo pienso en tu jeta

En verano, me dice que intente escribir sobre cualquier otra cosa, pero no sobre J y su afirmación me enfada un poco, sin motivo, lo sé. Le contesto que es lo que me nace y que no hay que forzar las cosas, que yo siempre he escrito sobre lo que me ha salido y si ahora solo pienso en J, pues escribo solo sobre J. Él no se lo toma a mal, creo que me conoce lo suficiente como para que mis contestaciones bruscas no le afecten.

Es curioso porque hay pocas personas en el mundo que hayan visto esa parte de mí y, a pesar de todo, él se queda con lo bueno. ¿Por qué me gusta sentirme admirada?

Yo solo sé que me traslado a esa noche en la que las luces de la ciudad lo iluminaban todo, el cielo estaba precioso con unas nubes de contaminación naranja, como en la terraza de J en Sagrada Familia. Y siento la paz, cierro los ojos y vuelvo a estar allí, con una cerveza en la mano, estirada sobre el cemento, a veces hablando, a veces callados. Y ojalá encontrar a más personas con las que estar así de bien. Plenitud, diría J, aunque solo se le parece, esa palabra la reservo para él, por si algún día vuelve.

El caso es que lee mi blog casi desde que le conocí y no suele dar su opinión sobre lo que escribo, puede que porque no le convenza o porque le dé vergüenza. Puede que en realidad sea porque yo le pedí que no hablásemos de este blog, pero sí me dijo que le gustó el último texto que escribí. Espero que, leyendo esto, no se piense que me he enamorado de él como aquella amiga que tuvo.

Eso me recuerda a la vez en la que escribí sobre Tim, le echo mucho de menos. Necesito uno de esos abrazos que nos dábamos al despedirnos, borrachos, él preocupado porque tenía que caminar sola de noche hasta la parada de tram. Un amigo, al leer esas palabras tan preciosas, me preguntó si sentía algo por él. Me enfadó la pregunta porque yo nunca he sentido lo que he sentido por J. Y para mí Tim era como un hermano mayor, siempre cuidándome, pero sin saber cómo cuidar de sí mismo.

Y luego releo lo que he escrito y me pregunto si algún día dejaré de pensar en él, si dejarán de entrarme ganas de llorar al recordar lo que perdimos, si volveré a ser tan feliz como entonces, si volveré a ver una película en la que no vea partes de nosotros dos en los protagonistas, si dejaré de escribir en una libreta todas las preguntas que nunca le pude hacer. ¿Sigues guardando las monedas pequeñas en un tarro de cristal?

Inventando el engaño

Prefiero pensar que mientes, que no me dices toda la verdad, que en tus sueños aparecen otros labios, otra piel. Puede que estés con alguna Carolina o alguna Sandra, españolas ellas, guapas a rabiar, pero morenas siempre, aunque tú hayas sido siempre más de rubias. Así es más fácil, o será más fácil, porque de momento me despierto en mitad de la noche con taquicardias. Ella será espontánea y divertida, te hará reír, y tú saldrás por un momento de ese letargo, de ese abotargamiento. Pensarás por un segundo que la vida tiene sus momentos bonitos. Y no te sentirás atado a nada porque no la querrás, no sentirás el deber de devolverle el amor que ella te entregue, no te dolerá la barriga al mirarla a los ojos y pensar que le estás fallando. Y así irán pasando los días y olvidarás el dolor bajo esa pátina de indiferencia con la que observarás el mundo.

O quizá sea una Nata, colombiana ella, con las uñas largas y pintadas, la melena larga, que solo diga tonterías y se ría por todo. Por eso ya no dices “correrse”, sino “venirse”. Alguien así te podría acompañar en estos momentos. Ella te hablaría tierna y consentida, te haría reír y olvidar, te explicaría anécdotas, como que se discutió con una clienta grosera, no te sabría cocinar, pero pediríais un sushi y antes de las 10, volvería a su casa corriendo. En realidad, ni yo me creo mis historias, pero tendré que hacer un esfuerzo.

Por eso hoy me toco pensando en otro, porque hace una eternidad que no nos sentimos, porque nos echo de menos, pero no puedo correrme con nostalgia. Aunque al final siempre me viene tu imagen, la pregunta que me hiciste en diciembre, tus manos apretando mis costillas y acercándome más a ti. Tu cara mirando al espejo, mi espalda arqueada, tus manos queriendo aprisionar cada parte de mi cuerpo, como si tuviesen memoria y así pudieran conservarme durante más tiempo.

No te laves las manos solo porque te sientas culpable.

Que murió

Mi duelo fue largo, es largo. Si me preguntan por él, podría contestar que murió porque quien era ya no existe.

Duele que la persona más importante de tu vida muera. La gente te mira con pena porque no eres capaz de superarlo.

Le pasó lo mismo a la hermana de un amigo.

Me duele la vida sin ti

Hoy en mi familia recuerdan ese día que pedimos tapas en el sitio de siempre para celebrar el cumpleaños de la yaya. Nos sobró comida, nunca nos sobra comida y se preguntan por qué no teníamos hambre mi hermano y yo aquel día. Él había hecho una barbacoa con unos amigos y estaba lleno, yo no tenía hambre porque me habías dejado hacía dos días. Me duele todo y me pongo a llorar solo de pensarlo, me doy pena. En la película que estamos viendo, los protagonistas se casan. Tú me pediste que me casara contigo, supongo que te has retractado de tu decisión. Te sigo queriendo igual que siempre. Mi tía me dice que esta herida no se me cerrará nunca.

Tu ayuda

Es curioso porque todo empezó a ir mal cuando te compraste el snowboard, tabla de snow, que dices tú. Ese finde me dijiste que necesitabas estar solo, que no fuese a tu casa. Aun así, yo me presenté a tu puerta, me tumbé en tu cama y lloré, y tú me viste llorar, pero no me abrazaste, como en Edimburgo. Vuelvo a sentir esa frialdad, no entiendo dónde habrá ido tu calidez, quién se la habrá llevado o si se habrá escondido en un rincón de tu cerebro, ese que te juega malas pasadas, que te ha quitado la sonrisa y te hace arrastrar los pies al caminar.

Te dije que había pasado unas semanas horribles porque no me hablabas igual y no querías que te llamase, tenía los dientes desgastados de apretarlos fuerte al dormir y me tranquilizaste, me dijiste que no pasaba nada, que solo necesitabas no hacer nada en tu tiempo libre, al menos ese sábado. Que querías descansar y arreglar el snowboard, planchar tus camisas el domingo por la mañana y, como mucho, ir a dar una vuelta solo por la tarde, con los últimos rayos de sol acariciando los escalones de Montjuïc. 

Te entendí y lo acepté porque debe ser duro no tener tiempo libre, acabar de trabajar cada día a las 20.30 y, al llegar a casa, no querer hacer otra cosa que dormir. Y tú dedicabas todo tu tiempo libre a cuidarme, a hacer cosas conmigo, intentabas no echarte la siesta para pasar más rato juntos, yo te llevaba de la mano corriendo de un lado a otro, siempre llegando tarde, siempre dándolo todo, yendo a fiestas, a comidas, a meriendas, a hacer unas cervezas, a museos, a eventos, a ferias, a lugares nuevos. Y tal vez nunca te gustó eso y no supe verlo, o tal vez no lo sabías ni tú. O te gustaba y, en cierto, momento, dejó de gustarte. O es que siempre te he exigido demasiado, ojalá volver atrás, y repetirlo todo una y otra vez hasta el 15 de diciembre, que nunca te fueras por Navidad, que siempre te quedaras a mi lado. Mi cabeza da vueltas, miro al techo sucio de mi piso y siento frío porque no quiero poner la calefacción.

Y eso, que te entendí y te creí, confié en que no pasaba nada, en que solo querías descansar para ir el sábado siguiente a esquiar, pero nos mentiste, a ti y a mí, nos engañaste completamente. Tú también querías creer que era solo eso. Y se sucedieron los lloros y las súplicas, luego el silencio, luego me pasaste una oferta de trabajo, a veces me preguntabas por mi abuela, yo aguanté, no te escribí y vi mi recompensa al final, ese ‘No quiero vivir sin ti’ que me sacó de las tinieblas, y la felicidad momentánea antes del derrumbe, el ojo del huracán, supongo, cualquier otro tópico valdría. Y ahí se acabó todo, ambos lo sabíamos, pero yo no lo asimilé, de modo que uno avanzó y la otra se quedó estancada. Y el día de mi cumpleaños me dijiste que me querías, ¿debo creerlo? Quiéreme siempre.

Y justo hoy te compras otro snowboard y siento que la vida es un círculo constante del que no puedo escapar. Y siento que no quiero escapar tampoco.

Te quiero, pero no sé cómo salir de aquí. Y necesito tu ayuda.

Foto de Mujer creado por wirestock – www.freepik.es

Los dos angelitos

Llego a casa, pero no es mi casa, no tengo casa ahora. Menos mal que cuando llegué a casa seguía siendo mi casa. Esta es una casa prestada que me mira con pena, donde soy, pero no del todo. Hace dos lunes me despedí de mi hermana llorando, diciéndole que llevaba mucho tiempo sin ser yo. Tengo ganas de volver a ser yo y creo que por momentos lo consigo, pero solo es una ilusión, un espejismo creado cuando me rodeo de la gente que me quiere. ¿Era más yo contigo? O quizá era quien me creía que era.

Los dos angelitos hoy no duermen en el sofá. O sí, pero yo no los veo. El piso de abajo olía a membrillo. El ambientador del baño me huele a ti. Siento que tengo el virus. El chico dice que no quiere trabajar más, que se hará ermitaño. Faltan menos de doce horas para volver a empezar. Dicen que Nevers es más triste.

Me lavo los dientes bajo una luz fluorescente que me obliga a contemplar mi cara y observo cómo una vena se empieza a hinchar en mi nariz. Esa vena nunca había existido. Los ojos rojos de estar todo el día en el ordenador. Ahora parte de mi cara es roja también porque me he rascado fuerte para quitarme la vena, se puede palpar su grosor. Luego venas lilas bajo los ojos, eccema lateral.

Sin embargo, me veo guapa. Es raro de explicar, Juan. Decir tu nombre hace que no desaparezcas del todo, revives un segundo antes de morir de nuevo cuando mi lengua choca contra el paladar. Me veo guapa y triste, el semblante apagado pero la piel morena, «aceitunada» diría mi autora favorita de la adolescencia, los labios sin pintar pero de un rojo intenso, como si alguien los acabara de morder, como si de un momento a otro fueran a sangrar, como si hubieran recibido muchos besos cálidos.

Y el novio de una de ellas se queda a dormir en casa esta noche y recuerdo todas esas noches en que yo llegaba a tu piso, y nos encerrábamos en la habitación. No les oigo follar, él parecía cansado durante la cena, pero sí he visto sus miradas cómplices. Ahora entiendo por qué Dori no siempre nos hablaba, no se sentía cómoda cuando estábamos juntos. Y puedo ponerme en la piel de Carolina y Jhenny, que, aunque eran aburridas, debían ser buena gente, mas no quiero verme reflejada nunca en ellas, no lo soportaría.

Recuerdo cuando decíamos que Dori estaba sola porque se pasaba los sábados en el salón mirando el móvil. Yo no soy así, lo sé, pero seguramente algún día me pasará. Levantaré la vista de la pantalla, me asomaré a la ventana y en mi reflejo veré sus enormes ojos pardos, desafiantes, mirándome con sorna. Y el vecino, que siempre que salgo a la terraza se me queda mirando, también se reirá de mí en una mueca desagradable.

Por qué

Es ella la que llega tarde y encima se enfada conmigo porque no estaba esperándola donde tenía pensado. ¡Qué tía, pero cómo la quiero! Luego pone los brazos sobre las caderas, me mira con el ceño fruncido y se ríe cuando la imito.

-Venga para acá.

Sé que le encanta que se lo diga mientras tiro de ella para abrazarla.

Lleva ese vestido blanco que le resalta su moreno y le hace una figura perfecta. La observo y me pregunta si me pasa algo. Solo niego con la cabeza porque no me atrevo a decirle que no me creo que esté conmigo, que no sé qué habré hecho en otra vida para merecer esto. Que no pienso perderla nunca porque la voy a cuidar toda la vida.

Me lleva de la mano mientras paseamos, lo hace porque sabe que me molesta, así que al final cede cuando cambio mi mano y la pongo por delante de la suya. Aun así, sigue siendo ella la que guía, la que decide qué se hace y dónde se come, pero no me importa. Me gusta verla así, segura, decidida, con las cosas claras.

Y no para de sonreír y se le hacen unos hoyuelos preciosos en las comisuras de la boca. Habla y habla y gesticula y luego se queda callada.

-¿Por qué no dices nada? Venga, cuéntame algo interesante, como cuando estuviste viviendo en Londres.

-Pero si ya te sabes toda la historia.

-Me da igual. O mejor aún, cuéntame lo de Alemania.

Y sé perfectamente a qué se refiere, pero antes me hago un poco de rogar.

-Pues cuando estuve en Alemania, en un pequeño pueblo del norte, donde hacía mucho frío, pero no importaba, porque allí siempre se hacían planes, conocí a un ruso que me presentó a una española muy descarada. Estando de fiesta, me dijo que no parecía colombiano, que bailaba como alemán. Y pensé: Sí será descarada esta española, qué antipática. Pero más adelante, mi amigo ruso me la presentó mejor y cuando empecé a conocerla de verdad, me empezó a gustar. Y al principio me negaba mis sentimientos. “Esto no me puede estar pasando, yo vine aquí con otra idea, esta española no puede cambiarlo todo”. Pero iba a su residencia para coincidir más con ella y cuando me asomaba al balcón, podía verla bailando en su cocina, moviendo las caderas mientras preparaba la cena, la luz encendida, las cortinas sin correr. Y siempre me preguntaba por Londres y se interesaba por mí y me hacía sacar la parte más tímida, no podía mirarla directamente a los ojos. Y me enamoré.

Y ella sonríe, me aprieta la mano más fuerte y me abraza por la cintura. Me siento bien, me siento querido. Siento que saca lo mejor de mí.

Luego, un día, decido dejarla, no sé si lo decido o me veo obligado a hacerlo, no sé ni por qué y ella menos, claro. Y ella llora, y me entran ganas de llorar. Y me siento un cabrón por estar haciéndole esto, pero ni yo me entiendo, sufro locura transitoria, y siento que me va a explotar la cabeza, que no soy yo y que no puedo darle lo que necesita. Y siento que a veces me molesta, me agobia, no solo ella, todo el mundo, el trabajo, la gente, los coches, la vida, mi mente. Y lo intenta y me quiere mucho, y yo a ella y al principio se lo digo porque sé que querré estar con ella cuando todo esto acabe.

Pero pasan los meses y no estoy tan mal y no siento tanta opresión en el pecho y ya no me acuerdo tanto de ella, ni de su cara, ni de su risa ni de esas ganas de comerse el mundo. Quiero quedarme en silencio y que no vuelva, que no me vea, desaparecer ante sus ojos.