Los chopos

Escribo sobre el número de José de Costa Rica. Espero al tren y siento los últimos rayos de sol de verano, me dan en la cara colándose entre las hojas de los chopos. Nunca lo había pensado antes, pero creo que son chopos como los del pueblo, aunque no se parecen en nada. Siento la tristeza otra vez y ya sé a qué se debe. Aun así, no puedo evitar que las lágrimas broten de mis ojos. Y un flash de recuerdos se amontonan, momentos que ya he escrito, que ya he revivido mil veces, cada cumpleaños, el segundo verano sin él, las mudanzas, la toma de decisiones aplazada, noches sin dormir, las hojas de los árboles cayendo, mi lloro contenido en el patio y en la tienda de campaña, las canciones que no le enseñaré, el día que nuestros caminos se separen por completo y, lo peor, que lleguemos a sentir indiferencia por ello. El abrazo de mi madre cuando me fui una vez y otra más, entre sollozos, diciendo que no quería, como si una sombra me apuntase con una arma en la cabeza, obligándome a dar el paso. La segunda vez en Stoney, la lluvia, el banco del mismo parque, pero sin él. Aquí el cielo es azul, pero hacia donde me dirijo se torna gris, casi negro. Los ojos de la foto. No son los mismos. Me da pena. Ahí también le cubre la cara una incipiente barba, días de viaje acumulados, pero los ojos le brillan con la inocencia y felicidad de quien aún no ha conocido desgracia.

Y en la otra foto, aunque su sonrisa parece más real que en la del camping, los ojos revelan la verdad, son pequeños, no me dicen nada. Son las bolsas bajo los ojos. Se abraza a un hombre y a una mujer. Ellos sí se ven felices, todo el mundo, después de conocerle, se vuelve un poco más feliz. Quizá a mí también se me han achicado los ojos y no lo he notado. Quizá tiene razón mi madre: con la edad, los ojos empequeñecen. “Sonría bien, que está más guapo”, aunque está guapo siempre. Vuelvo a mirar la foto y tal vez veo fantasmas donde no los hay, puede que la sonrisa sea verdadera porque está haciendo algo que por fin le motiva después de mucho tiempo.

Los tontos

Meo detrás de un árbol fuera del Parque de la Ciudadela. Está cerrado porque son casi las cinco de la mañana. Y pienso que, en otras circunstancias, tú estarías tapándome para que nadie me pudiera ver.

En la misma noche conozco a Socrates y Anastasia, ambos con el acento donde nadie lo pondría: la a i la í. Vuelvo a casa en bici y siento el alcohol por mi cuerpo.

Suena una canción tocada por una chica con su violín. La reconozco, pero me cuesta identificarla. Los tontos. Él se acerca para confirmar que sea esa la canción. Me dice que han cambiado el día de la cena griega por mí y me recuerdo que estoy tan feliz porque necesito la aprobación de los demás.

Pienso que tal vez me volverás a decir que escribo como antes de conocernos, quizá lo dices porque hablo de otros chicos.

Le digo que puedo ser cruel, que sé exactamente qué decir para hacerle daño a la gente y pienso que es la segunda persona a quien le cuento esto. Tú me contestaste que eso era peligroso, y me abrazaste. Él solo se ríe y me pide un ejemplo. Me consuela diciendo que no le parezco mala. No esperaba quedarme hasta tan tarde hablando con nadie.

No me da dos besos para despedirse, ni me acompaña hasta la bici como haría el venezolano, pero me parece bien, siento que es coherente con lo que dice.

Vuelvo a casa con hambre y me preparo un bocata de jamón y mayonesa. Me recuerda a tus “sánduches”, a todas las noches que volvíamos borrachos a casa y nos comíamos todo lo que quedaba en tu nevera, riendo, intentando hablar bajito para no despertar a tus compañeras.

Te echo de menos siempre. Solo necesito que me digas la verdad.

Quiero poder verte dormir

Quiero poder verte dormir…

Me caen las lágrimas mientras me acaricias la frente y resigues una y otra vez las marcas que yo desconocía tener. Luego me miro en el espejo y compruebo que tenías razón, son dos líneas casi imperceptibles que se entrecruzan, una ligera rascada, como un arañazo.

-¿En qué piensas cada día? –te pregunto con la voz medio adormilada.

-No sé, en qué se te pasa por la cabeza –Y marcas con el dedo diferentes puntos de mi frente-. Aquí, aquí y aquí. Cada día pienso en eso. ¿Tú en qué piensas?

-Cada día pienso en ti.

-Ahora intenta dormir –dices con dulzura, mientras me apartas el flequillo de la frente-. Piensa en ese campo de flores amarillas, estás ahí estirada, sientes la brisa, no hace ni frío ni calor.

Y las lágrimas caen más rápidas, cierro los ojos todavía más fuerte para que no se escapen, pero ruedan mejilla abajo. Tú las recoges, todas y cada una de ellas. No sé qué piensas, no sé qué sientes.

-Echo de menos cuando me lo contabas todo. Cuando me hablabas de tus sentimientos, de cuando estabas triste, cuando llorabas conmigo. Ahora, cuando estás triste, ¿a quién se lo cuentas?

-A nadie –contestas, negando con la cabeza-. Cierra los ojos –te quejas, cada vez que los abro.

-Y, ¿qué piensas cuando estás conmigo?

-Que te quiero.

-Yo también te quiero.

Tengo fiebre, creo que he tenido fiebre dos veces en mi vida. Y una de esas veces tenía que ser contigo. Estábamos en la terraza tomando ese vermut que me has traído, con hielo, y no me sentía del todo bien, pero tenía ganas de estar contigo. Me habías dicho que podría poner mi música, pero en verdad pones tus canciones.

-Acérquese más –te digo y mueves tu silla para colocarte a mi lado.

Te paso el brazo por encima del hombro y me dices que estoy ardiendo. Me tocas la frente y me envías directa a la ducha. Mientras me desnudo, entras al baño y, aunque pienses que no me doy cuenta, sé que me miras el culo. No puedo evitar pensar en cuando te monto y, con tu voz ronca, me dices que haga contigo lo que quiera. Me recorre un escalofrío todo el cuerpo. No me gusta el agua fría, pero me sienta bien. Me envuelves con la toalla al salir y me abrazas, como antes.

Montas el colchón en el salón porque dices que ahí corre más el aire, y ahora estoy ahí, tumbada, mientras me hablas bajito al oído y no me quiero dormir porque sé que me despertaré y ya no estarás a mi lado.

La guía de Claudia

Cuando el despertador suena a las 5:45 de la mañana y siento la corriente de aire frío entrar por mi habitación, recuerdo que madrugar para irme al pueblo me revolvía el estómago. Era muy pronto, hacía frío y me quedaba destemplada. Según palabras mías, el coche “olía a viaje”. El coche también olía a ese ambientador de limón que tan poco me gustaba. Hoy me siento igual, solo que no soy yo la que se va de viaje, sino él, esta vez para no volver, aunque se empeñe en decir lo contrario.

Voy en bici hasta la playa y, cuando paso por el puerto incendiado por el amanecer, la nostalgia me invade. El ambiente me huele a esa madrugada en Kuala Besut, a las 5 de la mañana esperando un bote que nos llevaría a unas islas paradisíacas, regateando el precio con J. para ahorrarnos unos ringgit. Y, aunque pueda confundir, no es la imagen del amanecer en el puerto lo que me transporta allí, es el olor, el olor a nervios, a aventura y a recuerdos pasados. Y ya me ha paso’, que me han abandonao’, y ya me ha pasao’, que no estás a mi lao’. Todo eso pienso de camino a la playa y siento que necesito escribirlo, a su lado, pero llego y él aún no está. Además, vamos tarde para la reserva del paddle surf.

Cuando nos despedimos, siento que me da el abrazo más fuerte de mi vida. Me da miedo separarme de él, pero lo hago y cojo mi bici por el manillar y no me giro para decir un último adiós porque no me atrevo, porque soy cobarde. A pesar de las prisas, pierdo el tren. Así tengo tiempo para pensar, pero creo que eso no es bueno.

Pienso en la libreta que me ha regalado, ‘La guía de Claudia’, la ha titulado, y me pongo a llorar de nuevo al leer su texto y ver los dibujos que me ha hecho.

En la terraza de su piso, mientras nos tomamos unas cervezas, me dice que soy única, lo mismo que me dijo J. antes de irse. Él también se marcha. “¿Por qué no te he conocido antes?”, pregunta, entre risas, porque le he enseñado toda la comida española que debía probar. Ahora no quiere irse y yo tampoco quiero que se vaya. Me dice que me brillan los ojos cuando explico algo, que siga con la enseñanza. Y yo le digo que, cuando vuelva a Quito, tome la decisión que tome, será lo correcto porque así lo habrá sentido.

Ahora las lágrimas caen sobre la esterilla de yoga y, aunque esté triste, me siento afortunada por haberle conocido, por haber encontrado en él un amigo incondicional.

Veo la admiración en sus ojos, me escucha prestando verdadera atención y siento que estos días hemos sido un gran apoyo el uno para el otro, me he sentido fuerte y valiente. Gracias a él, ya no iré nunca por el mismo camino, así descubriré lugares nuevos cada vez.

El querer que callo

La boca del estómago me arde y me entran ganas de vomitar desde esa terraza del Raval. Muchas veces, cuando paro, me doy cuenta de que estoy triste. Me duele. Me duele todo. Me duele que se acaben las etapas, me duelen las despedidas. Sé que, aunque nos volvamos a ver, el momento y el lugar que hemos vivido juntos no volverán a ocurrir. No así, no igual, no con los mismos.

Mientras intentamos colocar el móvil en una repisa para hacernos una foto juntos, un vecino aparece en la terraza del edificio contiguo. Se ofrece a sacarnos una foto y, de paso, nos ayuda a distender el ambiente. Estamos nerviosos, ahora sí que se siente la despedida. Hemos vaciado su habitación, las maletas nos esperan en la entrada y nos ha regalado todo lo que no se podía llevar. La almohada que me llevo huele a él, lo echaré de menos.

Le pido que nos dedique unas palabras y, bajo esa luz que parece casi divina, algunos rayos luminosos escapando entre las nubes, nos dice que el agua siempre busca su nivel y sonreímos porque nos quedaremos con muchas de sus expresiones. Y yo lloro y nadie me abraza porque no quieren llorar ellos también.

Y vuelvo a casa cargada de cosas y la gente me abandona y me quedo sola. Y ese sentimiento de soledad siempre vuelve, lo tuve también en Inglaterra y en Melbourne. Los cambios me superan, no me acostumbro a ellos. Y solo puedo hacer que pensar en él, que ya no sé si me quiere o no, que no sé si me dice la verdad o me miente.

En Sant Antoni veo la cúpula amarilla de un edificio y recuerdo que por allí quedé una vez con amigos del Erasmus. Luego volví al piso de J. y cenamos juntos y me hizo el amor. Y hablábamos de todo durante horas y nos acariciábamos y nos cuidábamos. Y eso no ocurrirá de nuevo, no me quedaré a dormir en su piso ni me abrazará. No volveremos a pasear por Barcelona ni compartirá conmigo la cama del piso de abajo. No volverá a ver a mi familia ni a sentirse que forma parte de ella. Sigo echándonos de menos, a pesar de todo este tiempo. Como decía uno de los poemas que le regalamos a Miguel, aunque te diga que te quiero, nunca serás capaz de conocer el querer que yo me callo.

One more night

Desde el balcón de esa casa enorme ubicada en el Born, con su diadema de princesa, me lanza su varita mágica y dice:

-Para ti, Claudia, para que se hagan realidad todos tus sueños.

La varita se rompe al chocar contra el suelo, es curioso. Son casi las seis de la mañana y vuelvo a casa andando mientras contemplo el amanecer. Los italianos, vestidos de la misma forma, nos acompañan por el camino. Ahora entiendo por qué aquella chica se pensaba que eran hermanos.

Siento mucha paz, aunque estas imágenes del final de la noche parezcan algo esperpénticas. La hora del amanecer suele ser el momento más frío del día, aun así, se está bien con falda y tirantes.

“Creo que bailaste con todos los hombres de la fiesta”. Se me escapa una carcajada con esa afirmación tan exagerada. “Contigo también”, le contesto. “Sí, pero te costó”.

Cuando me siento en el alféizar de la ventana, para tomar algo de aire, se acerca T. Hablamos, le digo que debo estar roja por el sol que me ha dado toda la tarde. Y él solo sonríe, me acaricia la nariz y me dice que estoy muy guapa. A., en cambio, se ríe porque dice que cada vez que se gira hacia mí, estoy comiendo. Y es que había un alemán con una bolsa llena de dulces y de bocatas de panadería.

Nos encontramos a J. de casualidad, él está en otra fiesta y dice que se unirá luego a nosotros. No le creo, pero al final aparece por allí. Creo que se va a la misma hora que L.

Camino las últimas manzanas sola y noto cómo el verano me cala en lo más hondo, siento que puedo respirar, absorber cada olor y sensación. Y me encanta llegar al piso y que ya sea de día.

Justo antes de irme a dormir, veo su foto y está tan guapo que me dan ganas de escribirle, pero no lo hago. Me pregunto si se lo pasará mejor de fiesta sin mí. Yo echo de menos nuestras fiestas, se lo habría pasado mejor conmigo, de eso estoy segura.

La vida que no soy capaz de tener

A veces trato a la gente con frialdad, a mi mamá, a mis tías, a ella. Con el resto de personas intento hacer el esfuerzo y a veces me nace, en ocasiones me siento feliz, con ganas de hacerlo todo, de hacer mil planes, de ir a todos lados, como antes, pero esos planes muchas veces se vienen abajo.

Cuando no tengo ganas de hablar con nadie, me encierro en la habitación. Antes era más fácil, eran como mi familia, me sentía como en casa. Ahora es algo diferente, si llaman a la puerta de mi habitación, me veo obligado a salir y pasar tiempo juntos. Me caen bien, son buena onda y me invitan a tomar cerveza, a conciertos, a fiestas, me presentan a gente, pero a veces me supone mucho esfuerzo, a veces estoy ido o pensando en mis cosas, en todo lo que tendré que hacer para el trabajo, para los estudios.

Pensé que me dolería más dejarla, pero en realidad me he quitado un peso de encima, ya no le debo nada a nadie. Hay días en los que no siento nada por ella, veo sus fotos y pienso que cómo es posible, que en qué momento me volví tan insensible, cuándo dejé de llamarla “mujer”, mi mujer, cuándo empecé a comportarme como un idiota con ella, a ignorarla o a tratarla con indiferencia. Ella no se merece eso.

Pienso mucho en ella, eso sí es cierto, y a veces me acuerdo de su casa, me gustaba ir allí y que todos me arropasen con su calor, que me cuidasen y me preparasen los platos más ricos. Ella me acogió en Barcelona y fue la razón por la que me quedé en Europa. Seguro que estará planeando mil viajes, feliz, haciendo planes con sus amigos, visitando museos, yendo a la playa.

Me vienen a la mente momentos de nuestros viajes y una punzada de nostalgia me atraviesa de parte a parte. En aquella playa de Grecia, le dio una insolación y apoyó su cabeza en mis muslos mientras yo le acariciaba el cabello, pero por la noche ya estaba bien y se atiborró a dulces, le encantaba el dulce. Los fines de semana, siempre le llevaba algún regalo, chocolate, croissants, bombones. Prefiero no pensar en eso, me duele, pero entonces me vienen imágenes de Colombia, ella y yo en el coche, ella moviendo su pelo, feliz, todos envidiando su cuerpo. Su cuerpo… Casi siempre pienso en sus caderas, me toco pensando en ella, en sus movimientos, sus caras, lo último que le dije fue que no podría hacerlo nunca con nadie más, que solo con ella.

A veces tengo esa curiosidad, ¿volveré a sentir algo así?

Sin embargo, intento distraerme y no pensar en nosotros, a veces me siento culpable por pensar en otras chicas. Me gusta A., la admiro porque es muy espiritual, muy tranquila, me trata como a un hermano pequeño. Con H. es diferente, al principio no me caía bien, pero la he ido conociendo y se ha convertido en muy buena amiga. Además, es muy guapa. Y luego está esa chica que conocí en el concierto de Manu Chao, completamente loca, muy hippie, me recordó a Victoria. Y todas aquellas que luchan por lo mismo que yo, que me acompañan en las manifestaciones y cuyas palabras arden.

No puedo estar contigo, Claudia, porque tú me recuerdas la vida que podría haber tenido y que, de momento, no soy capaz de tener.

La constante

Ha sido la única constante en mi vida, él, siempre él. Nos reíamos porque decíamos que nos habíamos llevado lo mejor del Erasmus, a nosotros, que nadie más podía decir eso, que aunque hablásemos con el resto para felicitarnos los cumpleaños o la Navidad, de Alemania nos habíamos quedado el uno con el otro.

Mi constante, cuando he pasado por mil trabajos, algunos me gustaban (a veces me venía a ver y yo cruzaba los brazos detrás de la espalda para no abrazarle), otros los sufría. Cuando estaba estresada y tenía que quedarme en su sofá un domingo rellenando informes para mis alumnos, cuando tuve todas aquellas infecciones de orina, cuando me moría de dolor por la regla, cuando me fui a hacer el Camino de Santiago y me dijo que su habitación olía a mí, nada más volver. Si me separaba de él, dejaba de respirar. Creo que eso era demasiado, pero con el tiempo, aprendimos a dejarnos ir.

Estaba ahí en mi graduación, cuando me sentí tan orgullosa de haberlo logrado, estaba allí para mi familia, siempre pensando en los demás, comprando regalos como su madre, metiéndose con mi hermana, involucrándose en toda mi vida, estaba para cocinarme y cuidarme, para protegerme, madrugaba por mí, se iba tarde a dormir por mí.

Estuvo cada vez que lloré, estuvo en las decisiones difíciles, estuvo en Australia, siempre allí, aunque él se pensase que no porque trabajaba mucho. Estuvo una noche en la que yo no tenía plan y me metí en la cama a escribir y llorar. Llegó y me dijo: Nos vamos de fiesta. Y yo estaba triste, pero cogió mi carita entre sus manos y me hizo pasar una noche muy divertida, con los irlandeses borrachos, con el jefe de su pub irlandés pagándonos la bebida y el taxi de vuelta a casa. Conocía a gente muy loca.

Y yo estuve cada vez que se mudó, estuve en su primer piso de acogida, donde todos estaban locos, donde se hizo amigo de Ot, estuve en Sagrada Familia, en ese cuarto sin ventana, con su casero malhumorado y el murciano fumando por todos lados, esa primera habitación que le costaba menos de 300 euros al mes.

Estuve cuando mejoró y decidió mudarse cerca de su oficina. Volvimos del viaje de Bélgica y se echó a llorar cuando vio el piso aún sin reformar, con la ducha sin poner, con escombros por todos lados. Estuve cada vez que me dijo que no podía más, cuando se acordaba de su familia y lloraba, cuando pensaba en su abuelo, cuando me contaba cosas de su pasado, cuando le operaron de las hernias y no se podía mover y mi padre le fue a buscar en coche a Barcelona.

Estuve el primer domingo que me pidió quedarse en casa una noche más, después de haber ido a la playa. Recuerdo que me agobié, que necesitaba mi espacio, pensé, pero él no ocupaba mi espacio, me respetaba. Se quedaba, pero no necesitaba estar a mi lado, se iba a dormir mientras yo leía o veía una serie o me reía con mi familia.

Estuve cuando le rompieron el labio y se quería volver a Colombia, cuando llegaba reventado a casa y le tenía la cena preparada, estuve cuando no me contaba cómo se sentía y cuando sí lo hacía. Estaba en sus resacas, estaba en Melbourne y en el viaje, estaba cuando le dolía la cabeza y le daban pinchazos.

Estuve a la vuelta, y cuando se fue a su país, le apoyaba desde la distancia, estuve para él ese mes en que no nos vimos, mientras viajaba con su madre. Estuve para sus cumpleaños, desde el primero, cuando me dijo que lo había convertido en un día muy especial, su primer cumpleaños en Alemania. Estuve cuando sangraba en San Sebastián.

Estuve cuando tuvo que volver a empezar, cuando no encontraba trabajo y acabó donde siempre. Estuve en ese piso de Hostafrancs y también cuando volvió a mudarse, recuerdo que esa vez tenía miedo yo, era verano y se mudó justo antes de que nos fuésemos a Grecia y la verdad es que fue una mala decisión, creo que ese piso no le sentó bien.

Volví a estar las primeras Navidades sin él, desde Colombia me decía que tenía ganas de volver a verme, que sentía que se lo estaba pasando bien allí, pero que la vida era mejor junto a mí.

Y a veces el cerebro hace un clic extraño y se desprograma, ¿te pasó eso?

On était beau

Me pide que ponga música para que no se oigan nuestros gemidos. ¿Sueño o realidad? Cuando me inclino sobre el portátil, posa su mano sobre la curva de mi espalda y empuja suavemente. Se agacha. Me muero de placer. Abro Spotify y aparece Billie Eilish, lo que estaba escuchando antes de que llegase. Dudo. No sé si darle al Play. ¿Sueño o realidad? No me parece música para follar, pero se me escapa un jadeo y mi mente ya no puede pensar con claridad. Suena “Party favour”. Me sorprende, pero le gusta y nos pega, todo nos pega.

Quiero que me bese más, no puedo separar mi boca de la suya. A veces me mira con docilidad, otras con control, sus movimientos son seguros. Lo quiere todo, mi cuello, mi pecho, mi pelo, no mi vientre, como me prometió.

¿Lo prometió de verdad? Se me queda una imagen grabada, una gota cayendo de la punta de su pene al suelo. ¿Sueño o realidad?

Su piel es mi piel ahora, su sexo es el mío, y me gustaría alargar este momento para siempre. Si muriese haciéndolo con él, moriría feliz, le digo a Miguel. “El santo grial”, responde él, divertido, pero no es divertido, hablo en serio. No dejo de repetir “Esto es demasiado”, siento que explotaré con tantas sensaciones y me corro unos segundos antes que él, que se corre con un gemido largo y ronco.

Se tumba a mi lado y me abraza. ¿Sueño o realidad? ¿Lo he pensado o ha pasado?

Se limpia con la toalla de las iniciales. ¿Estoy cometiendo una ofensa? Y se queda triste. Bueno, ya lo estaba cuando ha venido. Él dice que es cansancio, pero es tristeza, es confusión. No entiende el motivo, yo creo que sí. Esto seguirá pasando, a veces con más frecuencia, otras con menos, pero yo no me cansaré. Yo estaré ahí, sonriéndole a esa boca fina, a esa nariz que pide besos, a esos ojos doloridos.

El otro día escribí sobre Zúrich y lo mucho que echaba de menos cuando me daba la mano. Le di la mano, aún tengo el tacto de su piel en la palma y las yemas. ¿Verdad o mentira? Me sentí feliz, los dos con unas cervezas de más, riendo, la foto, bajando la cuesta con las manos entrelazadas, el abrazo, hablando sobre nuestros sentimientos, nuestros planes de futuro. Me escribe el domingo, me pregunta si estoy en la playa, le gustaría verme, está con unos amigos. Me gusta pensar que se acuerda de mí cuando ve el atardecer.

“Le amo, le amo, le amo”, pensaba sin parar mientras le abrazaba por la espalda en la moto y él corría a toda velocidad esquivando coches. ¿Me pasó o fue en una película?

Tengo ganas de salir a la calle, él mira el móvil cuando salgo, la mosca recorre el mundo en mi mapa, la pizza se hace en el horno de gas, le gustan mis pantalones hippies.

Me dice que soy única, más única que él. No es cierto. Los dos somos únicos. ¿Sueño o realidad? ¿Verdad o mentira? Le despido en la puerta y su lengua se abre camino en mi boca, me aprieta contra sí y me dan ganas de no soltarle. Se esfuerza, pero se queda raro. Se pasará esta sensación, te lo prometo.

¿Nos vamos?

Voy al baño a lavarme los dientes y noto que me escuecen los ojos, tengo ganas de llorar. Cuando vuelvo, ya no. Me siento desconectada del mundo y me da miedo que me pase lo mismo que a él. Me da miedo no sentir placer por nada, no disfrutar de nada de lo que estoy haciendo justo ahora. Cada vez me cuesta más. Él me diría: A ti nunca te pasará algo así, siempre estás alegre y haciendo mil planes y cosas, y yo, en mi mente respondería: Tú también eras así, pero te pasó.

El otro día fui a ver a mi abuela y me sentí como en junio, con la cabeza en otra galaxia, totalmente fuera de la conversación. Ella me lo notó. Me fui a casa antes de tiempo, me agobié.

A veces el sentimiento de soledad es tan fuerte que solo quiero que se acabe el día, “salir de mi cabeza”, que diría él. Él tiene razón muchas veces, es el que más piensa de los dos. Yo sigo mis impulsos y lo que me hace sentir bien en el momento, aun así, no me arrepiento de nada, prefiero ser así. Pero me da pánico el paso del tiempo, que no cura nada, que no cierra heridas. Y me da miedo que no tenga ganas de viajar y que eso me pueda ocurrir a mí algún día. Me da miedo el futuro y lo que se espera de mí, me da miedo que llevo dos años en un trabajo que no me gusta y del que no consigo salir. Me da miedo no tenerle a mi lado, no poder contarle lo que me pasa, no poder decir, como otras veces: Lo dejamos todo y nos vamos.

Esta mañana me despierto desnuda entre las sábanas, veo mis caderas, mi vientre plano, mis pechos más grandes porque me vendrá pronto la regla. Y pienso en todas aquellas mañanas de domingo en que me despertaba con esta misma sensación en el cuerpo, con la incertidumbre en la nuca, el miedo en la garganta, la presión en el pecho, pero con su brazo rodeando mi cintura. Así se iba la tristeza de los domingos por la mañana, con sus besos y su piel, con sus pies calentando los míos, con su cuerpo unido al mío, el placer brotando por la boca. El solo hecho de sentir su respiración a mi lado me calmaba. Siempre le ha gustado dormir, pero espero que siga soñando. Yo aún te quiero, espero que tú a mí también.