Los girasoles

Los girasoles te miran

porque tal vez eres tú su energía,

y mientras el camino se estrecha

y se hace cada vez más oscuro,

tengo miedo de estirar el brazo

y no encontrar tu mano.

Tú sigues feliz e intocable,

creyendo que todo va bien

en ese mundo que antes era solo mío.

Esa es tu naturaleza, tu signo,

que te impiden ver más allá del día de hoy.

Y mientras mis piernas,

que esta mañana eran más largas que las tuyas,

se acortan hasta hacerse invisibles,

tus pasos disminuyen en número,

pero no en eficacia,

pues me es imposible ya alcanzarte,

y el sendero se ha hecho tan estrecho y tan oscuro,

que no me queda otra que caer al vacío,

junto con las flores que, acercándose demasiado al sol,

como Ícaro, se han vuelto cenizas.

girasoles

Niveles de enamoramiento

Hace sol y el cielo está azul, pero no parece del todo primavera porque ayer llovió mucho e hizo frío y el césped donde estamos tumbados sigue un poco húmedo, dejándome los tejanos mojados cuando decidimos seguir caminando. Hemos cogido el metro para una sola parada sin darnos cuenta y casi nos saltamos nuestro destino. Hemos salido corriendo cuando las puertas pitaban para cerrarse y nos hemos reído porque no podríamos estar más despistados después de haber salido y bebido la noche anterior. Actuamos por inercia, hablando sin saber lo que decimos, caminando sin saber hacia dónde y deseando pero sin saber el qué. Y eso, aunque parezca algo caótico, es lo mejor, porque no nos hace falta llenar los huecos con palabras vacías.

Los rayos de sol nos dan en la cara y a él, que siempre ha sido muy blanco, le salen unas manchas preciosas debajo de los ojos. Ahora estoy muy enamorada de él, ayer no tanto. Necesito coger un poco de color en la cara, o al menos, eso es lo que me dice mi padre. No sé por qué siempre le hago caso aunque a veces diga cosas sin sentido. Me hace mirar a la luz y me dice que estoy preciosa y que tengo los ojos verdes, aunque en realidad son de color marrón. La luz juega con todo. Está callado hoy y eso me recuerda a nuestros inicios. Pero a la vez me habla más que de costumbre, porque lo que me dice, me cala hondo. Me explica qué hacía con sus amigos en su antigua y eterna ciudad. Las tardes tomando cerveza en las escaleras del centro comercial. La amiga con la que solo quedaba para comer patatas con helado. Su vida, esa vida que no conozco con mis ojos, pero que espero conocer este verano.

Cuando hace todo lo que le digo, me desenamora un poco, pero antes, mientras caminábamos por el muelle contemplando las obras de arte de los pintores, me sentía al lado de mi alma gemela. A veces coincidíamos, otras no. A él le gustó mucho ese cuadro donde una pareja paseaba por el final de la Rambla, con la estatua de Colón de fondo. A mí, en cambio, me fascinó la profundidad de aquella calle en ese día lluvioso. Me imaginaba que éramos una pareja de recién casados que quería escoger un cuadro para la decoración de su nuevo comedor. Me dan ganas de saber más de arte porque hablo y expreso las sensaciones que me producen esas pinturas, pero me gustaría entender la mente del artista. Y me gustaría ser pintora, como de pequeña, así que decido apuntarlo a mi lista de cosas que hacer antes de morir.

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Nos levantamos y caminamos un par de minutos más, hasta que nos sentamos en un banco de piedra, que está cálida por el sol. Él se coloca de una manera en la que me da un poco la espalda y yo tengo que ponerme en una postura algo incómoda para verle y hablarle. Ahora estoy más enamorada porque pasa de mí y sabe que me encanta y me jode cuando hace eso, pero él no me ignora a propósito, sino sin darse cuenta. Si supiese que me sienta mal, dejaría de hacerlo y entonces ya no sería él, habría cambiado por mí y no estaría tan enamorada de él.

Hay un pequeño grupo de música tocando y bailando. No sé qué estilo musical es. Nos acercamos un poco a ellos y escuchamos ese ritmo alegre. Hoy parecemos espectadores cuando realmente casi siempre somos nosotros a los que observan.

Cuando se muestra indeciso o me deja elegirlo todo, no estoy tan enamorada. Creo que eso es porque veo en él lo que no me gusta de mí, esas taras contra las que siempre lucho. Parezco decidida y atrevida, pero solo es porque hago el esfuerzo. Porque no quiero parecer débil delante del resto.

Por la noche mientras vemos esa serie estoy muy enamorada de él. Cuando hacemos la cena, en cambio, no tanto. Volvemos a su habitación y me enamoro perdidamente cuando me hace ponerme de pie para enseñarle mis bragas. Ambos sabemos que no acabaré poniéndome el pijama. Me coge de la mano y tira de mí un poco bruscamente, de modo que me quedo a horcajadas sobre él. Cada vez que dice que me muevo muy bien, me vuelve más loca. Al día siguiente, me enamora aún más cuando se tiene que ir y siento que no quiero perderlo, que me pasaría toda la vida a su lado.

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El sombrero de las bellotas

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Me quedo con las cosas bonitas, porque él me ha visto llorar mil veces, y yo a él muy pocas. Me quedo con el dolor reconfortante en el bajo vientre, con el calor de la manta y con el olor a rosquillos recién hechos. Me quedo con su sonrisa y sus bromas para hacerme sentir siempre mejor. Pero también me quedo con lo mal que me han venido estos meses de inactividad. No las vacaciones, porque estas me han venido realmente bien, para respirar, para caminar pausadamente, contemplar la puesta del sol. Se puede encontrar algo bello en cualquier lugar, lo dije, puedes verlo mágico si a ti te apetece. Nos veo ahora a los dos en la encina grande, apoyados en el tronco de este inmenso árbol, yo llorando y él arropándome con sus brazos y tapándome el sol que me daba directamente en los ojos, pero yo no quería que él me quitase esa poca luz que me quedaba y así se lo dije. Que prefería cerrar los ojos y sentir el calor sobre los párpados. Y estuvo conmigo hasta que me calmé y nos adentramos en la parte más frondosa del bosque, donde nos besamos y nos descubrimos un poco más, como siempre, hasta que oímos unas voces que se acercaban y nos alejamos de ellas, corriendo y riendo, intentando silenciar nuestras respiraciones excitadas.

Vi belleza en ese momento y también vislumbré bondad y luego inocencia cuando buscábamos bellotas para mi abuela, ensanchando la sonrisa cada vez que creíamos encontrar una preciosa, marrón, reluciente, con ese sombrero que las hace tan reconocibles. Imagino que tendrá un nombre científico, ese gorro que llevan, pero a nosotros no nos hacía falta saberlo porque reíamos solo con ponerle uno nuevo a esos frutos secos que, tan despistados ellos, lo habían perdido. Creo que eso es bonito y también aquella imagen que se quedó grabada en mi retina gracias a él, los dos cogiendo moras en los sitios más peligrosos, clavándonos alguna que otra espina por ser tan tercos, aunque también se nos podría llamar tenaces o persistentes y esos adjetivos nos servirían para una entrevista de trabajo. Él ya sabe qué es lo mejor de aquellos atardeceres entre las zarzas junto a la vía del tren, porque es algo que hicimos juntos, ese dibujo que tiene dos manos que lo colorearon, dos manos que se creían artistas. Solo sé que guardo ese dibujo en mi cajita, junto al resto de cosas que me recuerdan a él, y que puedo ver a una niña con una camiseta naranja y a un niño que la sujeta para que no se caiga y la alza para que alcance los frutos más negros y más grandes, los más dulces. Los dos tienen las caras difuminadas; en realidad, todo el cuadro está un poco difuminado, con ese efecto borroso que sus artífices quisieron crear. Y son bonitos también esos sueños nuestros, y curiosos, y excitantes, sobre todo aquel en el que volvemos al principio, en el que pasamos aquella noche como si nos acabáramos de conocer.

Ahora me traslado a esas comidas con mi familia en las que hablamos de la infancia y de cuando a mi hermano le dolía la barriga porque tenía que hacer los exámenes de primaria. Y nos reímos pensando en todo lo que ha tenido que superar desde entonces y en lo tonto que nos resulta ahora que mi madre tuviese que prepararle manzanillas e infusiones para que pudiese dormir más tranquilo y no le pusieran nervioso esas pruebas en las que luego conseguía sacar buena nota la mayoría de veces. También me veo en el sofá de mi abuela, alguna que otra tarde, pero no soy pequeña ya, sino que me he convertido en una mujer, o eso dicen, y la voy a ver cuando salgo del trabajo, cuando saco un poco de tiempo del que realmente no dispongo. Y me da algo para merendar, cosa que no me sorprende. Al contrario, me extrañaría que no me ofreciese nada para comer porque esta mujer que ha tenido que ser muy fuerte vive para hacer felices a sus nietos. La veo sonreír cuando me explica que en verano nos llevaba a mí y a mis hermanos al río para bañarnos y construir nuestras cabañas. O cuando habla de mi hermano, y esa obsesión que tenía con subirse a las cosechadoras cuando solo tenía tres años.

Y luego nos veo otra vez a él y a mí, en esa habitación tan caliente, tan acogedora, toda de madera, con balcón, como él quería, como él vio en sus sueños, un balcón bohemio en el Barrio Gótico de Barcelona donde me follaría sin importar quién nos viese. La diferencia es que este dormitorio de madera está bastante lejos de la ciudad condal. Y cómo llegué a echar de menos su presencia en casa tras la vuelta de las vacaciones. No sé explicarlo, era reconfortante que estuviera ahí a mi lado, tal vez sin hablar ninguno de los dos, cada uno enfrascado en la lectura de una novela diferente, pero juntos, compartiendo una pequeña rutina, viéndonos cada día, despertándonos cada mañana en la misma cama. Me gusta cuando me da la mano por debajo de la manta y entonces yo le miro fijamente, con amor, con unas ganas irrefrenables de abrazarlo y besarlo, pero me contengo porque hay gente delante. Y él dice que adora esa mirada mía, porque revela todo lo que soy. Pegamos mucho…

O al menos eso dice su peluquero, que nos vio desde su negocio mientras caminábamos dados de la mano por el Paral·lel. Dijo que se nos veía muy bien y que yo parecía una chica muy agradable y, si lo dice su peluquero, será verdad. Igual que el peluquero de Sebastián decía que la peor carne de Europa era la de Alemania y si lo dice el peluquero de Sebastián, será verdad.

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El otro día me estaba preguntando a mí misma cuándo había perdido esa inocencia y esa mirada curiosa que me hacía encontrar belleza e inspiración en cualquier parte, y creo que nunca se ha perdido en mí, estaba solo escondida. Lo supe cuando contemplé la luna desde el autobús y se me escapó en voz alta: Es preciosa hasta tapada.

La goma de pelo verde

Que me revele sus secretos, que cuando duermo raro me coge la mano que me queda libre, más cerca de él, y me la apriete fuerte, y que yo no me dé ni cuenta, pero que duerma así más tranquila. Cuando me pidió que me casase con él, en el salón de su casa, nosotros en la mesa, y nuestros amigos en el sofá, todos bebiendo, borrachos y felices, nosotros los que más. Ellos gritando y riendo, pero nosotros hablando con las cabezas muy juntas, la nariz casi pegada y los ojos a la misma altura, sintiendo el aliento del otro con cada palabra pronunciada, palabras cargadas de amor y de sentimientos, sin importarnos que el resto mirase o nos dirigiese comentarios burlones. Ahí me quiso dar un anillo e hicimos uno improvisado con mi goma de pelo verde. Él me quiso ajustar el anillo en el anular de la mano izquierda, que es donde se lleva por tradición, pero yo me negué y puse mi mano derecha en su lugar, y él accedió, porque sabe consentirme y permitirme esos caprichos tan tontos.

Yo guardo imágenes, flashes de él, momentos tan bonitos e intensos… Cuando nos metimos en el mar a las 10 de la noche, en ropa interior, y la gente nos miraba de una forma extraña pero divertida a la vez, sonriendo ante nuestra felicidad. Yo gritaba al entrar por lo fría que estaba el agua y él se lanzó de cabeza sin pensárselo mucho, pero yo al final hice lo mismo, y nos abrazamos y él me dio vueltas en el agua y al salir no se le ocurrió otra manera de hacerlo para llamar más la atención, me cogió en brazos y me sacó del agua como los socorristas sacan a la chica que se ahoga del agua, los dos empapados, chorreando, felices y semidesnudos. Tuvimos que cambiarnos como se hace con los niños pequeños, uno aguantando la toalla alrededor del otro y este intentando quitarse el bañador a duras penas, pendiente de que nadie les mirase. Y luego como no teníamos ropa seca, nos pusimos el pantalón y la camiseta directamente sobre la piel, una de las cosas que más me gustan en este mundo, sin aros que aprieten los pechos ni tirantes que dejen marca en los hombros o gomas elásticas que te corten la circulación en las ingles.

Volvimos a hacer lo mismo en Calella, pero a plena luz del día, esta vez mis bragas eran blancas y un poco más transparentes de lo que deberían, pero al revés, nadie nos miró tanto como la primera vez por la noche, nadie prestó atención a nuestras risas y nuestros cuerpos. Se fijaron más en nuestras mochilas y el cartel donde estaba escrito en letras negras FRANCIA.

alegria

Drink for me

Hacía tanto tiempo que no oía esta canción… y me ha recordado lo mucho que te debo. Bueno, en realidad lo mucho que me debo, que nos debo. Cuando hablo de mí, ya hablo de ti también, te incluyo en ese ser que somos nosotros, como si compusiésemos una simbiosis, esos dos seres vivos que componen uno solo y que solo viven si el otro vive. Lo di en clase de naturales (así se llamaba entonces, a lo mejor ahora es Conocimiento del medio o algo así) con José Antonio y aún me veo en la última fila, al lado de aquel niño que se portaba tan mal y con el que yo me llevaba bien, creyéndome la defensora de los desamparados, convencida de que podría cambiarle y convertirle en uno de los niños más listos de clase y que todos me admirarían y él le daría siempre las gracias a su maestra Claudia.

Y ahora que de una sola canción he sacado todo esto, veo que tenía razón aquel hombre que me dijo que al final lo que queda es la infancia, la adolescencia y parte de la juventud, que, aunque yo creyera recordar poca cosa de mi niñez, las memorias vendrían paulatinamente. Y ahora lo veo como una etapa muy importante de mi vida, en la que formé mi carácter y en la que cada día ocurría algo interesante y digno de contar a tus padres y tus hermanos.

El caso es que si nos comparo a ti y a mí con esos seres que estudiaba en la escuela habrá gente que me llamará loca o que incluso me criticará y lo verá mal, ya que soy una mujer por mí misma, existo y soy independiente, tengo una vida aparte de ti. Y eso también es cierto, pero Believe me, I could live without you, but I really don’t want to. Porque sé que podría, me costaría, pero lo lograría, aun así, no quiero. Sin embargo, me da igual lo que opine la gente porque ahora esta canción me lleva a tu sofá, cuando llevabas dos días en tu nuevo piso y no trabajabas y yo te iba a ver cada vez que podía, o cada que podía, como tú dirías.

el-pero-el

Pinterest

Y me veo en bragas en ese sofá, despeinada, después de haber hecho el amor allí mismo, frente a esos inmensos ventanales que dan al patio de vecinos y por los que entra toda la luminosidad del mundo. Me veo ya con el portátil en el regazo, haciendo tu currículum y decorándolo un poco y poniendo en bucle esa canción que me recuerda tanto a esos días, a nosotros, a la libertad. Iba a decir a la paz, pero de esto hubo poco porque no paramos quietos al principio. Bueno, ahora tampoco. Y quiero ese tiempo ahora, cada granito del reloj de arena para nosotros, para mí, para volver a los inicios –tal vez es este el texto que se debería haber titulado Inicios y no el anterior.

Drink from me, drink from me, when I was so thirsty! Y yo siempre cambiaba ese from por for y ese cambio de preposición me daba la libertad de creer que la canción estaba dedicada a nosotros y a esas salidas, al alcohol que ingirieron nuestras venas esos primeros meses y que, tal vez, fue un tanto excesivo. La canción, en concreto ese for, me lleva a esa noche en la que nos bebimos una botella de aguardiente entre tú y yo (aguardiente del de Colombia), allí sentados en las dunas de la playa, sin conseguir entrar a ninguna discoteca porque perdimos la noción del tiempo, escribiendo borrachos nuestra lista de cosas que hacer antes de morir, nuestros sueños y deseos, y también otro papel con la descripción de la noche. Me lleva a esa noche de chaquetas abrochadas hasta el cuello, pero de manos y besos cálidos, de risas y de locuras, los dos descalzos, metidos en el agua a esas horas de la noche y con ese frío, tú cogiéndome a caballito y yo bailando con los pies sobre los tuyos, como hacen los padres con sus hijas en las películas americanas. Y luego el paseo y las risas y tus videos metiéndote conmigo, el párking que hicimos nuestro y el juguete que tanto me sacaba de quicio y que perdí (sin querer, creo).

La canción me lleva a aquel día en que salí de la uni y fuimos al ayuntamiento a empadronarte y luego, pasando frente a la puerta de un colegio, fingimos ser unos padres que esperaban a su hijo Sebas y nos reíamos haciendo ver que lo abandonábamos y unos abuelos nos miraron con una sonrisa en la boca y vi en sus ojos la felicidad y ternura que nosotros reflejábamos. Y luego los churros con chocolate, que estaban muy malos, y el día que llovió y nosotros nos fuimos a los bunkers después de comprarnos pan, queso y lomo en el Carrefour y hacernos una improvisada comida en lo alto de la ciudad. La canción me lleva a ti y a tu boca, tus palabras, tu sonrisa y tu felicidad, que es inagotable.

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Creando imperios

Tengo miedo de este mundo en el que a veces no me gusta vivir, en el que veo a mi padre triste, mi madre estresada, mi novio explotado, gente sin casa, amigos sin trabajo, familiares sin sueños… Me da miedo este mundo y espero no ser la única. Me da miedo porque no nos damos cuenta de dónde nos hemos metido, del bucle que hemos creado. Tal vez lo vemos, ese bucle, ese círculo, pero no hacemos nada por acabar con él. Esperamos a que llegue el fin de semana, salimos el sábado por la noche con los amigos de toda la vida y nos quejamos de lo perra que es la vida con una cerveza barata en la mano. Aprovechamos esa noche para desahogarnos e insultar al jefe, a los compañeros, a los clientes, quejarnos de las llamadas, del poco tiempo libre que nos dan, de todo lo que haces y nunca es suficiente para esa empresa, todo es mejorable, como suelen decirte, o reñirte.

sea

Veo ese pesimismo en mí estos días y pienso que no merezco esto, contemplar ni oír estas cosas. Pienso que no debería levantarme un sábado a las 10 de la mañana y oír a mi padre hablando por teléfono con su hermano, lamentándose de su mala suerte, de que trabaja más de 9 horas al día y cobra una miseria, de que no le pagan las noches que tiene que quedarse por ahí, ni los sábados que le toca madrugar, ni las horas extras. Y me veo reflejada en esa triste mirada gris y me convenzo que yo no seré así dentro de unos años, que yo no estaré en esta situación. Pero yo misma lo he dicho, ahora me tengo que convencer de que mi vida no será así, cuando hace apenas unos meses sonreía con mi título en la mano y sabía que no me dejaría pisotear y que trabajaría de algo que me apasionase. Supongo que es el día, que también es gris, como sus ojos. Y supongo que este es solo un año de transición. Bueno, esto último no lo supongo, esto último lo sé. Y podría irme ya, ahora, dejarlo todo y no ir a trabajar el lunes, pero me sentiría derrotada, sentiría que no he podido aguantar con la presión o los gritos o el mal ambiente que se respira, sentiría que no he superado la prueba y yo sé que puedo hacerlo, puedo demostrarles a todos que valgo y que, cuando me vaya, porque lo haré (y ellos lo saben, lo ven en mis ojos guerreros e insumisos), les haré falta y les costará encontrar a alguien que me sustituya. No sería la primera vez que me pasara.

Ha desaparecido un poco el miedo ahora que lo he escrito todo, pero no quiero que desaparezca en este momento. Como siempre se ha dicho, el miedo nunca debe paralizarte, pero tampoco puede morir del todo, porque es el miedo lo que te hace luchar y protegerte, porque siempre hay cosas de las que te tienes que defender. Tengo miedo de la ignorancia, de la inactividad, de este mundo en el que no te dejan ser quien eres, en el que te imponen reglas, juegos estúpidos que solo ellos comprenden y en los que solo ellos pueden salir vencedores. Porque somos unos peones y quien piense que no, se equivoca. Porque somos marionetas, porque hacen con nosotros lo que quieren, pero de igual manera, algo nuevo está surgiendo y llegará el día en el que no puedan con nosotros, en el que no deberemos huir a otro país para encontrar una vida mejor. Que mejor muchas veces solo significa encontrar trabajo, no siempre en mejores condiciones. Porque ellos siempre serán unos tiranos. ¿Cómo si no han creado su pequeño imperio?

Y ahora ha salido el sol entre nubes deshilachadas.

tiranos

La sangre

Tenía trece años, casi catorce, cuando me vino la regla por primera vez. Igual que a mi madre, a la misma edad, con trece para cumplir catorce, y como mi abuela, supongo, aunque eso realmente nadie me lo ha dicho nunca, sino que yo me monté esa idea hace años y así se ha quedado.

Yo siempre había prestado especial atención a lo que contaba una chica de mi clase sobre su abuela, que no tuvo la regla hasta los dieciocho años, y yo pensaba que correría su misma suerte, tenía la esperanza de que no me vendría la regla hasta cumplir la mayoría de edad, porque, si a la abuela de Susana le había pasado, ¿por qué a mí no? Sin embargo, luego me obsesionaba con la idea de que sería un bicho raro y a lo mejor nunca tendría la regla y no podría tener hijos, aunque esto último poco me preocupaba ya de pequeña. Siempre le había tenido un miedo horrible a la regla y supongo que es lo que la sociedad nos ha enseñado. A eso y a que nos dé asco, a tener asco por nuestro propio cuerpo, por algo tan natural y bueno como la menstruación, que si viene con cierta regularidad es indicio de una buena salud.

ruth bernhard

Pero yo no fui una excepción. A partir de ese día en que en mi casa se brindó con copas de cava por la nueva mujer que había en la familia, me empecé a dar un poco de asco. Recuerdo ese día porque llevaba unos pantalones verdes fluorescentes que se llevaban mucho en aquella época y que, sin embargo, yo odiaba a muerte y deseé haberlos manchado con mi propia sangre, pero no fue así y me llevé una decepción al ver mis braguitas de algodón manchadas por una pequeña gota de un color indefinido, entre el marrón, el rojo y el granate. Por aquella época, mi regla no era especialmente sana y mi relación con mi cuerpo tampoco. Como me daba asco estar con la regla, me duchaba más de una vez al día para sentirme limpia. Y de nuevo debo echarle la culpa a la sociedad, esta sociedad que las estúpidas niñas de mi clase y sus estúpidas madres le pusieran estúpidos nombres a la regla. Esquivaban menstruación o período (aunque período tampoco me ha gustado nunca porque me parece una palabra muy afectada, usada por señoritas de buena casa de los años 50) para hablar de la Pepa, la vecina, la roja. Y me parecía una actitud tan pueril que me echaba a reír solo de oírlas. Y yo, por mucho asco que le tuviera a mi regla, nunca la habría llamado así. Simplemente, no la llamaba.

Luego se me pasó un poco la tontería y comencé a llamar a las cosas por su nombre. También me cambió un poco la mentalidad la hermana mayor de una amiga, que era muy feminista, fumaba mucho y no llevaba sujetador. Más adelante, comprendí que ser feminista no consistía en eso. Pero la hermana de mi amiga fue a varias manifestaciones con compresas manchadas por su propia regla, para reivindicar un ciclo natural de una mujer, y supongo que para algo más. Yo era muy pequeña y había visto muy poco mundo como para entenderlo. Y eso, por aquel entonces, era muy… innovador y la convertía en una mujer independiente y moderna a mis ojos y en una furcia a los ojos de los demás.

A partir de ahí, empecé a analizar mi sangre, su textura, su olor y su color. Y me gustaba, era granate o burdeos (el color con el que las femmes fatales se pintan los labios) y abundante y líquida; fluía como yo. Así que mi regla pasó en unos meses de parecerme nauseabunda a fascinarme. Supongo que por eso, cuando me duchaba, mis ojos no podían dejar de observar cómo la sangre se iba por el desagüe en círculos, creando formas maravillosas e inverosímiles, como un tejido deshilachado. Y supongo que también tengo una foto con mi pierna manchada de sangre por eso. Y otra con un corazón de color granate en su torso desnudo.

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Por eso, cuando era joven me encantaba follar con él cuando tenía la menstruación, sobre todo si yo me ponía arriba, porque toda su polla quedaba llena de mí y su barriga, su ombligo, sus ingles. Supongo que me gustaba ese proceso inverso en el que yo predominaba, él quedaba lleno de mí y no yo llena de él. Yo también me llenaba de sangre y a mí no me importaba y a él menos. Luego nos quedábamos estirados en la cama, yo haciendo dibujos por todo su cuerpo con mi sangre, él solamente observando, sonriente y extrañado, sin abrir la boca, hasta que la sangre se secaba y mi diversión llegaba a su fin y nos duchábamos juntos y cada uno limpiaba al otro. Le quería mucho y cada día me pregunto qué será de él y n o logro recordar por qué nuestra relación se acabó, quién decidió terminar o cuál fue el detonante. Sé que, si se lo hubiera pedido, él me habría comido el coño y, cuando yo ya me hubiese corrido, él saldría de entre mis piernas con la boca, los dientes, los labios y la nariz ensangrentados. Si se lo hubiera pedido, claro. Así que ahora que estoy casada con un hombre a quien le repugna tocarme cuando estoy con la menstruación, supongo que ya no podré ver nunca esa fantasía cumplida. Quería sentirme como una diosa e imagino que me excedí, que no debo pretender ser algo que no soy porque esta, hijos míos, es la sangre de nuestro señor.